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José Almaraz: De recluso a bolero

Tuvo que pagar con prisión un robo que cometieran sus cómplices y la policía

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José Almaraz, bolero en la ciudad de Pachuca

José Almaraz, bolero en la ciudad de Pachuca

José Almaraz es originario del barrio El Arbolito en Pachuca, a sus 48 años relata cómo fue su juventud dentro de la delincuencia, cómo perdió la movilidad en una pierna a causa de la poliomielitis y salir adelante incluso después de estar preso en el reclusorio norte de la Ciudad de México.

“Cuando era joven era alguien sin oficio ni beneficio, ahorita soy bolero. Me fui a los 16 años a la Ciudad de México, regresé a los 21. Antes de eso yo era vándalo, drogo, andaba viendo nomas a quien chingar aquí en Pachuca”.

Cuenta en entrevista que no todo fue la delincuencia, también buscaba otras formas de obtener dinero.

“No todo fue andar de cabrón, también me aventaba una lavada de carro, una barrida de calle, algún mandado, algo que me dejara un ingreso aparte. A México me fui a aprender a delinquir, y a todo lo que puedes conocer cuando eres hijo de la calle. A pesar de que El Arbolito es mi barrio siempre estuve en la calle. Nomás tuve a mi padre, pero él era alcohólico, entonces yo crecí ahí como pude”.

Fue víctima de la poliomielitis en su niñez por no tener suficientes recursos e incluso, eso lo hizo perder a gran parte de su familia.
“Estoy mal de mi pierna por un accidente automovilístico, mis papás se pelearon, pero mi mamá se peló con nosotros, chocaron y el chingado fui yo, por eso me regresó con mi jefe y se llevó a mis carnales. No teníamos para las inyecciones de apoyo después del accidente y la poliomielitis me chingó la pierna. Jamás los volví a ver (a su madre y hermanos), los he buscado por el face y todas las redes sociales, pero al parecer no se actualizaron o les cambiaron el nombre, pero que dios los acompañe”.

Recibió entrenamiento de las calles del barrio de La Merced. “Allá aprendí muchas cosas, aprendí a que no te debes de dejar engañar. Yo trabajaba en una lonchería haciendo limpieza y mandados, saliendo agarraba un cajón y me salía a bolear. Sacaba mi dinero ahí”.

“En México uno se da cuenta de tanto robo que hay, roban a madres, la misma policía te roba. Un día festejaba mi cumpleaños en un bar, entonces, dos conocidos de La Merced me empezaron a decir que nos aventáramos un atraco, de 20 millones de antiguos pesos (20 mil nuevos pesos) cada quien, era un cristalazo”. 

“Les dije que no, que con lo que hacía era suficiente, pero siguieron insistiendo, y ya al calor de las copas te vuelves un desmadre, se te sale el león que no eres”.

José recuerda que se fue con ellos sin saber que yo solo era un conejillo de indias, un chivo expiatorio. Como estoy un poco mucho lisiado no puedo correr. El cristalazo fue a la una de la mañana en una zapatería Canadá, en 1988, a esa hora ¿Quién te va a ver? Nadie.

Ese lugar estaba conectado a la policía, en menos de 5 minutos ya tenía un madral de patrullas ahí. Y me agarraron, estuve encerrado tres años en el reclusorio norte.

“Entrando te madrean porque llegaste ahí por pendejo. Llegando me preguntaron ¿Por qué estás aquí? No pues por un atraco. ¿De cuánto? De 60 millones. ¿Cuánto te tocaba? 20 millones. ¿Cuánto te dieron? Nada, se pelaron. Eres un pendejo, nunca vas a ver tus 20 millones. Tu pagarás por ellos. Me pusieron como cinco patadas en las espinillas”.

“En el reporte, cuando me agarraron no decía 60 millones, fue más. Los policías me taparon con mi playera, pero se transparentaba, vi todo. Esos cabrones empezaron a llenar patrullas, como cinco llenas de paquetes de zapatos y se los llevaron. También pague por eso. Tantito por lo que se llevaron mis compañeros de causa y tantito lo de los policías”.

Yo les dije “Ah no mamen weyes, se están rayando” y me dijeron “cállese hijo de su pinche madre, quien le dijo que esté viendo”.
“Los compañeros me dijeron que no me harían nada, porque estoy lisiado. Ni madres, los quiero ver aguantando cinco minutos de lo que me hicieron, se pasaron de verga. Me dieron pozolazo, me tocaron toques en los huevos, no me tocó tehuacanazo”.
Cuenta que se tragó un anillo y una cadena de oro para que no se la quitaran.”Tuve que esperar varias cagadas, hasta el tercer día me fui a un lugar privado para buscar ahora sí que en mi propia mierda las cosas. Eso lo vendí y me hizo buen paro ahí adentro, me sacó del pedo. Tuve una feria para mis cosas”.

Tras ser traicionado por sus compañeros de atraco, fue a parar al reclusorio Norte de la Ciudad de México, “donde le espera un infierno a quien no sabe moverse”.

Estar en ese lugar es feo: no hay días festivos, todos son normales, todo es igual. Seis y media pasan lista, a las siete abren la celda, siete y media dan desayuno.

Cada dormitorio tiene su comedor, pero así como tal no te puedes sentar. No hay ni sillas. Llega el perol de los alimentos y a meter cacharros, tu jarra, vaso, lo que tengas lo metes para agarrar algo para tragar. No hay un control como en las cárceles del gabacho que hay un pinche cocinero que te dan tu pinche charola te sirven y te vas a sentar, no, ni madres, acá no. Los comedores no tienen nada y los agarran de cancha de frontón.

José dice que para comer bien tenía que generar dinero “Desde que entré me conseguí un cajón para bolear, lavaba cobijas, trastes, trabajaba madera, hacía mandados… muchas cosas, para sacar el día como si estuvieras en la calle. Si comías feo era por pendejo, yo tenía dinero para comprar comida de la tienda de ahí, nomás que te la venden más cara”.

Tres años después, salió del reclusorio y regresó a Pachuca, no quería saber nada de la Ciudad de México.
Una vez libre, regresó a su tierra natal. “Saliendo de ahí me jalé para acá, me pelé pa mi rancho. Desde que llegué agarré mi cajón, me puse a chingarle, me junté con una chica con la que tengo 25 años de casado que cambió mi vida. Después de ser una persona sin oficio ni beneficio encontré algo que hacer”.

“Desde ahí soy bolero de corazón y no lo cambiaría por nada, nadie me pagaría lo que aquí me pagan”.
Platica que tiene una hija, tiene 17 años, la cual tiene tres hijos, “la cabrona se nos embarazó a los 13 años y ya tiene tres chamacos, pero dicen que hasta en las mejores familias pasa, ¿Por qué no habría de pasar en la mía que está de la chingada?”, ríe.

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  • José Almaraz

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