Opinión

Afecto codificado

FRENOLOGÍA 

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Por: Iván Lozano

Desde pequeño me gusta el cine, eso no ha cambiado con el paso de los años. Sin embargo, lo que sí lo ha hecho es la forma en que lo disfruto. Por ejemplo, cuando era niño me gustaba hablar durante las películas, especialmente en las salas de cine, esas que eran gigantescas y solo exhibían un título. Una vez, incluso, arruiné Jurassic Park a una pareja que tuvo que moverse al frente de la sala porque el pequeño delante de ellos no dejaba de anunciar lo que sucedería a continuación (era la segunda vez que la veía).

Años después me volví quisquilloso. Un trabajo nocturno me dio la posibilidad de tener las mañanas libres para ir a las primeras funciones entre semana. En ocasiones era el único en la sala: el paraíso, que le llaman. 

Sin embargo, ahora puedo disfrutar de salas repletas. Las razones son varias, supongo. Entre ellas la posibilidad de vivir una experiencia colectiva, pues, por curioso que parezca, el cine se ha vuelto de a poco y cada vez más, en una actividad que se realiza en compañía de cada vez menos personas y aun en solitario, tumbado en la comodidad de la cama y con la televisión al frente, si no es que hasta una tableta o un celular.

De modo que los ruidos y situaciones propias de una sala de cine ya no me parecen insoportables, incluso he llegado a tenerles cierto aprecio. No a todos, por supuesto, pues aún detesto que pateen los asientos, se levanten cada cinco minutos, atiendan llamadas telefónicas o revisen su celular sin la mínima consideración de disminuir el brillo de la pantalla.

Este cambio no es solo perceptible en lo que respecta al cine, pues considero que cada vez perdemos el gusto por las actividades en compañía pública. Por el contrario, las personas tendemos al aislamiento, especialmente con el acceso tan sencillo que tenemos al refugio digital, donde concentramos nuestras actividades y aún nuestra vida en la realidad tangencial de las redes sociales.

A ese espacio acostumbramos trasladar la mayoría de nuestras actividades. Desde el trabajo y escuela, hasta la intimidad más recóndita. 

Recurrimos al aislamiento incluso en sitios concurridos, pues podemos tener nuestras realidades virtuales en las bolsas del pantalón y la sacamos en las mesas de cafés, caminadoras del gimnasio y asientos del transporte público y hasta en conciertos, este último caso es una actividad diseñada para ser un fenómeno colectivo pero que de alguna manera conseguimos reducirlo a una pantalla de seis pulgadas en un video que acaso veremos un par de veces pero que compartiremos con el mundo con el que perdimos la posibilidad de interactuar cuando lo tuvimos hombro a hombro. 

Conocí a una mujer que me dijo una vez que la relación con su pareja se enfriaba debido a la falta de interacción física y emocional, no porque nunca se dijeran “te amo” o se mandarán “besos”, sino porque casi todas las muestras de afecto adoptaban la forma digital de los mensajes de texto. En persona, era difícil, “se sentía raro”, me decía, como si fuera más difícil, como si hablar fuera más complicado que pulsar ‘enviar’ a un emoji de corazón.

Es algo que puedo entender. Probablemente la última semana haya mandado más ‘besos’, ‘abrazos’ y ‘te quieros’ por mensajes de WhatsApp que aquellos que di y dije frente a la persona que los recibiría.

Tal vez por eso mi cambio de parecer respecto a las multitudes en el cine y a las experiencias colectivas, al cuchicheo, las risas, el llanto y las expresiones de asombro en las salas de proyección. Tal vez me parece más agradable ser espectador presencial de la experiencia sensorial ajena que el receptor directo del afecto codificado en lenguaje binario.

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