Audaz decisión de abrir los taxis. (Primera parte)

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Por: Enrique Gómez Orozco

Viene una bomba en movilidad, una que se debió soltar hace muchos años: liberar el acceso al servicio público de taxis. Es un logro de libertad. 

Todo comenzó con el arribo de Uber, la compañía norteamericana invasora de miles de ciudades en el mundo donde el servicio de transporte en auto se convirtió en una aplicación de Smartphone. Abre la app, di a dónde vas y aparece un mapa con el nombre de quién pasará por ti, cuándo lo hará y te anticipa el precio. Al final del viaje pagas con tu tarjeta de crédito registrada y sólo das las gracias. Ninguna discusión por la tarifa y un bajo riesgo de perder tus pertenencias en caso de ser olvidadas. La app te indica la calificación que otros usuarios le dan al chofer y su número de viajes realizados. 

La seguridad, conveniencia y economía del servicio cambió el tablero de valor del viejo servicio de taxis concesionados por la autoridad. Desde Nueva York, hasta París, México o Madrid, Uber comenzó a comerse el mercado bajo el estupor de los gobiernos municipales y los taxis tradicionales. Cientos de litigios comenzaron pero la utilidad y conveniencia de Uber se impusieron porque el usuario valoró la innovación.

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La tecnología de geolocalización del GPS (Global Positioning System) y los mapas precisos de las ciudades realizadas por Google y Apple facilitaron las cosas. La cereza en el pastel fueron las aplicaciones de Android y la misma Apple. Enriqueció el proyecto la inversión de miles de millones de dólares de capital semilla o “venture capital” que abunda en Estados Unidos para estos proyectos. 

El choque de la “disrupción” fue terrible. En Nueva York, por ejemplo, los medallones o permisos para los famosos e icónicos taxis amarillos se tasaba en un millón de dólares. Hoy se comercia en 200 mil dólares. Quien poseía uno podía usarlo como colateral o aval de la compra de una casa, otro auto o lo que fuera. Su valor era real y comerciable. Los dueños de la concesión no eran los choferes. Los conductores son paquistanís, hindúes o africanos. Hay mil chistes en EU sobre el lenguaje incomprensible de esos inmigrantes, por lo demás veloces y competentes. 

Uber llega a México con autos nuevos, un poco más amplios y con aire acondicionado en contraste a los viejos, heroicos y apestosos Tsurus que empacan gente para poder cubrir la cuota que se paga al “dueño” de la concesión. 

Desde la época gloriosa del PRI, los taxis fueron botín de políticos, líderes sindicales y acaparadores de concesiones. Cuando llega el PAN a Guanajuato, los blanquiazules se encuentran con el pastel y lo toman para su partido. Cobijan centrales, apapachan a los viejos líderes y la servidumbre de los choferes se perpetua. El PAN se sirve de la corrupción heredada.

Cada sexenio el gobernante en turno agradece a sus cercanos con placas nuevas, con concesiones que se entregan a nombre de particulares pero siempre terminan en manos de unos cuantos. Un ex presidente nacional del PRI tuvo que justificar sus ingresos y su patrimonio exhibiendo decenas de concesiones de taxi de Monterrey. Una vergüenza. 

El gobernador Diego Sinhue Rodríguez decide, por fin, igualar el terreno para todos los ciudadanos y eliminar el sistema de canonjías, prebendas y corrupción que existió en el PRI y en su partido el PAN. La decisión no es fácil, pero encarna la verdadera filosofía del PAN: igualdad de oportunidades para todos. (Continuará)

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