Opinión

De buenas intenciones está empedrado el infierno

FRENOLOGÍA

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Por: Iván Lozano

Desde el inicio de su campaña hace más de diez años, me ha parecido que Andrés Manuel López Obrador tiene buenas intenciones. Que su discurso, monótono y persistente, es honesto en cuanto a su pretensión de cambiar drásticamente las condiciones políticas y sociales en México para alcanzar aquello que tan fervorosamente ansía: que su administración sea reconocida como la cuarta transformación de la vida pública del país.

A poco más de un año de su gobierno, me da la impresión que sus patrióticas aspiraciones tienen mucho que ver con el anhelo personal de verse equiparable con personajes históricos a los que acude con frecuencia, como Juárez o Madero (protagonistas de las que considera la segunda y tercera transformaciones del país, respectivamente).

Esta característica y sus manifestaciones concretas, sin embargo, las considero mucho más cercanas a un perfil como el de Luis Echeverría, quien de igual manera pudo tener buenas intenciones (con el objetivo de ser recordado como gran transformador), que finalmente fueron insuficientes para evitar que su incompetencia y megalomanía dieran al traste con el país al que precipitó a un barranco cuya penumbra creció en sexenios posteriores.

‘Celebra’ AMLO que mujeres demanden alto a la violencia que las asesina; esto parece una buena intención que no obstante se vuelve insultante condescendencia cuando ofrece respuestas originadas, en el mejor de los casos, desde flagrante ignorancia; como achacar el fenómeno al ambiguo efecto del neoliberalismo, solicitar a manifestantes que no le pinten las paredes, o el lamentable decálogo que en principio hasta pareció chiste, pero después mutó en reflejo claro de la incapacidad no solo del mandatario, sino también de sus colaboradores para analizar las circunstancias y responder, al menos, con sensatez. A pulso ganó los calificativos misógino y machista.

Ante la crisis, el presidente urge a la creación de una Constitución Moral para enderezar el camino de los descarriados, lo que una vez más parece buena intención, pero es, en realidad, pálida respuesta ante las exigencias de estrategias específicas, inmediatas y de largo plazo, que ayuden a detener de una buena vez el tsunami de violencia que padecen mujeres y sociedad en general.

Otra buena intención que manifestó (aun lo hace) durante su larguísima campaña fue la inclusión de grupos vulnerables históricamente soslayados en los proyectos de nación, no solo contemplados como beneficiarios de programas sociales, sino como agentes participativos con voz y voto. En este caso puedo mencionar a comunidades originarias, a quienes puso por delante para recordar que México los ha relegado desde siempre. Sin embargo, el discurso se nos escurre entre las manos cuando opinión y designios de pueblos indígenas incomodan el Tren Maya, uno de los grades planes de la administración obradorista que pretende, como cualquier gobierno previo, dejar tras de sí un legado palpable.

Otros temas son parte del reiterativo discurso de Andrés Manuel, como la tan mencionada austeridad republicana y el combate a la corrupción; todos muy dulces al oído, amén de efectivos para ganar simpatías. La tesitura presidencial es de empatía, comprensión e interés frente a los asuntos públicos, máxime las coyunturas sociales que involucran sectores vulnerables, como la que prevalece actualmente.

El mandatario persiste en aparentar buenas intenciones (que se vuelven cada vez más difusas), pero, como diría mi madre, de buenas intenciones está empedrado el infierno, o México, que pal’ caso es lo mismo.

ACLARACIÓN
La opinión expresada en esta columna es responsabilidad de su autor (a) y no necesariamente representa la postura de AM Hidalgo.

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