Opinión

La identidad en el aire

UNA APUESTA POR “LO PACHUQUEÑO”.

Por:

Diseño: Grupo AM

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En 1960 el filósofo francés Edgar Morín introdujo el concepto del “imaginario colectivo”, que explicado grosso modo es el conjunto simbólico que compartimos como comunidad, que se ha venido creando con los años, esto no sólo nos da identidad, también nos introduce a arquetipos, formas de pensar (y de actuar) parecidas, por más diferentes que seamos entre nosotros mismos a nivel de individuos, porque al final la premisa es que nos nutrimos del mismo sustrato cultural, que asume y entiende al mundo de una manera y no de otra.
 

Siguiendo esta argumentación podemos hacer ejercicios mentales al pensar bote pronto en ciudades concretas de México: ¿qué es lo primero que nos viene a la cabeza si alguien menciona Guadalajara? ¿Tequila, mariachi y tortas ahogadas? ¿Y Monterrey? ¿Música de banda, carnes asadas y cervezas? ¿Y qué pasa con Pachuca? Fútbol, El reloj monumental y quizás los típicos pastes.
 

Parece que no hay ningún problema, sin mucha dificultad hemos podido nombrar tres cosas representativas de Pachuca, que se refieren a la gastronomía, monumentos y actividades deportivas, ¿qué pasa entonces? Que el análisis se pone más complejo cuando queremos descubrir la identidad del pachuqueño y aún más allá, siempre es válido preguntarse: ¿existe lo pachuqueño?
 

Como construcciones nos queda claro que es lo tapatío, lo regio y lo chilango, pero: ¿qué es lo pachuqueño? ¿Es nada más es tener un equipo de fútbol competitivo (donde de hecho no participa ningún oriundo) y asistir de forma devota a sus partidos? ¿Qué todo aquí lleve el prefijo “tuzo”? ¿Una única obra arquitectónica bonita que admiramos todo el tiempo? ¿Comer algo que nos dejaron los ingleses de mañana, día y noche? ¿Es todo lo que nos hace ser quiénes somos?
 

Quizá sería más fácil si tuviéramos alguien con quién identificarnos, para poder decir que en él se encarna lo propiamente pachuqueño, dicho de otra manera: ¿quiénes son nuestros personajes históricos (o famosos)? Hagamos el ejercicio, salgamos a las calles a preguntar quiénes son nuestros paisanos ilustres, sólo pidamos dos nombres y seguramente saldrá a relucir algún jugador de los Tuzos o los más arriesgados mencionaran al comediante Sergio Corona o la cantante Yolanda del Río.
 

De ahí en fuera no sabemos ni siquiera quiénes son los personajes de los que se nutren los nombres de las calles de nuestra ciudad y no sólo es por culpa de una profunda ignorancia, aún para el más entusiasta y curioso, si quisiera saber estos datos, ¿de dónde los aprendería? No hay como tal un libro medular que compile los personajes nativos ilustres de la capital del estado de Hidalgo.
 

En este sentido parece que nuestros hermanos de Tulancingo la tienen más clara, pueden presumir a Rodolfo Guzmán Huerta, mejor conocido como “El Santo” o “El enmascarado de plata”, a Gabriel Vargas Bernal, creador de la Familia Burrón o al escritor Ricardo Garibay, por mencionar algunos.
 

Con desanimo muchos podrían llegar a pensar que si no podemos mencionar a los pachuqueños ilustres es porque no existen, ¿será cierta esta afirmación? Antes de contestarla sería importante recordar la cercanía que tiene nuestra ciudad con la capital del país, la caótica y compleja gran Ciudad de México.
 

Personalmente recuerdo cómo en la primaria los compañeros al decir de dónde eran mencionaban orgullosos: ¡capitalinos! Aunque al investigar más, la gran mayoría sólo habían nacido en un hospital de por allá y el resto de su vida la han llevado aquí, lo cierto es que negaban rotundamente el ser pachuqueños.
 

Luego vinieron las épocas del bachillerato, con muchos de los jóvenes alistándonos para entrar a la universidad y en el fondo poder revivir la llama del sueño de dejar este “aburrido pueblo” para incursionar en el, por aquel entonces, cosmopolita Distrito Federal. Es monstruosa la influencia que tenemos con tan enorme cuerpo y aun así podemos encontrar grandes diferencias entre capitalinos y pachuqueños. 
 

Seguramente todos aquí tenemos un conocido que se fue para nunca volver, argumentando que “en Pachuca ya no se siente cómodo con el ritmo de vida” o que se aburre mucho porque no hay nunca nada que hacer y otros que simplemente cedieron ante la falta de oportunidades, a la fuga de talento, por eso no los reconocemos, porque hace mucho tiempo que se fueron y si se consolidaron lo hicieron lejos.
 

Pachuca que en nahúatl significa “lugar de heno” o “lugar estrecho”, fue habitada principalmente por otomíes en 1050, que después pasaron a ser parte de la jurisdicción del reino mexica, hasta la conquista, donde españoles como Alonso Rodríguez Salgado y Pedro Romero de Terrenos descubrieren la riqueza mineral de la ciudad, sobre todo en forma de plata y oro, tesoros que con el tiempo atrajeron también a los ingleses, que nos dejaron en supuesta compensación a su ambición lo que hoy creemos que nos distingue: los pastes y el fútbol.
 

Si queremos descubrir la identidad del pachuqueño lo que tenemos que hacer es buscar de nuevo entre las minas, pero esta vez no esperando encontrar plata, será en pos de recordar el horror de los hermanos mineros que se quedaron atrapados en las colapsadas grietas, las enfermedades que desconocemos de nuestros abuelos (como la silicosis), el olvido del uso de la barreta y el dolor de la explotación permanente de los dueños de las máquinas, aquellos que se llevaron todo lo que por derecho de piso nos pertenecía.
 

La mejor vía de encontrar lo pachuqueño sería reconciliándonos con aquello que no nos arrebataron los europeos, lo único que nos dejaron: la herida de nuestro polvoso (pero también orgulloso) pasado de mina y vinculándonos al refrescante viento, siempre (en) presente, que se estrella contra el rostro de todo aquel que por aquí camina.

8am

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