Historia 280
Esta es la historia 280 de 450 que te contaremos sobre León
Durante más de medio siglo, el padre J. Jesús Lira Anda convirtió al Colegio Lourdes en una de las instituciones educativas más reconocidas de León.
Fundó una escuela que nació entre carencias y terminó formando a miles de estudiantes. Hizo de la disciplina la base de su modelo educativo. Su método era severo e incluso recurría a castigos físicos, una práctica común en la educación de la época; sin embargo, quienes pasaron por sus aulas recuerdan que aquella exigencia les dejó hábitos de estudio, responsabilidad y una preparación académica que los distinguió a lo largo de su vida.
Su filosofía educativa era sencilla. Creía que la escuela no debía limitarse a transmitir conocimientos, sino formar personas capaces de servirse a sí mismas y de servir a los demás. Así lo afirmó en la única entrevista conocida que concedió a la periodista Luz Marcela Vera, publicada en 32 personajes de Guanajuato en 1986.
Esa convicción marcó cada decisión que tomó como sacerdote, maestro y director.
El sacerdote que fundó el Colegio Lourdes
El presbítero J. Jesús Lira Anda nació el 9 de julio de 1907 en el barrio de San Juan de Dios, en León. Su infancia transcurrió en una ciudad que poco después viviría los años convulsos de la Revolución Mexicana. Estudió sus primeras letras en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, fundado por el padre Bernardo Chávez, aunque la violencia revolucionaria interrumpió su educación.
En 1922 ingresó al Seminario de León. Pronto destacó por su inteligencia, su disciplina y su gran facilidad para el estudio. Aprendió latín, griego, hebreo, francés e inglés sin salir del país; participó en el coro del Seminario y cultivó una profunda devoción mariana que resumía al iniciar sus escritos con una frase que lo acompañó toda la vida: “¡Viva María Inmaculada!”.
Fue ordenado sacerdote el 30 de noviembre de 1930. Sin embargo, antes de ejercer plenamente el ministerio ya había decidido dedicar su vida a la enseñanza.
Mientras aún era seminarista comenzó a impartir clases. Poco tiempo después abrió una pequeña academia denominada Taller de los Pobres, donde se enseñaban física, química, religión, corte y bordado. En 1936 alquiló una casa en la calle 5 de Mayo para establecer una escuela cuyos primeros alumnos fueron niños vendedores de periódicos y menores que vivían prácticamente en el abandono.
Desde entonces comprendió que la educación era el camino más eficaz para transformar vidas.
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Un colegio construido desde cero
En 1940 fue nombrado responsable del templo de Nuestra Señora de Lourdes. Recibió una construcción todavía inconclusa y, junto con el arquitecto Mariscal, impulsó el proyecto del templo de arcos ojivales que hoy forma parte del patrimonio arquitectónico de León.
Junto al templo existía un terreno convertido en basurero. Antes de colocar el primer cimiento fue necesario retirar alrededor de doscientos camiones de basura. Sobre ese espacio levantó el Colegio Lourdes.
La escuela creció conforme aumentó la demanda. Durante más de veinte años se construyeron nuevos salones, patios, laboratorios y áreas académicas. Nunca recurrió a rifas para financiar las obras. Cuando le preguntaban cómo había logrado levantar un complejo educativo de esa magnitud respondía:
A Dios le gusta el dinero limpio, la limosna”, según relata Luz Marcela Vera.
Con el tiempo el Colegio Lourdes ofreció jardín de niños, educación primaria, secundaria y Escuela Normal.
En la década de 1980, parte de sus instalaciones fue demolida para dar paso a la construcción del puente del bulevar Mariano Escobedo, una pérdida que el sacerdote recordó siempre con tristeza.
Una disciplina que marcó generaciones
La puntualidad, la obediencia, la limpieza, el estudio y el respeto constituían normas inquebrantables para el padre Lira. Solía decir que, de no haber sido sacerdote, le habría gustado ser militar. Ese sentido del orden se reflejaba en toda la vida del colegio.
Antiguos alumnos recuerdan la severidad de sus métodos, pero también reconocen que aquella disciplina fue la base de su formación académica y personal.
Mientras numerosas escuelas apenas contaban con los recursos indispensables, el Colegio Lourdes disponía de laboratorios de Física y Química equipados con microscopios, mecheros de Bunsen, probetas, matraces, condensadores, imanes y diversos instrumentos científicos.
Para las clases de Anatomía utilizaba modelos transparentes del cuerpo humano, poco comunes en aquella época, recuerda el doctor en Derecho Paulino Lorea Hernández en un artículo publicado por AM en febrero de 2025 con motivo del 85 aniversario del Colegio Lourdes.
En gramática, geometría y aritmética, los alumnos de primaria alcanzaban niveles que muchos estudiantes conocían hasta la secundaria.
Esa preparación permitía que sus egresados llegaran a los siguientes grados con una clara ventaja. Para muchos de ellos, el primer año de secundaria representaba únicamente un repaso de lo aprendido en el Lourdes.
Formar personas, no solo profesionistas
El padre Lira insistía en que el objetivo de la educación iba más allá de preparar futuros profesionistas.
“Pienso que una buena formación hace a la persona capaz de servirse a sí misma y servir a los demás”, resumió en aquella entrevista.
Sin convertir las aulas en un púlpito, procuró formar ciudadanos con valores cristianos, responsabilidad y sentido del deber. Por sus salones pasaron futuros médicos, abogados, ingenieros, industriales y sacerdotes. Entre sus antiguos alumnos también surgirían varios obispos.
Con el humor que nunca perdió, solía decir que de su escuela habían egresado “desde obispos hasta borrachitos”, convencido de que la educación orienta, pero no sustituye la libertad de cada persona.
Su vida estuvo marcada también por algunos de los acontecimientos más complejos del país. Vivió la persecución religiosa de la década de 1920 y recordaba las misas celebradas clandestinamente en casas particulares.
Consideraba que el movimiento cristero no respondía plenamente al espíritu del Evangelio, porque Cristo había rechazado las armas como medio de defensa.
Una vida sencilla
Fuera del colegio llevaba una vida austera.
Durante años recorrió las calles de León en bicicleta. Cada sábado acudía personalmente al mercado para conocer el precio de los alimentos y calcular cuánto podían pagar las familias por la educación de sus hijos.
Su habitación reflejaba esa misma sencillez: una cama, un buró con una imagen del Niño Jesús, algunas estampas religiosas y un pequeño televisor constituían prácticamente todas sus pertenencias.
En sus últimos años, el bullicio de los alumnos seguía llegando hasta su habitación. Desde la silla de ruedas escuchaba las voces que durante décadas habían dado sentido a su vida. Ya no podía recorrer los patios del colegio ni celebrar misa como antes, pero conservaba intactas la memoria y el buen humor.
“Ahora estoy rindiéndole culto al Santo Entierro”, decía con una sonrisa al referirse a su inmovilidad.
Falleció en 1989, después de dedicar más de medio siglo a la educación.
Su rigor despertó respeto, críticas e innumerables anécdotas. Pero incluso quienes alguna vez recibieron sus llamados de atención reconocen que detrás de aquel sacerdote de voz firme había un maestro extraordinario, convencido de que la enseñanza era la herramienta más duradera para transformar una vida.
Más que fundador del Colegio Lourdes, J. Jesús Lira Anda formó generaciones. Y ese legado continúa vivo en miles de hombres y mujeres que, décadas después, siguen reconociendo en él al maestro que marcó su destino.
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