Historia 100
Esta es la historia 100 de 450 que te contaremos sobre León
En León hubo una escuela donde la letra debía ser perfecta, la ortografía no admitía errores y las tablas se cantaban como si fueran himnos. Quien dice “yo estudié en el Camarena”, no solo menciona un colegio: evoca una formación y un carácter.
Las Señoritas Camarena –Josefina y María Luisa Camarena Rocha– fueron mucho más que maestras. Se convirtieron en referencia moral y académica de generaciones enteras que cursaron párvulos o primaria en la Escuela Constancia y Trabajo. El nombre lo decía todo.
La vocación temprana
Josefina Camarena Rocha nació en León el 18 de marzo de 1896. Sus padres fueron Ausencio Camarena, de Arandas, Jalisco, y Josefa Rocha, de León.
Desde muy joven supo que su lugar estaba al frente de un grupo. A los catorce años ya daba clases. Había cursado párvulos y cuatro de primaria –como lo marcaba el sistema de la época– en el entonces Colegio Guadalupano –hoy Instituto A. Mayllén–, cuando tuvo sus primeros alumnos en escuelas del centro de la ciudad y del Barrio Arriba.
En 1927 abrió su propio plantel en la calle Morelos –hoy bulevar López Mateos–, con apenas nueve alumnos de párvulos. Así nació la Escuela de la Señorita Camarena. Con los años adoptó el nombre de Colegio Constancia y Trabajo.

En 1935 ya ofrecía los seis grados de primaria. Se sumaron maestras como su hermana María Luisa, María Sánchez Robledo, María Natividad Álvarez, Rosario Urbina, Lucita Vázquez, Conchita Velázquez, Lolita y Chelita Barriga. La exigencia académica se volvió la característica de la escuela: concursos de ortografía, énfasis en gramática y caligrafía, disciplina y religión.
Corría la fama de que los egresados de la Señorita Camarena tenían pase automático en cualquier otra escuela.
La escuela y la religión
El colegio se instaló primero en la calle Morelos –hoy bulevar López Mateos– y luego se mudó a la 5 de Mayo, a unos pasos del Templo de La Santísima Trinidad. La cercanía no fue coincidencia: adoptaron como patrona la representación de las Tres Avemarías y como símbolo, la flor de lis.

Los viernes primeros de cada mes eran de confesión y comunión. El Rosario formaba parte de la rutina. La religión era pilar de la enseñanza.
Cuando el número de alumnos creció, hubo que dividir: niños en un sitio, niñas en otro. Las sedes cambiaron de dirección conforme aumentaba la matrícula. La escuela llegó a ocupar una finca de arquitectura francesa en Pino Suárez y una construcción grande en 5 de Febrero. Para entonces, el Constancia y Trabajo ya era una institución consolidada.
La escuela de hombres era atendida por María Sánchez Roblero, mientras que la de niñas y párvulos estaba al cuidado de Josefina y María Luisa. Además, la fundadora fue siempre la directora administrativa de la institución.

La batuta invisible
Josefina eligió siempre permanecer con los más pequeños. Dedicó 55 años a los grupos de párvulos junto con su hermana. Decía que era ahí donde podía moldear el carácter, sembrar valores y formar conciencia.
Aplicaba el método onomatopéyico: enseñar las letras por su sonido. Con una regla en la mano, como batuta, dirigía el coro de voces infantiles que repetían cantando las tablas de multiplicar.
En la memoria de los exalumnos permanece el piano del profesor Horacio Matehuala y aquel canto: “A trabajar, con mucho placer a trabajar, el día amanece, canta alegre el ruiseñor”, recordaba la estrofa Carlos Navarro Valtierra, quien fuera director del Archivo Histórico Municipal.
Chabe Camarena Maldonado, exalumna, comparte su amor por el Constancia y Trabajo:
fue para mí lo máximo, me prepararon tan bien que puedo decir que nunca más tuve algo nuevo que aprender, solo aumentar mis conocimientos en todas las materias. Lo llevo en mi corazón con muchísimo cariño y agradecimiento”.
El contador Eduardo Gómez Navarro dijo que, al salir del primer año de primaria del Colegio Señoritas Camarena para ingresar a segundo en La Salle, lo inscribieron en el tercero por el avance que tenía.

Luis Ernesto Ayala Torres recuerda su paso por las aulas: “fue el mejor inicio de mi vida escolar; aprendí que el orden, la disciplina y el estudio, eran la base de mi formación”.

La maestra Josefina, durante 35 años, se abstuvo de incorporar la escuela a la Secretaría de Educación, hasta que en 1962 tomó la decisión de hacerlo.
Josefina y María Sánchez hicieron una mancuerna extraordinaria y llevaron el nivel académico a competir con las mejores instituciones del país. Decían que Josefina era el corazón y María de la Luz, el cerebro del colegio.
La huella
Josefina murió el 17 de febrero de 1966 y, en ese momento, el Colegio Constancia y Trabajo ya contaba con más de 2 mil alumnos.

Poco después falleció María Luisa, y el Constancia y Trabajo quedó en manos de María de la Luz, quien lo mantuvo por algún tiempo apoyada por sus hermanas Josefina y Altagracia. Posteriormente, la institución fue cedida a la congregación religiosa Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, la cual preserva su legado.
Más allá de los cambios administrativos, quienes estudiaron con las Señoritas Camarena lo dicen con orgullo y gratitud: “Yo estudié con las Señoritas Camarena”.
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