Historia 332
Esta es la historia 332 de 450 que te contaremos sobre León
Marisela Martínez Álvarez no estaba buscando abrir un comedor comunitario cuando comenzó la pandemia del COVID. Tenía su propio negocio, empleados y una familia que atender. Pero un día empezaron a llegar a su local personas que buscaban comida, porque habían visto en redes sociales que en la calle Libertad regalaban alimentos. Lo que nadie les había dicho era que aquel comedor estaba en la ciudad de Aguascalientes.
En León, esas personas habían llegado hasta ella. Comenzó a verlas todos los días; les explicaba que ahí no era, pero algo en ella no le permitía simplemente despedirlas.
Empezó por las noches a regalarles lo que le sobraba de la cena: una torta, un plato de comida, cualquier cosa que pudiera ayudar a mitigar su hambre.
Hasta que entendió que aquello no podía quedarse en un gesto ocasional: “Si esta gente no muere de COVID, se va a morir de hambre”, pensaba al verlos llegar a su negocio a pedirle comida.
Fue el 6 de abril de 2020 cuando puso una mesa afuera de su negocio, sacó sus ollas y sirvió 40 platillos. Así comenzó la historia del Comedor Social Por Amor. Para su fundadora, el nombre lo define todo: comenzó “por amor”.
Un error viral
La confusión de aquella publicación en redes sociales terminó convirtiéndose en el punto de partida.
Durante los primeros días, Marisela cuenta que entre 40 y 50 personas llegaban diariamente a su negocio preguntando por el comedor. Ella les explicaba que el lugar estaba en Aguascalientes y los veía quedarse sin saber a dónde ir.
Entonces habló con sus hermanos y sobrinos. Proviene de una familia de siete hermanos y alrededor de 40 integrantes entre sobrinos y nietos, por lo que les pidió que la ayudaran a dar de comer.
Uno de sus sobrinos, que vivía en Estados Unidos, le mandó 80 kilos de arroz.
Recuerda que el primer día sus hermanas llevaron arroz, frijoles y huevo con chile. Con eso completaron los 40 platillos.
Al segundo día, una joven grabó un video desde la esquina y lo publicó en redes sociales.
La publicación ahora sí era sobre el comedor que funcionaba en la ciudad. Y la gente comenzó a llegar. Pero también comenzaron a llegar los apoyos.
Unas personas llevaban guisado; otras, arroz, frijol o chicharrón. Una vecina le prestó una casa. Alguien más le consiguió una parrilla; después llegaron una estufa y un refrigerador.
En cuestión de semanas, aquel comedor que había nacido con una mesa afuera del negocio ya tenía un espacio para funcionar.

Las filas crecieron
La demanda aumentó hasta llegar a unas 800 personas en los momentos más fuertes de la pandemia. La fila daba vuelta por las calles.
En ese entonces había alrededor de 14 voluntarios que ayudaban a sanitizar a la gente, entregar cubrebocas y mantener la sana distancia.
La aglomeración llamó la atención de las autoridades y hubo un momento en que parecía que el comedor sería cerrado. Marisela recuerda que la llegada de funcionarios, Protección Civil y vehículos oficiales la hizo pensar lo peor.
Ella les explicó que no quería tener problemas con el gobierno y que, si consideraban necesario cerrar, lo hicieran.
Fue así que el 12 de mayo de 2020, el Municipio y Protección Civil ayudaron a trasladar el comedor a la Calzada, donde había mayor espacio para atender a las personas.
Las autoridades apoyaron con la sanitización, la organización de las filas y vehículos para trasladar las ollas y los insumos. Ahí permaneció hasta julio.
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Pensó que terminaría
Cuando las empresas comenzaron a reabrir, Marisela tuvo que regresar a atender su negocio.
El comedor tenía gastos fijos como de agua, luz, gas y sueldos. Ella misma era la cocinera y ya no podía pasar todo el día ahí, por eso decidió cerrar.
Con su casa llena de alimentos, preparó y entregó alrededor de 800 despensas durante julio; así vació prácticamente todo lo que tenía.
Cuando estaba por entregar la casa que una vecina le había prestado, llegó un empresario con 300 kilos de carne, media tonelada de papa, cebolla y jitomate.
Marisela le explicó que ya no podía continuar, que tenía que volver a trabajar y estar al pendiente de su familia.
Recuerda que el empresario le preguntó cuánto costaban los sueldos. Él hizo una llamada y decidió hacerse cargo de ellos; hasta hoy mantiene ese apoyo.
A partir de ahí, otros empresarios, familias y personas de León continuaron sumándose con arroz, frijol, lentejas, verduras y otros insumos.
Marisela dice que el comedor no es suyo: ella lleva la operación, registra lo que entra, lo que se cocina y lo que se entrega, pero es la gente quien lo sostiene.

La pandemia le cambió la vida
Antes de que existiera el comedor, se describía como una mujer dedicada al trabajo y a su familia.
Reconoce que tuvo una infancia difícil, pero también que los cursos y grupos de superación personal a los que ha asistido durante años le han ayudado a crecer, sanar y cambiar su manera de ver la vida.
Esa formación, dice, también alimentó su gusto por ayudar a otras personas.
Mucho antes de la pandemia, acostumbraba apartar cinco o 10 pesos de su negocio para ayudar a adultos mayores que llegaban a vender productos de los ranchos: “Me dolía verlos caminar buscando dinero para comer”.
Los que más le duelen
En seis años, ha escuchado cientos de historias, pero las de los adultos mayores son las que más le pesan.
Algunos llegan a contarle que sus propios hijos los abandonaron, que fueron expulsados de sus casas o que terminaron viviendo en la calle.
Recuerda a un hombre que dormía sobre un cartón, prácticamente en la misma esquina de la casa de su hijo. Intentó conseguirle ayuda legal, pero no pudo avanzar porque los abogados implicaban un gasto que no podía cubrir.
A mí eso me partía el alma: ver personas de grande edad que tengan que andar en la calle pidiendo para comer”, dice.
Sigue con mucho amor
Actualmente, el comedor abre de 8:30 de la mañana a 3:30 de la tarde y sirve alimentos de 1 a 3 de la tarde. Entrega entre 160 y 200 platillos diarios.
El único requisito es tener hambre. Con eso basta.
Los lunes hay huevo con chile y frijoles; los martes, pollo con verdura y frijoles; los miércoles, arroz y otro guiso; los jueves, ensalada de atún con codito; y los viernes, chilaquiles con frijoles.
Cuando algún alimento falta, se sustituye con lo que haya. El atún, cuenta Marisela, es uno de sus salvavidas. Nunca, asegura, se han quedado sin comida para la gente.
El precio de seguir
Mantener el comedor también ha significado sacrificar parte de su vida familiar. Durante años cocinaba para sus hijas y su esposo, pero llegó un momento en que tuvo que dejar de hacerlo porque ya no podía sostener ambas cosas.
Hoy sus hijas son independientes. Marisela, mientras tanto, continúa al frente del comedor y de sus negocios.
También ha tenido que enfrentar las críticas de algunos vecinos que se molestan por las filas o porque las personas llegan hasta sus puertas.
Lo que sí reconoce es que mantener “Por Amor” representa un gasto permanente de renta, agua, luz, gas y sueldos.
Uno de los gastos más fuertes es el gas: utilizan tres tanques por mes.
Hasta ahora, el comedor se sostiene principalmente con donativos y apoyos de particulares.
Busca constituir una asociación civil
Marisela trabaja para constituir formalmente la asociación civil. Su deseo para los próximos años es consolidarla y que más personas compartan la responsabilidad.
Ya ha hablado con algunas personas que la han apoyado durante estos seis años; quiere que sean personas que realmente tengan el corazón puesto en ayudar.
No pretende dejar el proyecto en manos de su familia; quiere que continúe con quienes han demostrado que creen en él.
Reconoce que ha habido momentos en los que ha querido cerrar. Los problemas, los gastos y la responsabilidad pueden hacerla pensar que sería más sencillo volver únicamente a su vida de antes.
Pero hay algo que la detiene: la gente que llega, la gente que dona, la gente que todavía cree que ayudar vale la pena.
Si nos hacemos fríos, ¿qué pasa con la humanidad?”, resalta.
Por eso, seis años después de aquella confusión en redes sociales, el Comedor Social Por Amor sigue abierto.
Marisela todavía sirve. Y aquel gesto que comenzó con una torta que le había sobrado de la cena terminó convirtiéndose en una responsabilidad que ya no pudo soltar.
Mientras haya alguien con hambre y alguien dispuesto a ayudar, el comedor social Por Amor seguirá poniendo un plato en las manos de quien más lo necesita.
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