Historia 345
Esta es la historia 345 de 450 que te contaremos sobre León
En el verano de 1903, los leoneses viajaron a la Luna a través de la magia del cineasta francés Georges Méliès. En el Teatro Doblado, el público vio a un grupo de astrónomos ser disparados desde un cañón, estrellarse contra el ojo de la Luna y toparse con extrañas criaturas selenitas. Todo lo anterior fue la primera gran fantasía de ciencia ficción que llegó a la pantalla.
El 30 de agosto de 1903, el periódico El Popular anunció que el cinematógrafo que trabajaba en el Teatro Doblado de León recibiría “una buena y abundante colección de vistas”, entre ellas una que despertaba “gran entusiasmo por conocerla”: El Viaje a la Luna. La nota no exageraba. La película de Méliès, de catorce minutos de duración, se había estrenado en Francia apenas un año antes, en septiembre de 1902. Que llegara al teatro leonés en 1903, cuando cruzar el Atlántico con una copia de celuloide tomaba semanas o meses por vía marítima, era en sí mismo una pequeña proeza.
La cinta narraba la historia de un grupo de astrónomos que, reunidos en asamblea, decidían construir una cápsula espacial y dispararla hacia la Luna por medio de un gigantesco cañón. El momento más célebre de la película -y una de las imágenes más reproducidas de la historia del cine- llegaba cuando la cápsula se incrustaba en el ojo derecho de una Luna con rostro humano, que hacía una mueca de dolor ante el impacto.
Una vez en la superficie lunar, los astrónomos eran testigos de un cielo poblado por estrellas y planetas con caras propias, y presenciaban el asombroso crecimiento de hongos gigantes surgidos de la nada. Ahí eran sorprendidos y capturados por los selenitas, criaturas de aspecto insectoide que los conducían ante su rey; los astrónomos lograban escapar tras someter a varios de sus captores —que desaparecían entre nubes de humo con un simple golpe de paraguas—, y finalmente regresaban a la Tierra al lanzar su cápsula al vacío, para caer en el mar.
Los trucos de Georges Méliès
Georges Méliès, quien además de dirigir la película interpretó al profesor Barbenfouillis, líder de la expedición, aplicó a El Viaje a la Luna los trucos que había perfeccionado en sus años como mago e ilusionista: sustituciones de cámara para hacer desaparecer objetos y personajes, decorados pintados con un detalle casi teatral y encuadres que privilegiaban el asombro visual sobre el realismo.
Por su duración inusual para la época, su presupuesto elevado y sus efectos especiales, El Viaje a la Luna es considerada hoy la primera gran película de ciencia ficción de la historia del cine, y una de las obras fundacionales del cine narrativo.
Antes de ella, la mayoría de las producciones cinematográficas eran documentales breves —trenes que llegaban a una estación, obreros saliendo de una fábrica— y no relatos con una historia de principio a fin.
La compañía que llevó esa fantasía lunar a León estaba integrada por dos pioneros de la exhibición cinematográfica en México: don Enrique Rosas y Rafael Pastor. Ambos habían formado una compañía exhibidora que llegó a la ciudad el 16 de agosto de 1903, procedente del Teatro Degollado de Guadalajara, con uno de los mejores aparatos que recorrían el país y, como atractivo adicional, al ilusionista Enrique Vargas, descrito por la prensa como “notable en sus juegos de prestidigitación”.
Lleno total
El debut de la compañía fue el jueves 20 de agosto, con lleno total. El periódico El Obrero dedicó una crónica extensa a la función de estreno del que llamó el “Biógrafo Lumière”. “Las vistas de movimiento cintilan casi nada, y las fijas son obras completas de arte”, escribió el cronista, que destacó también la galantería de los empresarios al repetir las vistas que más agradaban al público.
La temporada, pese a las intensas lluvias de aquel agosto, se extendió hasta finales de septiembre, con el teatro “a reventar” en cada función.
Fue en el marco de esa temporada, entre finales de agosto y septiembre de 1903, cuando los leoneses vieron por primera vez a los astrónomos de Méliès embarcarse rumbo a la Luna. De León, la compañía Rosas y Pastor salió hacia Silao, San Luis Potosí y Aguascalientes, replicando en cada plaza el mismo entusiasmo.
Enrique Rosas y León
En 1903, Enrique Rosas era apenas uno más de los empresarios itinerantes que recorrían el Bajío con su proyector y una colección de vistas europeas. Nada en su paso por el Teatro Doblado anunciaba todavía al cineasta en que se convertiría. En agosto de 1905 regresó a presentarse en León con su antiguo aparato, y ese mismo año, cautivado por la recepción que la ciudad le había dado, decidió quedarse a vivir aquí.
Instaló su taller de fotografía en la calle de Progreso —hoy Álvaro Obregón—, junto a donde después estaría el desaparecido Cine León, y se convirtió en el primero en filmar escenas de la propia ciudad: paseos, fiestas populares y escenas cotidianas que después proyectaba en funciones especiales a las que acudían los propios protagonistas, “deseosos de verse en cinta”, según recordó el ex cronista leonés Timoteo Lozano. De esas tomas nacieron, en 1905, las películas Vistas de León y El compadre de mi compadre.
Ese mismo año, cuando una inundación devastó la ciudad de Guanajuato y dejó más de 50 muertos, Rosas viajó desde León con su equipo para filmar el desastre. El documental resultante, Vistas al día siguiente de la inundación de Guanajuato, se estrenó primero en el Teatro Doblado de León y después recorrió el país entero, relanzando su carrera como exhibidor a escala nacional.
La trayectoria de Rosas tras dejar León lo llevó, en 1908, a La Habana, donde construyó un teatro propio y, ya durante la Revolución Mexicana, apoyó desde Cuba a la Junta Revolucionaria maderista. De vuelta en México, se incorporó como cinefotógrafo al Ejército Constitucionalista, experiencia que amplió su oficio más allá de la simple exhibición.
En 1917 se asoció en la Ciudad de México con la actriz Mimí Derba para fundar la “Sociedad Cinematográfica Mexicana Rosas, Derba y Compañía”, conocida comercialmente como Azteca Films, presentada entonces en la prensa como la implantación de “la industria cinematográfica nacional”.
La Banda del Automóvil Gris
Dos años más tarde, en 1919, Rosas dirigió la película con la que su nombre quedaría definitivamente inscrito en la historia del cine mexicano: La Banda del Automóvil Gris, la cinta más célebre del cine mudo nacional, basada en los crímenes de una banda de asaltantes y su posterior captura y condena a muerte.
El filme se estrenó en diciembre de 1919 en la Ciudad de México y, dos meses después, llegó al mismo escenario donde 16 años antes Rosas había proyectado, como exhibidor casi anónimo, El Viaje a la Luna: el Teatro Doblado de León. El éxito fue tal que muchos espectadores se quedaron sin poder entrar, y la empresa tuvo que repetir la función durante dos días más en el Salón México, un recinto que funcionó en el centro de León en las primeras décadas del siglo XX, en el que se daban funciones de teatro y cine.
Los leoneses que en el verano de 1903 viajaron a la Luna, sin saberlo, estaban presenciando el debut regional de uno de los grandes nombres del cine silente en México.
Una versión restaurada de El Viaje a la Luna se puede ver en YouTube:
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