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Historia 434

Esta es la historia 434 de 450 que te contaremos sobre León

Hay antojos que tienen un lugar y una historia: unos tacos de tripa bien dorada, un pan recién salido del horno, un chocomil preparado al momento o una gelatina con ese sabor que recuerda a otras épocas; unas carnitas que chisporrotean en el cazo, los burritos de tortilla de harina gruesa, poco común en León, y unas quesadillas de masa quebrada, hechas con carbón y manteca. Son recetas que siguen atrayendo a quienes saben que esos sabores no se encuentran en cualquier parte.

Detrás de cada uno de estos platillos hay familias que nacieron, crecieron y han hecho su vida en el Barrio Arriba; generaciones que encontraron en la cocina y el comercio una forma de salir adelante.

Abuelos que comenzaron con lo que tenían, hijos que aprendieron el oficio a su lado y nietos que hoy continúan preparando las mismas recetas. Estos negocios suman décadas de trabajo y han sobrevivido a pérdidas, incendios y cambios que transformaron la vida del Barrio Arriba.

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Panadería Muñoz: el pan de siempre

Cerca de 100 años de historia respaldan a la Panadería Muñoz, un negocio familiar que conserva el sabor del pan artesanal en el Barrio Arriba.

Su historia comenzó con el abuelo de María de la Cruz Muñoz, quien se dedicaba a la zapatería y logró comprar el terreno donde más tarde su padre, panadero de oficio, establecería la panadería.

Con las recetas originales que dejó su padre, la familia ha mantenido viva la tradición durante tres generaciones. Hoy, María de la Cruz y sus hermanos continúan al frente del negocio, pendientes de cada preparación y de quienes cruzan la puerta en busca del pan de siempre.

María de la Cruz Muñoz. Foto: Vanessa Hernández

Entre sus productos destacan las roscas de nata y los bolillos, tanto los tradicionales como los rellenos de queso, chorizo, jamón, salchicha, rajas con champiñones y otros ingredientes. Los jueves también preparan empanadas, una de las especialidades que atraen a sus clientes.

Para María de la Cruz, cuidar la relación con quienes compran ahí es fundamental para que el negocio siga adelante.

Pues teniendo mucho cuidado y estar al pendiente y atender bien a la clientela”, explica.

En esa atención cotidiana y en las recetas heredadas de su padre está la clave para que la panadería continúe formando parte de la vida del barrio.

Don Chilo: cuatro incendios y volver a empezar

La historia de la Refresquería Don Chilo es también una historia de resistencia. Con casi 70 años de trayectoria, el negocio comenzó con Cecilio Contreras, conocido como Don Chilo, quien primero tuvo una tienda de abarrotes.

Con el tiempo, el establecimiento encontró su sello en las gelatinas y los chocomiles, productos que se convirtieron en parte de su identidad.

Hoy, Petra Jaramillo Romero, viuda de Don Chilo, dice sentirse honrada de que la tradición continúe con la cuarta generación de la familia.

Petra Jaramillo Romero, viuda de Don Chilo. Foto: Vanessa Hernández

A lo largo de los años, el negocio ha enfrentado cuatro incendios que pusieron en riesgo su continuidad. Después de uno de ellos, la familia tuvo que comenzar prácticamente desde cero, con una mesa pequeña y la voluntad de volver a trabajar.

La transformación del Barrio Arriba también ha impactado la actividad comercial. Petra recuerda que el cierre de establecimientos y la salida de instituciones que atraían movimiento a la zona redujeron la afluencia de clientes.

Pues sí, cuando se fueron las cervecerías, ya empezó a bajar; cuando se fue el hospital, pues también. Pero bendito Dios, seguimos aquí”, cuenta.

La refresquería abre todos los días de 7:30 de la mañana a 3 de la tarde. Con sus gelatinas y chocomiles preparados al momento, mantiene una tradición que ha sobrevivido a todo.

El secreto de sus chocomiles está en la calidad de los ingredientes, como las frutas naturales y una leche especial.

En Súper Carnitas y Enchiladas La Estrella, el aroma de la carne cocinándose remite a una tradición que comenzó en 1968.

El negocio fue fundado por el abuelo y el padre de Israel Martínez, quienes llegaron de Jesús María, Jalisco, y encontraron en la comida una manera de construir un futuro para su familia.

Desde 1991, el establecimiento se encuentra en su ubicación actual. Ahí, las carnitas son el producto estrella, preparadas con una receta familiar que se ha transmitido entre generaciones.

Israel Martínez. Foto: Vanessa HEernández

Israel representa la tercera generación al frente de La Estrella. Durante la entrevista, habló de su padre, quien había fallecido apenas una semana antes.

Continuar con el establecimiento se convirtió también en una manera de honrar su memoria y reconocer el esfuerzo con el que levantó el negocio.

Entonces ahorita, pues me siento más orgulloso porque honrarlo a él como él trabajaba, pues yo creo que es la mejor manera de seguirle y seguirle y adaptando los tiempos nuevos”, expresó.

El secreto de este negocio está en la receta de sus carnitas, una mezcla de sabores de Jalisco y León cuyos ingredientes solo conoce la familia.

Burritos Norteños: la tortilla de harina que los distingue

La historia de Burritos Norteños del Barrio comenzó hace alrededor de cinco décadas, cuando la familia del esposo de Lorena del Carmen Rocha Mojica tuvo que buscar una nueva forma de salir adelante.

Sus suegros se dedicaban a la venta de zapatos, pero después de perder ese negocio decidieron emprender con una receta familiar que venía de Coahuila: tortillas de harina gruesas, hechas para envolver distintos guisos.

Al principio vendían en un pequeño espacio rentado cerca del templo. Poco a poco, el negocio se dio a conocer de boca en boca y las filas de clientes comenzaron a formar parte del paisaje.

La diferencia está en la tortilla de harina, cuya receta y consistencia han distinguido a la familia durante años.

Porque esta tortilla no la hace nadie aquí”, afirma Lorena.

Esa preparación es mucho más que la base de un platillo: representa el conocimiento transmitido dentro de la familia y el sello que ha permitido que el negocio conserve a sus clientes generación tras generación.

El Volcancito: gelatinas con historia

Antes de convertirse en uno de los nombres reconocidos por sus gelatinas y helados de garrafa, El Volcancito comenzó de manera sencilla, con puestos instalados en el mercado y la venta de productos preparados por la familia.

Ramón Barajas Martínez, integrante de la tercera generación, calcula que la historia del negocio se remonta a entre 70 y 80 años.

Sus abuelos comenzaron a vender gelatinas de rompope y chocomiles en puestos improvisados. De aquella época todavía se conserva el recuerdo de los moldes antiguos de aluminio que utilizaba su abuela para preparar las gelatinas.

Uno de sus productos más representativos es la gelatina de crema de vainilla, cuya elaboración mantiene el espíritu de las recetas tradicionales.

Ramón recuerda que para prepararla se utilizaba leche proveniente de una lechería o establo, un detalle que forma parte de la memoria familiar y del sabor que buscan conservar.

El nombre del negocio tiene su propia anécdota: surgió porque algunos integrantes de la familia llevaban un peinado que les recordaba a un volcán. Con el tiempo, el apodo se convirtió en la identidad de las gelatinas más famosas del Barrio Arriba.

Para Ramón, el valor de continuar con la tradición está en el cuidado con el que prepara cada producto.

Yo quisiera, yo siempre todo esto lo he hecho y lo hago con mucho cariño. Yo cuando hago esto, lo hago con mucho cariño para la gente”, comparte.

La Pelona: de la cochera a la fama

La historia de La Pelona comenzó con una necesidad familiar: abrir las puertas de su propia cochera para vender comida y conseguir el sustento.

Lo que empezó como una manera de salir adelante terminó convirtiéndose en un negocio conocido por generaciones de habitantes del Barrio Arriba.

De acuerdo con la familia, la tradición tiene alrededor de 85 años y comenzó con Mónica, la bisabuela de la familia.

Juana Velázquez, de 99 años, forma parte de esa historia. El apodo de “La Pelona” nació cuando era niña, a raíz de un corte de cabello, y con el tiempo terminó por identificar al establecimiento.

La continuidad del negocio ha dependido de varias generaciones que aprendieron a preparar y vender los mismos platillos.

Actualmente, la familia mantiene una oferta de quesadillas, gorditas, flautas, enchiladas y pozole. Entre sus particularidades está la masa quebrada para quesadillas y gorditas, que muelen a mano, además de la cocción con carbón. El pozole, por su parte, requiere horas de preparación. Todos los platillos se cocinan con carbón.

La fama del lugar ha trascendido las calles cercanas. Entre quienes, según la familia, han comido ahí se encuentran la exalcaldesa de León Bárbara Botello y el expresidente de México Vicente Fox.

Una de las claves de su cocina está en una técnica que no cualquiera conserva.

La quesadilla y la gordita es de masa, pero es de masa quebrada. ¿Cómo se maneja? Nadie la vende, ¿por qué? Porque la molemos a mano”, explicó la familia.

Hoy, La Pelona es parte de la memoria gastronómica del barrio y un ejemplo de cómo una necesidad puede convertirse en una historia familiar que perdura.

El Amigo del Barrio: las tripas más famosas

En Tacos El Amigo del Barrio, la preparación comienza mucho antes de que el primer taco llegue a las manos del cliente.

Martín Urquieta, quien nació y creció cerca de la calle Cinco de Mayo, lleva alrededor de 33 años dedicado a este negocio, una actividad que forma parte de una historia familiar ligada al comercio.

El producto que distingue al establecimiento son los tacos de tripa, acompañados por los de chorizo.

Su éxito está en una preparación que requiere paciencia y cuidado: la limpieza de la tripa puede tomar alrededor de tres horas, un trabajo indispensable para conseguir el sabor y la calidad que buscan sus clientes.

Martín refiere que llegan a vender más de 40 kilos de tripa al día. La demanda puede ser tan alta que, cuando se acumulan los pedidos, se entregan fichas numeradas para organizar la atención.

Para él, el secreto no está solamente en cocinar la tripa hasta lograr el punto deseado, sino en cuidar el proceso desde el principio.

El secreto es de que, pues, que venga la tripa bien lavada, que no huela mal para que la gente vuelva”, dice.

En cada jornada, el trabajo previo y la atención a los detalles sostienen la confianza de quienes regresan por esos tacos que ya reconocen como parte de la tradición del Barrio Arriba.

Sabores que mantienen vivo al barrio

Todos los negocios anteriores trabajan los 365 días del año, con jornadas que empiezan temprano, preparaciones que requieren paciencia y familias que hacen del trabajo una forma de vida.

Estos establecimientos conservan algo más que recetas: guardan recuerdos, formas de trabajar y una tradición que pasa de generación en generación.

En el Barrio Arriba, la tradición no permanece únicamente en los recuerdos: sigue trabajando, cocinando y atendiendo a sus clientes.

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