Tras las huellas de Cortázar

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El 26 de agosto se cumple un siglo del natalicio del escritor argentino. A 100 años del nacimiento del autor de ‘Rayuela’, aquí una reconstrucción de

El 26 de agosto se cumple un siglo del natalicio del escritor argentino Julio Cort

Cuando era estudiante de letras en la Universidad Nacional de Cuyo, Jaime Correas se topó con una sorpresa: Julio Cortázar, el autor que tanto leía y admiraba, había impartido clases en esas mismas aulas y algunos profesores habían sido sus alumnos.
-Me puse entonces a buscar huellas de ese paso, pero sólo como coleccionista, no para publicar nada. Así entrevisté a alumnos de aquel entonces, encontré sus programas de clase y documentación en la facultad, y lo más valioso, aparecieron dos correspondencias, con Sergio Sergi (artista plástico), a partir de los 40, cuando era un joven de 29 años, y con Lida Aronne (crítica), en los 70, cuando era un escritor consagrado.
La inquietud de Correas desembocó, décadas después, en dos libros, ambos centrados en un periodo del que se conocía poco en la vida del autor: Cortázar profesor universitario (Aguilar, 2004) y Cortázar en Mendoza (Alfaguara, 2014), que comienza a circular en Argentina y del que damos un adelanto.
En el nuevo libro, Correas sostiene que el Julio Cortázar escritor nació en Mendoza. Su experiencia en esa ciudad operó como catalizador de una proceso muy intenso e interesante que lo sacudía en su interior, y el libro apunta a mostrar y documentar esa hipótesis.
En esas páginas, figura el escritor joven, en formación, que llega a un momento clave de su vida y opta; aquí toma el nombre de Julio Cortázar, por eso Correas eligió como subtítulo de su obra “Un encuentro crucial”.
-Aquí adopta definitivamente el nombre con el que sería célebre. Por eso digo que, metafóricamente, acá muere Julio Denis y nace Julio Cortázar. Incluso acá desarrolla una faceta desconocida para él, ser profesor universitario. Daba clases de literatura francesa y de Europa Septentrional, que era inglesa y alemana. Era la primera vez que podía dar literatura, pues antes sólo había enseñado historia y educación cívica en colegios secundarios de la provincia de Buenos Aires. Él celebró en una carta esta posibilidad. Otro dato clave es que en Mendoza tuvo un grupo de amigos, encabezado por el artista plástico Sergio Sergi, con los cuales se sentía a gusto. Hay algo en esa banda mendocina que está en El Club de la Serpiente de Rayuela.
Cortázar en Mendoza implica una investigación de casi tres décadas. En 1984, cuando Cortázar murió, Correas escribió su primera nota periodística, así inició su carrera en los medios.
En esta búsqueda, el periodista mantuvo correspondencia con Aurora Bernárdez, primera esposa del escritor; el editor Carles Álvarez Garriga y Lida Aronne, a quien Cortázar consideraba la mejor crítica de Rayuela.
También consultó varios archivos y los diarios de la época para imaginar cómo vivió él aquellos días. En estos últimos 10 años, consiguió más cartas que salen ahora a la luz y algunas perlas, como sus apuntes de clase de literatura francesa, que están depositados en la Universidad de Princeton y que analiza en esta edición.
Además, reproduce varios pasajes de los apuntes, que incluyen traducciones de Cortázar de Lautréamont, por ejemplo, y una serie de 30 poemas, fechados en Mendoza y que sólo se conocían en una edición de poca circulación.
-Quizás el contratiempo mayor fue que cuando quise volver a revisar el archivo de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuyo, donde había dado con valiosos documentos que por suerte fotocopié, descubrí que habían tirado todo a la basura. Nunca sabremos si ahí había algo más, pues no pude hacer ese chequeo.
Para Correas, la mayor sorpresa de esta nueva etapa de la investigación fue confirmar lo que en el primer libro era una intuición.
-Con los apuntes de clase y los poemas logré, creo, demostrar su pasión poética y cómo en esos años vivía un periodo de formación, iniciado en 1933 con la lectura de Opium, diario de una desintoxicación, de Jean Cocteau. En Mendoza digamos que rindió su tesis doctoral, que comprendía sobre todo a Rimbaud, Keats y Lautréamont, pero también a Baudelaire, Mallarmé, Rilke y Valéry.
Lo aprehendido en ese periodo de formación fue lo que le permitió ser uno de los grandes innovadores de la narrativa castellana en el siglo XX.
Según Correas, el caso de Cortázar es muy raro, porque sigue siendo un escritor con muchos lectores que lo compran y lo leen, y sobre el cual hay un velo de buena parte de la crítica y de los especialistas, como si les costara reconocer que es un escritor muy notable, con una obra que sacudió una época con sus apuestas y que, superada la novedad, dejó piezas perdurables.
-Muchos de sus cuentos scon clásicos de la lengua y el conjunto de su obra es de enorme interés y de gran valor para los lectores. Es una lección constante de libertad literaria y calidad. Es el único caso de un escritor latinoamericano que sigue siendo best seller a 30 años de su muerte.
Correas asegura que su nuevo libro muestra a un Cortázar joven, lampiño y moderado en lo político, pero muy jugado cuando es necesario, que complementa y completa al barbado partidario de la revolución cubana.
-Intenté ayudar a conocer al personaje en su verdadera complejidad y riqueza, más allá de los estereotipos.

La enorme metáfora

En la capital francesa, no existe ninguna calle ni plaza que ostente el nombre de Julio Cortázar. Sin embargo, para sus lectores, los pasos y el verbo del escritor argentino están por doquier; primero, en los lugares que habitó, pero también en todas esas calles y plazas que recorrió y en donde situó sus historias.
“Sobre todo en el Barrio Latino”, precisa Alain Sicard, profesor emérito de la Universidad de Poitiers que fue amigo de Cortázar e, incluso, inspiró uno de los personajes de su cuento Silvia.
Sicard destaca el papel central que tuvo la capital francesa en la vida y obra del escritor.
“El viaje a Paris forma parte de la mitología de los escritores latinoamericanos, pero París era para Cortázar mucho más que eso”.
El académico que durante varios años dirigió el Centro de Investigaciones Latinoamericanas (CRLA) de la Universidad de Poitiers, explica que uno de los temas centrales en la obra de Cortázar es el desencuentro.
“El primer capítulo de Rayuela empieza por “¿Encontraría a la Maga?”. El narrador está buscando a la Maga a través de París. La problemática del desencuentro ya está en ese capítulo”, señala.
“En Rayuela, hay un personaje, Gregorovius, que dice: ‘París es una enorme metáfora’. ¿De qué? Del desencuentro, París era para Cortázar la capital del desencuentro”, señala.
En París, metáfora de ese mundo de desencuentros que provocan otros encuentros, Cortázar al igual que sus personajes, se reúne en los cafés del Boulevard Saint-Germain, como el Danton o el Old Navy, con sus amigos Mario Vargas Llosa o Pablo Neruda.
“La única vez en mi vida que me acerqué a Vargas Llosa fue una ocasión que estaba con Julio (Cortázar) en la terraza de un café del Barrio Latino, en aquella época (Vargas Llosa) estaba escribiendo La ciudad y los perros y vivía en una buhardilla de una calle cercana”, comenta.
Una de las ocupaciones favoritas de Cortázar era recorrer las calles y plazas del Barrio Latino, como la encantadora y diminuta Plaza de Furstemberg, en donde se encuentra el taller, y hoy museo, del pintor Eugenio Delacroix, o la calle Monsieur Le Prince, que menciona en Las babas del diablo, en donde se encuentra el restaurant Polidor, un histórico lugar al que solía acudir, como en su momento Victor Hugo, Arthur Rimbaud o Ernest Hemingway, y en donde Woody Allen filmó Midnight in Paris.
Frecuentaba las librerías del Barrio Latino como La Hune, que en su época se situaba en el Boulevard Saint-Germain, y hoy se ha instalado en la Rue de L’Abbaye, frente al pequeño jardín situado a los pies de la Iglesia de Saint-Germain-des-Prés, en donde le gustaba fotografiarse junto a la escultura que Picasso dedicó al poeta francés Guillaume Apollinaire.
Le gustaba recorrer la ciudad, buscar y detenerse ante todas esas huellas de artistas e intelectuales en la capital francesa.
“Cuando llegó a París, uno de los primeros lugares que visitó fue la residencia de Lauzun, en donde vivió el poeta francés Charles Baudelaire”, narra.
Situada en el extremo este de la Isla Saint-Louis, el histórico edificio sobre el muelle d’Anjou, alberga hoy al Instituto de Estudios Avanzados de París (IEA).
“Era un hombre de curiosidad intelectual incansable y pocas ciudades en el mundo tienen tal oferta cultural. Él era como una esponja, se impregnaba de todo eso”.
El académico también señala que Cortázar y Neruda gustaban de ir juntos a recorrer el mercado de las Pulgas de Clignancourt, en la periferia norte de París.
“Recuerdo un paseo que hice con ellos, y ver el interés tan diferente que tenía para uno y otro”, señala.
“Pablo decía que él no era coleccionistas sino ‘cosista’, la heterogeneidad de las cosas le interesaba. Julio era muy sensible a las cosas insólitas, a la manera en la que el azar juntaba en el mercado objetos inconexos, tenía una mirada surrealista”.
Las huellas del autor de Rayuela también se encuentran en otros puntos de esta ciudad que habitó durante 32 años, como la casa de los estudiantes argentinos en la Ciudad Universitaria Internacional de París, su primera residencia.
En la Unesco, donde trabajó como traductor y cerca de ahí, en el distrito 15, habitó el 9 de la Plaza del General Beuret. Su último departamento se situó en el número 4 de la Rue Martel, en el distrito 10, en donde una placa recuerda que ahí vivió el autor de Rayuela.
El lugar más visitado por sus admiradores es el cementerio de Montparnasse, en el distrito 14, en donde reposa al lado de su última esposa, Carol Dunlop.
“En Montparnasse, se encuentra enterrado César Vallejo y en varias ocasiones lo acompañé porque le gustaba ir ahí a visitar esa tumba”, recuerda Sicard.