Irán.- El estrecho de Ormuz, se ha convertido en el epicentro de la crisis geopolítica y energética más grave de la última década. El corredor por el que transita el 25% del petróleo comercializado en el planeta sigue sin una solución definitiva a la vista.
Tras 49 días de bloqueo iraní —uno de los más prolongado de su historia—, Teherán anunció el pasado viernes su reapertura parcial bajo el marco de un alto al fuego con Estados Unidos.
Sin embargo, horas después volvió a imponer restricciones, sumiendo las negociaciones en un punto muerto que mantiene al mercado energético global en vilo.
La bisagra energética del planeta
Situado entre las costas de Irán al norte y las de Omán y los Emiratos Árabes Unidos al sur; el estrecho de Ormuz con apenas 33 kilómetros de largo en su punto más angosto, concentra una dependencia energética global que ninguna ruta alternativa puede reemplazar.
Miguel Ángel Melián, analista en geopolítica y asuntos públicos, especializado en seguridad internacional y estrategia, en entrevista con AM explicó la relevancia de dicho estrecho:
Ormuz no es un paso regional, sino que actúa como una bisagra sistémica entre el Golfo y Asia, y el Mediterráneo Oriente para Europa. Su relevancia es doble: primero, física y geográfica, ya que conecta a los exportadores principales del Golfo con sus grandes compradores en el este asiático; y segundo, financiera y estratégica, como pilar de la arquitectura comercial global.”
Los datos confirman esa caracterización. En 2025, cerca de 20 millones de barriles de petróleo y derivados transitaron diariamente por el estrecho, según estimaciones de la U.S Energy Information Administration.
Esa cifra equivale al 25% del comercio marítimo mundial de crudo. El 80% de estos flujos tiene destino asiático: China, India, Japón y Corea del Sur concentran el 74% del total.
Sin embargo, el petróleo no es el único recurso en juego; por él fluye también el 20% del gas natural licuado del mundo, casi un tercio del comercio global de fertilizantes, el 46% de la oferta mundial de urea y; el helio que alimenta la industria de semiconductores, de acuerdo a información proporcionada por CNN Español.
Todo lo que sucede en Ormuz se traslada rápidamente a fletes, seguros, fertilizantes y alimentos, no solo al mercado energético. Una alteración afecta de inmediato las expectativas de precio, las reservas estratégicas, la inflación, el crecimiento mundial y la estabilidad de una zona que ya tiene problemas de seguridad estructurales”, explicó Miguel Ángel Melián.
Asimismo, el traslado de dichos recursos se vuelve más complejo al no existir vías sólida o países capaces de sustituir dichas exportaciones
Es una cantidad de recursos que tienen un impacto global bastante considerable y con capacidad de influencia diferentes economías a lo largo y ancho del mundo debido a esta interdependencia que se ha venido construyendo desde hace décadas.
No hay una sustitución fácil en este sentido porque la región no presenta rutas alternativas claras, sino que más bien son limitadas, son parciales y logísticamente bastante rígidas“, esgrimió Melián.
En cuanto las rutas disponibles, solo Arabia Saudita —a través del oleoducto Abqaiq-Yanbu, con capacidad de entre 3 y 5 millones de barriles diarios— y los Emiratos Árabes Unidos —mediante el oleoducto ADCOP— disponen de rutas terrestres para el crudo, pero con una capacidad limitada.
Mientras para el GNL no existe ninguna ruta alternativa viable. Países como Irak, Kuwait, Qatar, Bahréin e incluso el propio Irán dependen del estrecho para la mayor parte de sus exportaciones e importaciones.
Consecuencias del bloqueo
El bloqueo iniciado el 28 de febrero, en el contexto de la escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán, ha desencadenado una de las mayores disrupciones recientes en el sistema energético global.
Durante el primer mes del conflicto, Sólo 77 barcos atravesaron el estrecho de Ormuz en marzo, una cifra muy inferior a los 1,229 tránsitos registrados en el mismo período del año anterior, según datos de Lloyd’s List Intelligence.

En este contexto, el precio del barril escaló hasta los 110 dólares durante la fase más aguda del bloqueo, impulsado por la contracción del flujo exportador del Golfo, que pasó de aproximadamente 12,3 millones a 7,8 millones de barriles diarios.
Analistas de JPMorgan Chase estimaron a principios de abril que una prolongación del bloqueo podría llevar el precio hasta los 120-130 dólares, e incluso más, de acuerdo a la agencia de noticias Reuters.
El impacto se dejó sentir con especial intensidad en las economías productoras.
Las pérdidas en ingresos para los países petroleros del Golfo alcanzaron los 15,300 millones de dólares en apenas cuatro semanas, según estimaciones de TESPAM; una cifra que podría superar los 50,000 millones al considerar daños en infraestructura gasífera y la interrupción de exportaciones de gas natural licuado.
Los más expuestos son Qatar, Kuwait, Irak y Bahréin —países con limitadas rutas alternativas—, a quienes se suma la amenaza de que sus infraestructuras energéticas se conviertan en objetivos militares si la escalada se reactiva.
Por su parte, Arabia Saudita y los Emiratos, con acceso a oleoductos alternativos, están en una posición relativamente más favorable, aunque solo pueden absorber una fracción del volumen que normalmente cruza el estrecho.
Sin embargo, el alcance de la crisis llega su vez al as naciones importadoras de dichos recursos:
Los países más afectados de inmediato son los de Asia Oriental y Meridional, especialmente China, India, Japón y Corea del Sur, ya que concentran la mayor parte del crudo que sale por el estrecho. De hecho, cerca del 89% del crudo y condensados se dirige a Asia, y solo estos cuatro países concentran alrededor del 74%, lo que explica por qué Japón y Corea están particularmente expuestos ante este conflicto“, explicó Miguel Ángel Melián en entrevista.

Gobiernos asiáticos implementaron medidas de contención, desde la reducción de jornadas laborales hasta el cierre anticipado de universidades, en un intento por gestionar el suministro energético.
China —que absorbe cerca del 90% del petróleo iraní exportado— vio reducir su superávit comercial a 51.130 millones de dólares en marzo de 2026.
Por su parte México, de acuerdo con el especialista, se puede ver afectado de manera en sus futuras negociaciones con Estados Unidos en materia de libre comercio:
El impacto para México sería indirecto, pero no menor. Una crisis en Ormuz podría reforzar la posición de Trump en la revisión del T-MEC, al permitirle enmarcarla no solo como un tema comercial, sino como una cuestión de seguridad económica hemisférica.”
Ante la magnitud de la disrupción, los 32 países miembros de la Agencia Internacional de la Energía acordaron liberar 400 millones de barriles de reservas estratégicas —el mayor volumen desde la creación del organismo en 1974—, incluyendo 172 millones autorizados por la administración Trump.
El punto muerto actual
El viernes 17 de abril, el canciller iraní Abbas Araghchi anunció a través de X la reapertura total del estrecho de Ormuz al tráfico mercante, en el marco del alto al fuego vigente.
El comunicado llegó en el undécimo día de la tregua de dos semanas pactada entre Washington y Teherán el 7 de abril.
Sin embargo, el presidente estadounidense Donald Trump aclaró en su red social Truth Social que el bloqueo naval impuesto por Estados Unidos a los buques con origen o destino en puertos iraníes “seguirá plenamente vigente” hasta que se concrete un acuerdo definitivo.
Provocando que la distensión tuviera una duración de pocas horas. Este mismo sábado, Irán reimpuso restricciones al tráfico marítimo, sumiendo las negociaciones en un punto muerto y poniendo en evidencia la fragilidad del momento.
Para el especialista Melián, la contradicción entre los comunicados de ambas partes no es accidental, sino el reflejo de lo que él mismo describe como un “arco de coacción recíproca con escaladas o episodios contenidos”.
En su lectura, Irán busca transformar la reapertura en un mecanismo de control político del estrecho, exigiendo permisos militares previos y cobro de tarifas para el tránsito.
Esta lógica, advierte, apunta hacia una “repolitización de los corredores marítimos” que contradice directamente el derecho internacional del mar y que podría derivar en una nueva costumbre internacional que altere las reglas del juego para toda la comunidad marítima global.
A ello se suma otra tensión creciente: con el paso de los días, el bloqueo impulsado por Estados Unidos pierde respaldo internacional y es cuestionado de forma creciente por diversos líderes y jefes de Estado.
El propio Melián reconoce que el poder naval, por sí solo, resulta insuficiente:
Hace falta más que poder naval: legitimidad, coordinación estricta y gestión de riesgo en sus múltiples capas”. Sin ese respaldo multilateral —que hoy, como señala el especialista, la OTAN ha rechazado brindar.
Irán, Estados Unidos y China: Los tres vectores del conflicto
Detrás de la crisis se perfila una negociación a varias bandas entre Irán, Estados Unidos y China, con la mediación de actores regionales como Egipto y Pakistán.
Irán, según Melián y diversos especialistas, no tiene un interés real en cerrar indefinidamente el paso: el estrecho es una de sus principales arterias de ingresos, y el régimen ya arrastraba una situación económica devastadora, agravada por décadas de desinversión y un deterioro social que desembocó en protestas masivas a inicios de año.

Lo que sí ha demostrado Teherán es su capacidad para convertir el estrecho en un instrumento de presión sin necesidad de superioridad militar convencional.
En palabras del especialista, “cerrar, intimidar o degradar este paso marítimo no exige una superioridad militar total, sino capacidad para elevar el riesgo por encima del umbral que aceptan armadores, aseguradoras y tripulaciones”.
Desde Washington, la lectura de Melián es más matizada. A su juicio, la postura estadounidense no responde a una estrategia plenamente calculada desde el principio, sino a una combinación de coerción escalonada y adaptación reactiva frente a la presión internacional, el nerviosismo de los mercados y la resistencia iraní.
Además de ello, el especialista sugiere un objetivo más estructural:
Trump está ejerciendo su capacidad de controlar o modificar el tráfico de un estrecho fundamental para Beijing, mientras se posiciona como el gran proveedor energético global”.
Es precisamente Beijing el actor con más que perder. Solo en 2025, China recibió el 33% del crudo que salió por Ormuz, lo que lo sitúa en una posición de vulnerabilidad estructural difícil de sortear.
Según Melián, Beijing ha respondido de forma pragmática y discreta: diversificando proveedores, aumentando compras a Rusia y América Latina, y operando a través de canales diplomáticos silenciosos —entre ellos, el papel de Pakistán como mediador entre Teherán y Washington— sin asumir un liderazgo abierto en la negociación.
Sin embargo, el especialista advierte que ninguna de estas alternativas resulta suficiente por sí sola, pues “estas respuestas reducen el daño pero no sustituyen plenamente el volumen y la eficiencia logística del Golfo”.
Lo que viene
El horizonte inmediato ofrece pocas certezas. El acuerdo de tregua entre Washington y Teherán vence el 22 de abril de 2026, lo que deja apenas días para avanzar en las negociaciones de fondo.
Según fuentes citadas por Axios, las conversaciones giran en torno a un memorando de tres páginas que contempla la liberación de hasta 20,000 millones de dólares en fondos iraníes congelados, a cambio de la entrega de reservas de uranio enriquecido y una prohibición voluntaria de varios años sobre el enriquecimiento nuclear.
Sobre la solidez de ese acuerdo, Melián es preciso: funcional en el corto plazo, estructuralmente frágil. A su juicio, ambas partes tienen incentivos para evitar una recaída inmediata —Irán necesita aliviar la presión económica; Estados Unidos, contener el coste diplomático—, pero lo que existe es “más una pausa condicionada a los avances en la negociación que una finalización del conflicto”.

En términos de probabilidad, el especialista considera más probable una prolongación parcial o renegociada de la tregua que una ruptura abierta, aunque también más probable un ciclo de incidentes y recaídas que una normalización limpia.
En el plano diplomático, Melián identifica un tablero más amplio que la díada Washington-Teherán. Pakistán opera como mediador visible —con Beijing detrás—, aunque actualmente también enfrenta tensiones con Afganistán y depende en parte del respaldo chino.
Si ese canal fallase, el especialista señala la existencia de un segundo bloque en espera: “Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Omán —que controla parte del estrecho y carece de minado, lo que lo hace más transitable—”, orientado a la desescalada y a proteger la estabilidad energética y las cadenas de suministro regionales.
Las consecuencias económicas, entretanto, se perfilan como duraderas.
La consultora Rystad Energy estima que, aun con la reanudación del tráfico, podría tomar entre tres y cinco meses restablecer la normalidad en los flujos de petróleo.
La situación del gas natural licuado es aún más compleja: los daños al campo South Pars/North Field dejarán fuera de mercado el 17% de la capacidad productiva de Qatar durante los próximos tres años, con precios del GNL spot en Asia que podrían alcanzar los 30 dólares por millón de BTU, de acuerdo a información proporcionada por Qatar Energy y recopilada por Reuters.
El FMI, advierte que el conflicto en Oriente Medio podría desviar el curso de la economía global.
En su escenario de referencia, proyecta un crecimiento del 3.1% en 2026, pero en escenarios adversos este podría caer hasta el 2.5%, e incluso cerca del 2% en un escenario severo, acompañado de un repunte inflacionario superior al 5%.
El organismo no descarta que una escalada mayor derive en “la mayor crisis energética de los tiempos modernos”.
La preocupación se extiende, además, más allá de Ormuz. Funcionarios saudíes han instado a Washington a mantener la presión sobre Irán para evitar que Teherán —a través de su alianza con los Hutíes en Yemen— extienda las restricciones al estrecho de Bab al-Mandeb, en el Mar Rojo, que controla el acceso al Canal de Suez.
La señal desde Teherán no es tranquilizadora: Ali Akbar Velayati, asesor del nuevo líder supremo iraní señaló en X que el Eje de la Resistencia considera Bab al-Mandeb en términos equivalentes a Ormuz.
Un precedente que cambia las reglas del juego
Más allá del desenlace inmediato de las negociaciones, Melián advierte que lo ocurrido en el estrecho de Ormuz tendrá consecuencias que trascienden esta crisis específica.
El uso de un corredor marítimo estratégico como arma geoeconómica establece un precedente de alcance global.
No estamos ante un mero gesto teatral u esporádico, pero tampoco ante una solución sostenible por la fuerza. En escenarios de coacción recíproca donde todas las partes tienen capacidad de infligir dolor, ninguna puede imponer una estabilidad durable por sí sola. Este precedente va a tener una influencia estructural en el sistema internacional: en las rutas energéticas y en cómo el tráfico comercial global puede volver a ser usado como arma geoeconómica.
En ese marco, Melián llama a prestar atención al Mar del Sur de China —una de las ambiciones centrales de la política exterior de Xi Jinping— como el próximo escenario donde esta lógica podría reproducirse.
Las reglas del juego, concluye, están cambiando hacia un orden internacional cada vez más realista, donde los intereses nacionales tienen mayor peso que el multilateralismo, y Ormuz es apenas su expresión más visible.
JB/AAK