NICOLE WINFIELD Y JENNY BARCHFIELD / APARECIDA, BRASIL / AP
El Papa Francisco llamó el miércoles a los fieles a evitar a los “ídolos” del dinero, el poder y el placer y en su lugar ayudar a los jóvenes a construir un mundo mejor en la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, en la que constituyó la primera homilía internacional que oficia como pontífice.
Cientos de católicos llenaron la Basílica y otros miles desafiaron la fría lluvia afuera del santuario para echar un vistazo al primer Papa latinoamericano que regresaba al continente dónde nació y a un santuario de gran significado para el continente así como para él personalmente.
Aclamado por miles de católicos presentes en el templo, principal centro de peregrinación en Brasil, el Papa tuvo un emotivo momento que llenó de lágrimas sus ojos al encontrarse con la imagen de la Virgen de Aparecida. Se inclinó ante ella y permaneció en silencio.
“Madre, te pedimos permanecer aquí, siempre acogiendo a tus hijos peregrinos y estar siempre a nuestro lado, acompañar a la gran familia de tus devotos, sobre todo cuando la cruz más nos pesa”, dijo.
Luego la tomó en sus manos y abrazó la imagen.
Después puso la imagen sobre el vidrio que protege a la imagen de la “virgen negra” y se persignó.
“Es cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros”, expresó Francisco en su sermón, marcado por el tono religioso.
Ante ello, pidió dar aliento a la generosidad de los jóvenes y ayudarlos a construir un mundo mejor.
Los jóvenes, dijo Francisco hablando en portugués, “son un motor poderoso para la iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo necesitan cosas. Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo”.
Francisco también exhortó a los católicos del mundo a mantener sus valores de fe, generosidad y fraternidad, un mensaje que se espera repita más tarde en el día, en una visita en un centro de rehabilitación de drogas en Río de Janeiro.
La iglesia está luchando en América Latina para impedir que los católicos emigren a las iglesias evangélicas y pentecostales que a menudo prometen ayuda en la búsqueda de la riqueza material, una atracción seductora en un continente plagado de pobreza.
Desde que inició su pontificado, la prioridad de Francisco ha sido acercarse a los pobres e inspirar a los líderes católicos a ir a barrios marginales y a las periferias de los países a predicar.
No fue casual, entonces, que el primer gran evento de su primer viaje al extranjero fuera una misa en la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida. En la pequeña capilla, que atrae a 11 millones de peregrinos cada año, se organizó una importante reunión de obispos de América Latina en 2007 que, bajo la dirección del entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio, propuso una declaración de principios sobre cómo revitalizar la fe en el continente.
Tras la misa, el Papa caminó entre los fieles dentro del templo, estrechó manos y repartió besos y bendiciones a su paso, además de ser fotografiado por cientos de personas con cámaras o teléfonos celulares.
También recibió saludos de representantes de otras denominaciones religiosas, como los cristianos ortodoxos y judíos, que acudieron a la ceremonia católica.
Luego salió a un balcón que lleva el nombre de su antecesor, Benedicto XVI, desde donde dio una bendición a los miles de feligreses que lo aguardaban bajo la helada lluvia.
“No hablo brasileño, voy a hablar en español”, dijo. “Le pido a la Virgen de Aparecida que bendiga a sus familias, a sus hijos, a sus padres, a patria”, antes de lanzar una pregunta a los fieles: “¿una madre olvida a sus hijos?”.
La multitud de más de 100.000 personas respondió en coro “no”, a lo que el prelado les dijo “ella (la Virgen) no se olvida de nosotros, y ahora le vamos a pedir su bendición”.
Con la imagen de la Virgen de Aparecida en las manos, el Papa extendió la bendición a los fieles.
Pese al clima gélido, los feligreses vibraron con la presencia del carismático pontífice, que se encuentra en Brasil para participar en la Jornada Mundial de la Juventud.
“He estado levantada casi 24 horas, la mayor parte del tiempo en pie y bajo la lluvia y el frío, pero no siento dolor”, dijo Nacilda de Oliveira Silva, una diminuta empleada doméstica de 61 años que apenas si podía ver lo que sucedía por encima de la barda de metal. “Me siento bañada en la gloria de Dios por causa del Papa. Para mí es lo mismo que ver pasar a Jesús, así de conmovida me siento”.
Antes de la misa, algunos peregrinos buscaron refugio del frío invierno, propio del hemisferio sur en esta época, debajo de lonas, mantas o sacos de dormir al tiempo que dejaron ofrendas dedicadas a la Virgen.
Después de la homilía, el Papa también dijo a los fieles congregados afuera del templo que volvería a Brasil en 2017, cuando se cumplen 300 años de la supuesta aparición de la Virgen en el lugar.
Francisco luego fue al Seminario do Bom Jesus donde almorzaría con seminaristas, padres y obispos. Más tarde daría la bendición a unas 50 monjas que viven en tres conventos de clausura en el Santuario de Aparecida.
El Papa arribó en helicóptero al santuario y, tras descender, hizo un recorrido hasta la basílica en un vehículo abierto en el que iba de pie y saludaba a la multitud de fieles que lo aclamaban.
Sus agentes de seguridad le acercaron cinco niños a los que besó a lo largo del recorrido.
A diferencia del tumulto provocado el lunes en Río de Janeiro, cuando decenas de fieles se abalanzaron sobre el vehículo en el que se movilizaba, en Aparecida prevaleció el orden, con barreras que impidieron a los fieles acercarse al auto que utiliza el pontífice, y que se asemeja al Papamóvil.
Escoltas circularon entre la multitud y el carro para proteger al Papa.
Algunos feligreses se mostraron molestos por no poder acercarse más y ver al santo padre como Joao Franklin, de 51 años, quien llegó a Aparecida desde el estado vecino de Minas Gerais.
“Levantaron un muro de Berlín entre nosotros y el Papa, no nos dejaron acercarnos. Se ve que él quería acercarse pero la policía insistió en la separación”, dijo Franklin. “Realmente me siento excluido por estas barreras, no me parece que sean necesarias”.
La basílica tiene capacidad para 45.000 personas.
Miles de fieles ondearon banderas y entonaron el coro de “Francisco, Francisco” ante la llegada del Papa al templo que recibe a peregrinos de todo el país que acuden a rendir ofrendas y rezar ante Nuestra Señora de Aparecida.
“Puede haber lluvia o sol, frío helado o calor sofocante, que miles y miles de personas vendrán a ver a nuestro Papa porque esa es la fuerza de la fe del pueblo brasileño”, dijo Taina Alves dos Santos, una secretaria de 29 años, tiritando de frío bajo la llovizna.
Lena Halfeld, un ama de casa de 65 años, trajo como ofrenda una caja de cartón llena de animales disecados, aparatos ortopédicos y otros objetos personales. También dejó una invitación a la boda de su sobrina en diciembre mientras pedía a la imagen de la Virgen que la bendijera.
“Tengo una fe real en los poderes de la Virgen de Aparecida”, dijo Halfeld, quien hizo un largo viaje a la iglesia una vez por semana durante un año, durante una reciente enfermedad de su marido. “Ahora está curado, por lo que se lo debo todo a ella. No puedo pensar en un lugar más maravilloso para ver al nuevo Papa”.
Natalia Pereira, un estudiante de 16 años de una secundaria estatal oriunda de Sao Paulo, dijo que la fría lluvia que tuvo que soportar para llegar a la basílica constituyó una “prueba de fe”.
“He estado despierta toda la noche en la fila, estoy emPapada hasta los huesos y congelada, pero estoy tan emocionada que vale la pena”, dijo Pereira, que intentaba protegerse de la llovizna bajo el enorme paraguas de un amigo. “Esta es la primera vez que veo a un Papa y está una oportunidad única en la vida. No estaba dispuesta a dejarlo ir por un poco de lluvia”.
El mal tiempo, ocasionado por un frente frío afecta la zona sudeste de Brasil, obligó al prelado a cambiar su viaje desde Río, que iba a ser en helicóptero hasta Aparecida. Sin embargo, la lluvia y los fuertes vientos lo obligaron a tomar un avión hasta Sao José dos Campos y desde allí continuar el viaje en helicóptero hasta la sede de la misa Papal.
En Sao José dos Campos millares de fieles se encontraban apostados contra la cerca que rodeaba la terminal aérea para ver a Francisco, quien los saludó a la distancia antes de abordar el helicóptero que lo llevó a Aparecida.
Los católicos brasileros se mostraron impresionados con el estilo humilde del jefe del catolicismo mundial nacido en Argentina.
El prelado tiene previsto volver a Río al final del día para visitar un centro de atención a drogadictos.

Texto íntegro de la homilía
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas

¡Qué alegría venir a la casa de la Madre de todo brasileño, el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio como Sucesor de Pedro. Hoy he querido venir aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano.

Quisiera ante todo decirles una cosa. En este santuario, donde hace seis años se celebró la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe, ha ocurrido algo muy hermoso, que he podido constatar personalmente: ver cómo los obispos —que trabajaban sobre el tema del encuentro con Cristo, el discipulado y la misión— se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a la Virgen: aquella Conferencia ha sido un gran momento de Iglesia.

Y, en efecto, puede decirse que el Documento de Aparecida nació precisamente de esta urdimbre entre el trabajo de los Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de María. La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y le pide: «Muéstranos a Jesús». De ella se aprende el verdadero discipulado. He aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María.

Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María —que amó a Jesús y lo educó— para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno. Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.

1. Mantener la esperanza. La Segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer —figura de María y de la Iglesia— es perseguida por un dragón —el diablo— que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos.

Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El «dragón», el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza.

Cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo necesitan cosas.

Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo. Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana.

2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. Y la historia de este santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción. ¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre?

Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas. Confiemos en Dios. Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota. Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con él.

3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría. El cristiano es alegre, nunca triste. Dios nos acompaña. Tenemos una Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3).

Jesús nos ha mostrado que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. El pecado y la muerte han sido vencidos. El cristiano no puede ser pesimista. No tiene el aspecto de quien parece estar de luto perpetuo. Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. Como decía Benedicto XVI: «El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro» (Discurso Inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: Insegnamenti III/1 [2007], p. 861).

Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora ella nos pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Sí, Madre nuestra, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. Que así sea.

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *