Emmanuel Carballo dejó dicho que cuando muriera iba a necesitar dos ataúdes: uno para su cuerpo, otro para su lengua. Porque, en vida, el crítico literario nunca dudó en decir lo que pensaba.
Recordó la anécdota el poeta Jaime Labastida, que acudió a despedir a Carballo al Panteón Francés. Sus restos serán enterrados en Guadalajara.
“Cuando algo no le gustaba, lo decía”, recordó Solares. “Sus críticas podían ser demoledoras (…). Un día me dijo: ‘Yo soy malo, pero necesario”.
Dejó varios libros a medio hacer, aseguró su viuda.

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