Al chocar contra las rocas, el sonido de las olas inquieta incluso al valiente; pero más vale pisar con aplomo porque el viento es fuerte. Caminar sobre el Puente Natural Bebé, en Aruba, es un pequeño desafío que el viajero acepta con gusto después de gozar la vista que, desde ahí, deslumbra.
Aproximadamente a 10 kilómetros, justamente del otro lado, están las famosas playas de Aruba, esta idílica isla caribeña que pertenece al reino de los Países Bajos. Son playas de catálogo, ya se sabe: blanca arena y mares turquesa. Pronto llegaremos a ellas; ahora es tiempo de caminar a paso lento por este puente natural, cincelado lentamente durante miles de años por el fuerte y constante golpe de las olas.
Aunque la vista es espectacular, los locales aseguran que no se compara con la que existía antes del 13 de septiembre de 2005, cuando el Puente Natural de Aruba, con más de 30 metros de longitud, se derrumbó. La formación rocosa dejó algunos vestigios, entre ellos el llamado Puente Bebé, que es mucho más chico con 7.6 metros de largo, que rápidamente se convirtió en la nueva atracción favorita de la isla. El sitio ideal para tomarse la foto.
Sin embargo, más vale caminar con cuidado, a riesgo de llevarse un recuerdo mucho más carnal, en forma de raspones, moretones y otras linduras.
Los guías recomiendan no acercarse mucho al mar si no se quiere terminar completamente mojado por alguna ola traicionera que llega de atrás. Si esto sucede, hay que guardar la calma: sólo se necesitarán unos minutos para que los 30 grados del verano arubeño se encarguen de que el viajero quede completamente seco.
Ahora queremos volver a la playa. Estamos lejos; el paisaje es desértico, sólo adornado por unos cactus. Nos hemos alejado un poco y, en un despiste, perdimos el camino de vuelta. Un arubeño sonriente lo nota.
“Aquí nadie se pierde, no se preocupen. Nuestra isla mide sólo 193 kilómetros cuadrados; en seis horas la recorrerían con total tranquilidad”, dice señalándonos el rumbo correcto. Se llama Edison Mersona. Lo sabremos después, conversando con él de su tema favorito: Aruba. Se vanagloria de la ventaja que tiene su isla sobre muchas otras de la zona, y que sólo aprovechan los más curiosos (y los más sabios): aquí es fácil combinar el descanso con la aventura. Y no es poca cosa.
Edison habla y sonríe. Sonríe y vuelve a hablar. A quién no le gusta presumir que vive en el paraíso.
La isla feliz
Sólo es necesario estar unas horas en Aruba para entender por qué los locales le llaman “la isla feliz”. Para empezar, nos sorprende su colorido. Llegando al puerto de Oranjestad, sobre el Lloyd G. Smith Boulevard, lo primero que vemos son simpáticas casitas pintadas de azul, rosa, amarillo o verde.
Su arquitectura evoca antiguas edificaciones coloniales estilo holandés, pues Aruba pertenece al reino de los Países Bajos desde el siglo 17.
La mayoría de estas construcciones funcionan como tiendas, así que sucumbimos fácilmente a los placeres que ofrecen. Nos damos vuelo: hay desde esmeraldas y diamantes hasta las típicas playeras y tazas.
Por supuesto, no somos el único grupo de turistas entusiasmados: vemos a decenas más caminar llenos de bolsas en las manos, con una inocultable cara de felicidad.
En la tarde, cuando comienzan a llegar los yates y sus tripulantes bajan para cenar o pasar la noche en algún club nocturno, esta zona es el corazón gastronómico y pachanguero de la isla.
La fiesta, cuentan los locales, dura hasta la madrugada, por ello es complicado encontrar establecimientos abiertos antes del mediodía.
Vamos a la playa
Escuchamos decir al guía que la primera vez que alguien visita Aruba, especialmente si se tiene poco tiempo, se queda en las playas. Y no es para menos.
La isla presume XX playas; todas públicas: es un pecado no recorrerlas, o por lo menos eso nos dice todo arubeño con el que platicamos.
Para un buen bronceado y una vista espectacular, se recomienda Eagle Beach, nombrada en 2005 como la mejor playa del Caribe por USA Today. Pagamos cinco dólares al día (77 pesos) para rentar sillas donde tomar el sol, el precio incluyen contraseña de una red WiFi –aunque la señal no siempre es muy buena. Eso sí, la arena es tan fina que cualquier viento la levanta con fuerza: más vale tomar el leve golpeteo como un tratamiento de exfoliación totalmente gratuito.
Por la tarde, aparecen diferentes yates y pequeños barcos. Es el momento perfecto para capturar una bella postal.
La opción para practicar esnórquel es Malmok Beach, en donde apreciamos bellos arrecifes sin sumergirnos demasiado.
Sin embargo, para aquellos atrevidos que preguntan qué más tiene Aruba, siempre hay respuestas. Por ejemplo, nos sugieren visitar la Capilla de Alto Vista, al norte de la isla, encomendada a la Reina del Santísimo Rosario y construida en 1750.
No es una gran catedral, ni una iglesia con una arquitectura impresionante, pero su sencillez inspira tranquilidad, sin importar la religión que se profese.
El Faro California es otro de sitio que no debe faltar en el itinerario. Sus 30 metros de altura impresionan a cualquiera.
Y así, entre recomendación y recomendación, los días no alcanzan, ¡queremos volver!