Pasado el momento inicial de la tragedia, esto es, los temblores de los días siete y diecinueve del pasado mes y la muestra de solidaridad de muchísimas personas en la Ciudad de México y bastante menos en las otras regiones de nuestro país siniestradas también por esos mismos fenómenos naturales, para apoyar en las formas posibles a las víctimas directas e indirectas por medio de las acciones de urgencia realizadas por ciudadanos, organizaciones oficiales del gobierno mexicano y del extranjero, y superado el miedo inmediato al sismo o quizá concomitante a éste, queda el dolor y la tristeza de los familiares y amigos de los que perdieron la vida, tristeza compartida por todo el pueblo mexicano, pues no puede uno menos que conmoverse ante la profundidad y vastedad del daño moral y físico ocasionado.
Pero también queda la angustia de quienes habiendo perdido parte o todo de sus bienes materiales, conseguidos en la mayoría de los casos con el esfuerzo individual o familiar, incluso de generaciones precedentes; angustia por no saber si podrán sustituirlos y volver a tener cuando menos parte importante de lo perdido, alimentando ese sentimiento, muy natural por otra parte, por la desconfianza que impera en México en relación a nuestros gobernantes y por los comentarios y noticias acerca de la dificultad que México tendrá para superar el daño generado. Comentarios que en muchas ocasiones son insidiosos y solamente con el afán de desprestigiar al gobierno de la República y al PRI al no proporcionar datos adecuados para una información correcta a los afectados en forma directa sino también para confundir a los mexicanos.
Además, el momento es aprovechado para repartir culpas por algunos que ahora gobiernan, que afirman que lo acontecido, en cuanto a los daños, tiene mucho que ver con la actuación de gobernantes pasados, algunos de los cuales quieren volver a serlo. Sobre todo, los primeros, y me refiero de manera fundamental a lo que sucede en la Ciudad de México, ante las críticas de si algunos de los edificios dañados o incluso destruidos pudieran haberse evitado si se hubieran observado las reglas técnicas especificadas para su construcción. Pues en ese supuesto inmediatamente se han dado a la tarea de buscar y encontrar que el origen del mal está en ineficiencia o corrupción de la administración o administraciones pasadas. Así, pues, el mal estuvo ahí desde antes de su llegada, nada puede reprochárseles si hubo edificios derribados por los temblores o dañados en forma grave. Repartir culpas para evitar críticas y posibles consecuencias negativas en su carrera política, sobre todo porque pronto, a menos de un año habrá elecciones para puestos de elección popular en la Ciudad de México y en toda la República. Por otra parte, dicen aquellos, si la ayuda a los damnificados no está llegando adecuadamente, ello no es porque se trate de aprovechar el esfuerzo ajeno para beneficiar a un organismo oficial impidiendo que los que captaron esa ayuda la entreguen directamente, sino porque consideran que ese organismo u organismos son los únicos que pueden repartir esa ayuda en forma ordenada y eficaz. Los que la obtuvieron son ineficientes al repartirla, según estiman.
También aparecen en forma muy abundante los autoelogios, disfrazados de noticia o reportaje, a la forma como las organizaciones oficiales, de apoyo ciudadano y otras similares han acudido a dar ayuda a todos los damnificados, como es que los rescatistas que pertenecen a esas instituciones o a otras de carácter no gubernamental han realizado una enorme labor y salvado vidas y rescatando cuerpos de fallecidos para ser entregados a sus deudos.
Los medios de comunicación tratan de ganar lectores relatando historias reales de gran dramatismo o carentes de este, pero incorporando elementos de carácter sentimental que las hacen atractivas, pero que en algún momento llegan a lindar con exageración y la cursilería.
En fin, después de la tragedia muchos están tratando de salvar su prestigio para no quedar afectados por posibles culpas, señalando a otros como los responsables. Pero también muchos otros pretenden obtener beneficios, no necesariamente económicos, de esos momentos para destacar ante la sociedad por su generosidad, alcanzar prestigio y buena posición política, olvidando que elogio en boca propia es vituperio y también la recomendación bíblica de que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. El propio presidente Peña Nieto que se ha manifestado atento y solidario con los damnificados llamando a la reconstrucción de lo dañado, ha tenido momentos en que ha dicho que para el próximo año tal tarea, cuando menos en Puebla, Oaxaca, Chiapas y Guerrero, habrá sido realizada. Demasiado optimismo, si la tarea va a ser realizada a conciencia. Ojalá se cumpla el buen deseo o quizá promesa.