En toda mi vida escolar aprendí que Cristóbal Colón era un personaje grandioso por haber llegado al Nuevo Continente, aunque hubiera sido Américo Vespucio quien se diera cuenta que las tierras eran desconocidas y no las Indias como se había pensado. A la pregunta ¿Quién descubrió América? Hasta el más flojo del colegio contestaba que Colón.
Tan grandioso el mérito de este valeroso navegante que con habilidad logró llevar a cabo una expedición marítima cruzando aguas recónditas con el reto de encontrar nuevas rutas comerciales, como lo es el del astronauta Neil Armstrong, al viajar por el espacio hasta convertirse en el primer hombre que piso la luna. Llamar genocida a Colón, es mirar la Historia con una perspectiva obtusa e injusta. Hay quienes consideran al descubrimiento un perjuicio para los nativos americanos cuya civilización se vio sometida por los europeos, pero la Historia antigua y moderna está llena de conquistadores y conquistados tal y cómo los Aztecas mismos habían sometido a los pueblos vecinos. Por otro lado, existe este hecho trascendente que unió la existencia de dos culturas para siempre dando origen al mestizaje y al sincretismo.
“Tenemos una versión extraña de la Historia, con héroes y villanos, y como los villanos tienen que ser malos entonces los despojamos de todo lo bueno, de todo lo rescatable de su biografía y los convertimos en figuras acartonadas”. Esto nos dice el escritor mexicano Pedro J. Fernández. Este autor plantea los claroscuros de Agustín de Iturbide a quien la Historia de México lo ha colocado según el mandatario en turno, en el pedestal de la gloria como en el desprecio. La Historia y las historias son cambiantes y muchas veces a conveniencia.
¿En qué momento surgió este odio hacia una persona que era considerada extraordinaria? ¿Es Colón culpable de alterar el desarrollo de las culturas prehispánicas? La extinción de los pueblos Mayas no es del todo clara, pero para nada se culpa al genovés.
Me parece que nos estamos saliendo de proporción y desperdiciando energía en consultas y juicios que no toman ese período histórico dentro de contexto. Anclarse de esa forma provoca parálisis en el avance de una construcción que ahora debe ser lo primordial para reencontrarnos como pueblo. Hablar ahora de pensamientos que provocan división y rencor, genera mayor distanciamiento entre las razas y empuja a caer en el círculo vicioso de la discriminación. Esto es que se impone una sola forma de ver el mundo, se niegan y restringen derechos, se excluye a quienes son diferentes y se anula la diversidad. Enfoquémonos, eso sí, en revalorar a nuestros pueblos indígenas y a honrar y respetar sus ricas tradiciones.
El Día de la Raza en México, debe verse como una fusión de culturas y como el nacimiento de una civilización integrada de un mosaico múltiple. Celebremos nuestra identidad cultural formada por un abanico de razas: indígenas, afrodescendientes, mestizos, eurodescendientes, árabes, asiáticos y más, que luchan por vivir en armonía.