José Antonio Banda, poeta y amigo, nos convidó a conjeturar Irapuato como una ciudad literaria. Pensé que podía abordar el tema desde dos puntos de vista. El primero, la construcción o la definición de la ciudad como el lugar creado o potenciado por la imaginación, como lo hace Calvino en sus Ciudades invisibles, o como una construcción desde la memoria mediante la palabra. De esto, los ejemplos son muchos: el París de Balzac o Cortázar; el Londres de Dickens, Woolf o Martin Amis; o el Estambul de Pamuk, para mencionar algunos.
Según este último punto, ¿Cuál sería el Irapuato consignado por los escritores en los últimos tiempos? ¿Cómo luce el palimpsesto irapuatense, ese manuscrito que acumula escrituras a través de los siglos? ¿Empezaríamos por la comedia de costumbres de 1868 El ranchero de Irapuato, de José Tomás de Cuéllar, cuya edición “escrita en magníficos versos” se encuentra perdida? O con los recuerdos de Jorge Ibargüengoitia que se alojaba a mediados del siglo pasado en hoteles infestados de zancudos y cucarachas “de las que embisten”. O tal vez, con ese Irapuato generoso y en pie de lucha tras la inundación del 73 del que nos habla Paco Ignacio Taibo II en su Irapuato mi amor, donde afirma sin ambages: “Quiero seguir teniendo argumentos para explicar por qué es mejor Irapuato que Nueva York o París. Porque, en el esquizofrénico planeta de mis gustos, esta ciudad brilla al sol mejor que Madrid o Barcelona, y la lonchería de la Guerrero, sólo tiene paralelo gastronómico con una sandwichería del barrio viejo de Ámsterdam.”
Los recuerdos de otro ilustre habitante temporal, David Alfaro Siqueiros, nos llevarían a principios del siglo XX, cuando pasó años con su abuelo en el centro histórico y los narró a Julio Scherer durante su encierro en el Palacio Negro de Lecumberri. Posteriormente, quedaron plasmados en su biografía Me llamaban el Coronelazo (Grijalbo, 1977). Algunos apartes acaban de ser publicados en el boletín 25 del Archivo Histórico Municipal. En ellos retrata un Irapuato pintoresco de personajes como el Tripitingas, el “hombre más desgraciado, más desafortunado que he conocido en mi vida”, diría. Y donde, además, el pintor se presenta a sí mismo como un defensor irreductible de las fresas irapuatenses.
Algunos quizás preferirán el Irapuato nocturno, de las cantinas visitadas por Roberto Bolaño en su cuento Dentista (Llamadas telefónicas, 1997), mientras intentaba olvidar una pena de amor; y que termina con el descubrimiento de un escritor prodigioso que habita una de las comunidades rurales que rodean la ciudad.
Tenemos también el Irapuato de la inundación que narra Eduardo Franco en Por debajo del agua (2013), o el del joven nostálgico que rememora su niñez y adolescencia de Eufemismos para la despedida (La Rana, 2013; Viajero inmóvil, 2017) de Luis Felipe Pérez. Así mismo el Irapuato infantil del pequeño vampiro fresero creado por Gilberto Rendón (1948-2021) tras habernos visitado en 2013. Pero quizás quienes desconfíen de las evocaciones ingenuas de la memoria, prefieran el Irapuato de la crónica amarga de Hugo Roca Joglar, que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en 2014. Ésta discurre en la cantina Los dos arroyos de la San José mientras el narrador escucha a Mahler en su laptop. Cito un fragmento:
“Irapuato es uno de los últimos bastiones de la ultraderecha mexicana. La vida en la ciudad está encerrada en una estructura vertical de tres capas. Una alta muy delgada, otra baja bien nutrida y a la mitad una interminable y confusa masa. Las cosas están hechas para que en la que se nace también se muera. Nadie sube y nadie baja. Así ha sido siempre. Es una organización político–religiosa que fomenta el racismo, la discriminación, el miedo y la envidia.”
Lo que me dice el amor, escrita en los prolegómenos de la ola de violencia producida por el amasiato entre delincuencias organizadas y gobiernos, se pronuncia con la misma imprudente contundencia alrededor del espacio físico:
“La vida en Irapuato es una tristeza negra que puede leerse en la arquitectura. Bien podría ser una ciudad de la Revolución industrial. Chimeneas y muros. Faltan teatros y jardines. Es una convivencia del encierro que se concentra en el único lugar donde ricos, pobres y clasemedieros se encuentran: la Catedral, cuyo aspecto no podría ser más desolador: gris y blanca, con una única torre que se alza huérfana, incapaz de transmitir esperanza.”
Estos últimos fragmentos que seleccioné pueden ser incómodos, pero me parecen un punto de partida interesante para llevar la conversación hacia el segundo punto de vista que apenas enuncié al inicio: la ciudad como el espacio físico que habitamos y su trato con la creación y el desarrollo cultural.
Haré una pregunta incómoda ¿Nos interesaría realmente vivir o construir una ciudad literaria? Alrededor de este concepto, la UNESCO lanzó hace veinte años el programa Ciudades de Literatura, una red que ha ido creciendo y actualmente engloba 53 localidades de todo el mundo, algunas de ellas completamente desconocidas como Dunedin en Nueva Zelanda, Leópolis en Ucrania, Kutaisi en Georgia o Hobart en Australia. Pero también incluye ciudades icónicas como la Barcelona de Maragall o Marsé, el Dublín de Joyce o el Bagdad de Las mil y una noches.
Entre el medio centenar de ciudades no se encuentra ninguna mexicana, ni siquiera la Ciudad de México de Carlos Fuentes y de tantos escritores, Jorge F. Hernández y Pedro A. Palou entre ellos, que han buscado englobarla; ni el Culiacán de Élmer Mendoza; tampoco Cuévano o Saltillo, autodenominadas las Atenas de por aquí. ¿Por qué? Quizás porque la designación es meramente honorífica y no incluye apoyos en dinero como los sitios patrimonio de la humanidad. Y quizás porque se piensa que esto no redundaría en turismo, la única actividad que según nuestros gobernantes dejaría verdaderos dividendos. El baremo de siempre: la derrama económica.
En la extensa lista que cubre los cinco continentes, sólo aparecen dos ciudades en toda América Latina: Montevideo y Río de Janeiro. Quizás se deba a que para ser aprobada como Ciudad de Literatura deben satisfacerse una serie de criterios:
Calidad, cantidad y diversidad editorial en la ciudad.
Calidad y cantidad de los programas educativos que se concentran en la literatura doméstica o foránea en los diferentes niveles educativos.
Literatura, teatro y/o la poesía tienen que jugar un papel importante en la ciudad.
Tienen que ser sedes de festivales y acontecimientos literarios que promueven literatura doméstica y foránea.
Existencia de bibliotecas, librerías y centros culturales, públicos o privados, que conserven, promueven y diseminan literatura doméstica y foránea.
Implicación por el sector editorial en la traducción de obras literarias de lenguas nacionales a varias extranjeras.
Implicación activa de medios de comunicación, tradicionales y nuevos, en la promoción de la literatura y el fortalecimiento del mercado para productos literarios.
No parecen requisitos imposibles de cubrir por una ciudad de las dimensiones de Irapuato, quizás sean aún más fáciles para ciudades como León o Guanajuato capital. No lo sé, pero estoy seguro de que al ponderarlos podríamos trazar una ruta e imaginar una ciudad que abandone la Revolución Industrial, como lo mencionaba Roca Joglar; y, en lugar de aspirar a entelequias como la mentefactura, integrarnos a una red que nos permitiría aprovechar el potencial cultural y creativo de nuestros habitantes para concebir un desarrollo urbano sostenible, intercambiar conocimientos y cooperar a escala internacional.
Comentarios a mi correo electrónico: [email protected]