Con el tiempo nos parecerá una locura que Cuba haya vivido bajo una dictadura comunista durante 66 años. Tres generaciones de sometimiento y, al final, un estado fallido que vivió la mayor parte de esta historia como parásito. Su fracaso monumental se debió al pretexto perpetuo de culpar al “embargo” de Estados Unidos.
Si en otras épocas soñábamos con la caída del régimen instaurado por los hermanos Fidel y Raúl Castro, hoy la libertad está a la vuelta de la esquina. Habíamos pronosticado que Maduro y su dictadura caerían pronto. La sorpresa: la inauguración de 2026 con la invasión norteamericana.
En agosto de 2022, cuando tuve la oportunidad de viajar a Cuba, el país estaba destrozado tanto en lo físico como en lo moral. Dos semanas antes había ocurrido un incendio en los tanques de almacenamiento de combustible en Matanzas. Las gasolineras racionaban la venta de gasolina y, para conseguir diésel, había que hacer cola durante dos días. Había apagones, pero no tenían la frecuencia y la duración que tienen hoy.
Andrés Manuel López Obrador había ordenado a la quebrada Pemex que suministrara buques con gasolina, además del envío habitual de Nicolás Maduro desde Venezuela. La miseria comenzaba; la desesperanza inundaba los rostros de los habaneros en espera de una “guagua” para regresar a casa porque solo cada dos horas pasaba el camión.
En apenas 4 años, la fuga de cubanos llegó a 1,4 millones de habitantes, sobre todo jóvenes. La población ahora no alcanza los 10 millones y la curva demográfica ubica a más del 25% de la población con 60 años o más. La Revolución envejeció, inservible, inútil y falsa. Por desgracia, la ayuda de Venezuela, Rusia y México ha prolongado la agonía de los cubanos. Eso se acabó. La única salida humanitaria que tienen Miguel Díaz-Canel y la cúpula militar es abrir una negociación, tanto interna como externa, para un cambio de régimen. Si no toman el camino de la libertad, del canto famoso “Patria y Vida”, vendrán hambrunas y rebeliones populares imposibles de reprimir.
Sin combustibles, sin electricidad, sin alimentos, sin hospitales ni medicinas, Cuba es el epílogo latinoamericano del fracaso totalitario del comunismo. Mientras China (Deng Xiaoping) comprendió que la única forma de salir de la pobreza era el capitalismo y el funcionamiento de los mercados, Cuba y Venezuela optaron por el dogma del resentimiento castrista-chavista.
Volvemos a otro pronóstico: Cuba no puede sobrevivir más de 6 meses sin el apoyo de México y Venezuela. Trump lo dijo con su tradicional brutalidad: Estados Unidos no necesita entrar a Cuba para derrocar la dictadura porque el sistema es fallido. A los dirigentes se les acabaron las palabras, los discursos y el cuento de que todo es culpa de Estados Unidos. Si a los cubanos exiliados en Florida se les prohíbe enviar dólares a la isla, el sueño comunista que habitó Cuba y otros países latinoamericanos habrá terminado. La pesadilla totalitaria y absurda quedará como una de las grandes enseñanzas para la humanidad. De eso hablaremos mucho más.
Para los mexicanos también es una lección: no podemos ser democráticos y respetar los derechos humanos mientras apoyamos a regímenes dictatoriales, donde no hay libertades básicas. Fidel Castro fue un inmenso fracaso para Cuba. Raúl prosiguió con los dogmas. El juego se acabó para los comunistas y también para quienes los apoyaban por ser acólitos “solidarios” de sus dogmas.