“El periodismo no es suficientemente personal”, escribió G. K. Chesterton en su libro Tremendous Trifles, que recoge los artículos con los que trató de subsanar esa carencia en The Daily News. El cazador de “tremendas nimiedades” demostró que lo íntimo es el nombre secreto de lo público.

Lo menciono por una lección que acabo de recibir. Como tantos, solo me entero de la salud cuando falta. Algunos amigos se niegan a visitar al médico por el temor de que las enfermedades surjan ante alguien capaz de descubrirlas. Creen que las dolencias son como artistas incomprendidas, siempre en espera de que alguien les preste atención.

Muy diferente es la neurosis de quien pospone la cita médica porque se avergüenza de no tener buena enfermedad. ¿Vale la pena molestar a un especialista por un simple achaque? Pertenezco a la legión de pacientes amedrentados, lo cual no significa que goce de plenitud física. Los años pasan y las escaleras se vuelven más extensas.

La presión cardiaca aumenta con los años; sin embargo, para que eso sea interesante, debe subir mucho. Si los sofocos y los cólicos no son extremos, te acostumbras a vivir con tus dolores.

Nuestros diez dedos le han dado al sistema decimal una autoridad que acaso no merece. Como los números “redondos” obligan a valorar una fecha más que otra, los amigos que padecen mi edad no dejan de hablar de lo que significa llegar a los 70. El mundo que conocimos ha dejado de existir y el cuerpo va por el mismo rumbo. Nuestras pláticas no son tan lúgubres como las novelas que ganan el Premio Nobel, pero se asemejan a un cónclave médico. El más reciente me llevó a aceptar un chequeo.

Pasé revista a mis síntomas: debilidad, apatía, desórdenes de sueño, angustia, taquicardia, sudoraciones, falta de concentración, pérdida de memoria. ¿Podía todo eso responder al nombre griego de una enfermedad?

Nadie quiere estar mal, pero saber que algo concreto ocurre representa el primer paso para la sanación. Con ese ánimo me presenté ante el médico que llevaba ocho años sin ver y cuya terapia comienza por su aspecto. Me aventaja en edad, y hace décadas operó a mi padre, pero luce espléndido. Verlo es una opción de futuro.

Le entregué mi perfil clínico, oyó con atención mis dolencias y las anotó en el expediente. No comentó nada al respecto y hablamos de todo un poco. Cuando George Bernard Shaw se encontró con un banquero dijo que le había ido mal: “Él quería hablar de libros y yo quería hablar de dinero”. Algo parecido ocurrió en la consulta, con la diferencia de que me interesó mucho lo que el doctor tenía que decir al margen de la medicina. Se trata de un hombre sabio, muy aficionado a la lectura. Lamentó no encontrar en ninguna librería un clásico que deseaba darle a sus nietos, el peligro de ser rehenes de las pantallas digitales, y criticó la creciente tendencia de mandar a los hijos al extranjero por no confiar en un país marcado por la violencia, la corrupción y el narcotráfico. Esos problemas son reales, pero no podemos deponer la obligación de resolverlos. Le pregunté por temas de su especialidad y ofreció datos terribles sobre el desabasto de medicinas en los hospitales públicos y el desastroso manejo de la pandemia durante el gobierno de López Obrador. Encomió a la Presidenta, cuyo margen de maniobra es demasiado escaso.

Su diagnóstico aumentó en complejidad al pasar a la arena internacional. Lo escuché con tanto interés que olvidé que estaba ahí para una consulta. Poco antes de despedirnos, volvimos al tema menor de mis padecimientos. ¿Necesitaba estudios, pastillas o una operación de próstata? Recomendó un leve cambio de dieta y ejercicio. Me sentía mal, pero no tenía nada.

Al salir de ahí un amigo me mandó la siguiente noticia por WhatsApp: en México, el 11 % de los adultos jóvenes y el 38 % de los adultos mayores padecen depresión. Formo parte de la mitad de la población económicamente activa que se siente del cocol.

La consulta médica cobró otro sentido. Lo dicho por el doctor explicaba con claridad mi estado de ánimo. Recordé los días posteriores al terremoto de 1985, cuando colocaba un vaso de agua en el buró para saber si estaba temblando o “solo era yo”. Algo parecido sucede con el desánimo actual. Chesterton ha vuelto a tener razón: lo personal es el otro nombre de lo público. A veces el cuerpo falla por sí mismo; a veces falla por el mundo.

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