Se cumple el primer año del segundo Trump. Doce meses de vértigo. Su gobierno se impone con decretos, desafía a los jueces y se brinca al Congreso. El ejército desfila para celebrar el cumpleaños del presidente y aterroriza a sus ciudadanos. El gobierno estrangula universidades y acosa a los medios. El presidente predica diariamente un sermón de rencores. En el discurso oficial el odio se glorifica como deber cívico. El presidente no alienta la conciliación: atiza el pleito. Su gobierno hace propaganda con la muerte. No la esconde: la difunde. A todo el mundo trasmite imágenes de personas a las que elimina desde el aire. La administración los llama criminales, pero no los somete a juicio, los pulveriza a la mitad del mar haciendo alarde de una tecnología de exterminio. Nadie se ha carcajeado del derecho internacional como lo hace el presidente de los Estados Unidos.

Desconoce acuerdos comerciales, ignora tratados, desprecia alianzas históricas, humilla mandatarios. Funda protectorados y asume el control de un país con el fin explícito de explotar sus recursos. La única diplomacia en la que cree es la intimidación. Quien no se deshonra, quien no se pliega sufre el azote de los aranceles o de su ejército.

Imposible separar al personaje de su política. Los decretos, los impuestos, las instrucciones militares, el perdón a los convictos, la cacería de sus enemigos, sus declaraciones públicas se enredan con su repulsiva personalidad. El hombre que está destruyendo la democracia norteamericana al tiempo que aniquila lo que queda del orden internacional es símbolo del descaro. La desvergüenza es la fuente primordial de su atractivo. Ya lo advertía hace varios años. Si le disparo a alguien en la Quinta Avenida no lastimaría mi popularidad, llegó a decir. Había algo de razón en su creencia: ganó las elecciones después de alardear sus abusos sexuales; volvió a ganar después de haber sido condenado por múltiples delitos; obtuvo la mayoría después de desconocer el resultado de las elecciones; regresó a la Casa Blanca después de un intento golpista. Si Trump es rey es porque vivimos en tiempos de cínicos. El hombre se desplaza magistralmente en el lodo del escándalo. No lo rehúye, lo provoca. Se regodea en la indignación que provoca constantemente: por eso se retrata como un emperador que baña en mierda a sus opositores, se declara presidente de Venezuela, impone su nombre en el memorial de Kennedy, destroza la residencia presidencial como si fuera su cantina personal. Con la rabia de cada ofendido expande su orgullo. Rodeado de mafiosos, aduladores y pederastas no pierde apoyo entre los evangélicos que lo miran como un enviado de Dios.

No termina el asombro por lo que hace ni el asombro por quien es. El gobernante deshace con determinación todo lo que fortalecería su causa, ataca el conocimiento, mina sus alianzas, corteja a sus enemigos. Se entrega al espectáculo de la intimidación y a la producción de conmociones. Se maravilla con las marcas visibles del poder, con el efecto que tienen sus palabras, sus gestos, sus bromas. Le entusiasma la indignidad de su entorno. Juega con sus vasallos mientras se cuadra con los autócratas.

Su política es la política del aturdimiento. Embestidas cotidianas a la racionalidad y a la decencia que provocan pasmo. No hay descanso. Cuando parece que se encuentra un arreglo, aparece la bravata. Una provocación tras otra. Esa es la normalidad trumpiana. Un escándalo que se encima al previo; una locura que se empalma con una salvajada; una expresión aberrante que acompaña una decisión demencial. No hay respiro y en esa falta de aire se impone el atropello despótico. Si uno quiere hacer denuncia de la ilegalidad ya se han consumado veinte trampas antes de que uno logre señalar el abuso inicial. En unas cuantas horas podemos ser testigos del peor asalto a la democracia, la agresión más inquietante al orden internacional, la tontería económica más costosa y una patanería de bajeza inconcebible. A golpe de sustos y desconciertos cotidianos la crítica pierde efecto. El déspota siempre va un paso adelante. Rompiendo norma tras norma, afloja los reflejos cívicos. Provocando indignación todos los días, la banaliza.

¿Quién puede confrontar esta estrategia desquiciante? Algo sabemos en México de esta política del aturdimiento.

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.