A veces, por no decir siempre, la memoria recorre caminos trillados, y al correr de los minutos, me siento inmersa de nuevo ahí como si el tiempo no hubiese transcurrido. Y es injusto porque la vida tiene cientos de historias, la mía, se compone de múltiples frases, episodios y silencios.
Algunas, son descalificadoras y crueles, pero otras, las benévolas, nunca las pude olvidar pues fueron alegres y generosas en su ternura y sembraron profundo hasta que se almacenaron, dispuestas a sacarme a flote cuando son requeridas. Así que hay días en que renacen buscando rutas alternativas rodeándome como un halo luminoso.
El silencio me permite oírlas con toda claridad, las escucho claras y nítidas, y entonces, soy yo con mis historia alternas y buenas, dejo mi singularidad para adquirir la pluralidad de esa vida compartida, que se ha repartido permeándome, habitándome por entero hasta la punta de mis dedos, sin olvidar un solo pelo de mi cabeza.
El sol tiene el brillo tranquilo de la tarde, cae sobre mis hombros como un abrazo que perdura y me afianza. En ese remanso, puedo ver cómo la hierba se mece siguiendo el ritmo del viento, y yo, dócilmente me dejo guiar por esas sensaciones, entonces, no hay nada más que pedir, me siento ondear como una hoja arrancada de su rama que vuela silenciosa y libre.
Me doy cuenta de que el hecho de permitirme narrar mi historia desde otra perspectiva hace cambios en mí, como si viera la tierra desde otra altura perdiendo sus dimensiones, y mis días transcurridos se mezclaran con las nubes.
A la distancia, un rayo de sol se abre paso en esa inmensidad incontenible y me ilumina, siento que me fundo en esa luz dejando de importar mi materia y mi tiempo.
He aprendido a dirigir mis pensamientos y a no engancharme en historias pasadas, porque sé que son cadenas de papel que se engarzan de manera interminable apresándome sin darme alternativas. Por eso los dejo pasar, solamente observo, como si fuera un río que tiene aumentado su caudal y se arrastrara amenazante como una serpiente sibilante.
Por contraparte, disfruto los remansos en los que me observo sin juicios, en los que permito a esas voces que me acompañan hablar y así volver a sentir la ternura que de esos labios recibí. Y aunque sé que no es fácil, decido seguir sendas alternas y permitir a esas historias que también se escribieron en mí, salir a flote, y escuchar el mensaje que tienen que decirme.