Nadie se salva solo” Papa Francisco

La cooperación internacional en salud atraviesa un momento decisivo. Los indicadores globales muestran avances palpables —mejor esperanza de vida, menor mortalidad infantil y materna, y reducción de años de vida perdidos por discapacidad—, pero al mismo tiempo se erosiona la ayuda y se debilitan los mecanismos multilaterales que sostienen esos logros. El motor sigue avanzando, pero se está quedando sin gasolina.

El Barómetro de Cooperación Global 2026 del Foro Económico Mundial, publicado el 8 de enero – https://bit.ly/4r3YFIf-, analiza 41 indicadores agrupados en cinco pilares, uno de ellos salud y bienestar, para entender cómo cooperan hoy los países. En el rubro sanitario, el diagnóstico es contundente: los resultados continúan mejorando, pero las bases financieras y políticas que los respaldan se están debilitando.

Según el informe, la cooperación en salud “se mantiene estable” porque persisten mejoras en indicadores clave. Sin embargo, esa estabilidad “oculta una fragilidad creciente”, alimentada por recortes en la ayuda internacional y presiones sobre los organismos multilaterales.

El dato más preocupante es la caída de la asistencia para el desarrollo en salud. Solo en 2024 se redujo alrededor de 6%, hasta ubicarse en aproximadamente 50 mil millones de dólares, y la tendencia a la baja se mantiene desde 2021. Los recortes provienen de grandes donantes como Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, y golpean con mayor fuerza a los canales multilaterales, que registraron caídas cercanas al 20%, frente a alrededor de 3% en la cooperación bilateral.

Para 2025 se calculó una contracción adicional cercana a 11 mil millones de dólares, impulsada sobre todo por recortes en agencias estadounidenses. Esto supone un ajuste difícil de compensar con recursos internos. En la práctica, significa que los países de menores ingresos deberán asumir una proporción mayor del costo de medicamentos, programas de VIH, vacunación y atención primaria, justo cuando sus presupuestos también enfrentan presiones económicas y sociales.

Como parlamentario y miembro de la Unite Network for Global Health, este escenario interpela directamente nuestra responsabilidad legislativa. La cooperación ya no es únicamente una opción solidaria: se ha vuelto un factor determinante para evitar que los sistemas de salud colapsen frente a nuevas crisis.

Los avances que documenta el Barómetro 2026 reflejan décadas de inversión sostenida en vacunación, control de enfermedades infecciosas, salud materno-infantil y atención de enfermedades no transmisibles. Pero el propio informe advierte que estos resultados pueden estar capturando el “rebote” posterior al pico de la pandemia y los efectos acumulados de cooperaciones pasadas, más que la realidad financiera que viene.

En paralelo, se reconoce una brecha creciente entre años vividos y años vividos con buena salud: la gente vive más, pero pasa más tiempo con enfermedad o discapacidad. Estimadas y estimados lectores: los logros que hoy damos por sentados —una vacuna disponible, un medicamento innovador accesible o un programa de detección oportuna— dependen de acuerdos internacionales, financiamiento compartido y reglas comunes que hoy están bajo presión.

El Barómetro señala que la cooperación global no ha desaparecido; está cambiando de forma. Mientras los mecanismos clásicos del multilateralismo se debilitan, surgen coaliciones más pequeñas y ágiles entre países que comparten intereses concretos. En salud, se observan ejemplos relevantes: nuevos arreglos regionales para regular medicamentos y reducir precios, como la Agencia Africana de Medicamentos y acuerdos caribeños para abaratar la insulina; la aprobación del primer Acuerdo de la OMS sobre pandemias, que aunque enfrenta desafíos de ratificación y no incluye a todas las grandes potencias, representa un intento por reforzar la preparación global; y un giro hacia acuerdos bilaterales que priorizan compras de insumos y servicios, pero dejan sin resolver los costos estructurales de los sistemas de salud.

Este desplazamiento del multilateralismo hacia arreglos “a la carta” implica riesgos. Los países con menor poder de negociación pueden quedar fuera de las mesas donde se definen precios, acceso y transferencias tecnológicas. Ahí, la voz de los parlamentos y de redes como Unite es clave para exigir que nadie quede atrás.

Si la caída del financiamiento y la tensión geopolítica persisten, los países de menores ingresos enfrentarán una carga casi imposible: sostener o mejorar sus resultados sanitarios con menos apoyo externo, más enfermedades crónicas y una población que vive más años con enfermedad.

La cooperación en salud no es una abstracción diplomática. Se refleja en la disponibilidad de una vacuna en la clínica más cercana, en el precio de la insulina para una persona con diabetes, y en la posibilidad real de detectar un cáncer a tiempo. Desde el Congreso, impulsaremos una cooperación inteligente con acuerdos regionales —esa “gasolina” necesaria— que mejoren el acceso a medicamentos, diagnósticos y tecnologías, y eviten que la fragmentación global se traduzca en desigualdad regional. Porque, en salud, el costo de quedarnos sin combustible siempre lo pagan las personas.

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