La mayoría de los mexicanos está familiarizada con el maratón Guadalupe-Reyes, “competencia” lúdico-etílica-gastronómica que marca el fin de un año y el inicio de otro. En total, 26 días capaces de terminar con cualquier régimen alimenticio o político. Exaltado en el habla popular y hasta por el cine nacional como el non plus ultra de los excesos, hace palidecer los tres días del Obon japonés, los cinco días del Carnaval de Río, las ocho noches del Janucá, o las quince jornadas del año nuevo chino.
Sin embargo, muchos desconocen la existencia de una fiesta más extrema que se prolonga desde el 31 de noviembre hasta la noche de San Silvestre, el 31 de diciembre: Los barrios de Irapuato, tradición que llegó a su 145 aniversario el pasado 2025.
En su honor y dentro del trabajo excepcional que realiza el Archivo Histórico Municipal de Irapuato desde hace una década bajo la batuta de Dulce Vázquez Mendiola, se editó este libro conmemorativo que narra desde diversos enfoques la fiesta decembrina por excelencia de la ciudad.
Desde sus inicios como una celebración religiosa, pues comenzó en 1880 con un octavario a la virgen de Guadalupe del 12 al 19 de diciembre auspiciado por el cura Juan Nepomuceno García, se repartía entre los ocho barrios que conformaban el núcleo de la población. Poco a poco, con el crecimiento de la ciudad durante el Porfiriato y tras las duras condiciones que trajo el periodo revolucionario, la fiesta fue creciendo y ampliando sus días de celebración hasta entrar al siglo XXI.
Hoy, desprovista del celo religioso, cuando se ha repartido entre las decenas de barrios de una ciudad de medio millón de habitantes para abarcar el mes completo de diciembre, conserva tanto su raigambre popular, como su máxima esencial: A los barrios no se invita, se llega (de allí el título del libro, que debo confesar, me parece bastante albureable…).
Los barrios perviven como muestra de ese entramado social construido por generaciones, que a pesar de la violencia de la última década mantiene en su imaginario la generosidad y alegría de una fiesta a la que cualquiera puede llegar y sentirse bien acogido.
El libro, de distribución gratuita, es un justo homenaje que conjunta el trabajo de un historiador, el maestro Jorge Luis Conejo; un antropólogo, Javier Ortiz Vargas; y testimonios de diversos pobladores de la ciudad que narran cómo han celebrado desde su infancia esta tradición a través de sus memorias familiares.
Enhorabuena al Archivo Histórico Municipal por agregar este ejemplar a su encomiable colección de trabajos sobre la ciudad, que he reseñado en su momento en este espacio. No sólo aplaudo el importante trabajo que realizan, también al Municipio de Irapuato que apoya estas publicaciones gratuitas que hallan un público ávido de memoria y siempre agota las ediciones.
Necesario y puntual, Para que sigamos llegando, es una invitación a la memoria popular para mantener viva esa poderosa energía social que hace de Irapuato un lugar único como su gran fiesta decembrina.
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