A veces la voz dentro de mí es como una lluvia continua que yo escuchara a través de los cristales, otras más, ordena, manda o corrige. Tiene las mismas tonalidades solo que proviene del centro de mi mente, así que es inútil no escucharla, no puedo hacer oídos sordos. A veces, me dice nimiedades, otras, cosas importantes, me cuestiona sobre las situaciones inexplicables que se quedaron como cabos sueltos buscando ansiosas una respuesta que aún no he encontrado.
Es una sensación extraña el estar en un continuo diálogo conmigo misma, es como estar con la persona que comprende mis porqués, que escucha mis quejas y no me señala ni me juzga porque tenemos la misma historia.
Comenzó a hablar desde mi niñez, estructurándose conmigo misma, solía decirme; vamos, y era el motor que me impulsaba a avanzar. O decía, detenté, en una forma de protegerme y aislarme. Muchas más, permanecía muda como una estatua griega, siguiéndome con los ojos, negándose a abandonar su posicionamiento de mármol pétreo.
Porque cavilaba, y esas dudas se trasladaban a mis pensamientos, mi corazón y mis acciones, desaparecía mutando en el silencio hasta creer haber adquirido la invisibilidad deseada.
No quiero ni imaginar lo que diría si no estuviera en paz, siento que no podría vivir, caminaría señalada, observada y juzgada por el más ruin de los jueces que soy yo misma. Sin embargo, estos cuestionamientos, los he comentado para escuchar otras percepciones.
Ella, por ejemplo, dice que, al no tener conciencia, no hay nadie que los juzgue, así, es que escapan de esa cárcel cruel de sus acciones. Me resisto a creerlo, así que se queda en el limbo de las respuestas que nunca obtendré. En una ocasión escuché una grabación de mis palabras, y me sorprendí porque no es la voz que yo escucho a diario, sonaba diferente.
Después vinieron las explicaciones, que dentro mí cráneo la percibo cambiada y distinta. Caí en una gran contradicción, así que todos estos años, otros me han oído de otra manera diferente a como yo lo hago conmigo. Es como si fuéramos 2 personas; las dobles, la que habla o emisora, la receptora. La que puede disociarse en un saludo, en una opinión, y la que permanece dentro.
Es una dualidad en un mismo cuerpo, estas dos se han compenetrado tanto, que opinan lo mismo y pueden mirarse a los ojos como si se comprendieran. Cuando esto sucede, es como si me fundiera conmigo y se me permitiera abrazarme a mí misma, abarcar al mundo, el mío.
Las dobles, comparten la mesa y la cama, cuando sienten miedo se toman de las manos y entonces, éste, sale volando por la ventana entreabierta queriendo alcanzar la luna.
Ellas, sabiéndose observadas, permanecen quietas como si flotaran en el silencio sin sentir
la necesidad de articular palabra.