Parece broma, pero no lo es: Marx Arriaga, el marxista que diseñó los peores libros de texto de la historia, enloqueció cuando lo corrieron de la Secretaría de Educación Pública. Atrincherado en las instalaciones, pedía a los policías presentes que lo esposaran. Seguro para completar su obra de teatro, “Soy víctima de los neoliberales”. 

Como decía Bertrand Russell, el fanático de izquierda tiene grandes resentimientos. Arriaga, en un discurso lleno de prejuicios y dogmas anticapitalistas, decía que había que enseñar a las nuevas generaciones a defender nuestros recursos naturales frente a la injerencia del capital extranjero. El mismo discurso con el que llevó Fidel Castro a Cuba al comunismo tropical. Si el gobierno de la 4T avala la ideología de Marx, entonces vivimos una esquizofrenia política. Por un lado, Altagracia Gómez Sierra promueve la atracción de capitales extranjeros para impulsar la inversión directa; la Secretaría de Hacienda crea estímulos fiscales para que los capitales golondrinos regresen; y Marcelo Ebrard, al frente de la Secretaría de Economía, lucha por la renovación del tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. 

Necesitamos  inversión y mucho dinero para crecer de nueva cuenta; necesitamos que las nuevas generaciones piensen sin las taras heredadas del victimismo del siglo XX que los duros de la 4T quieren reinstalar en el país. El victimismo es la representación de un pueblo explotado por intereses extranjeros o por empresarios mexicanos. Al seguir la línea de Cuba de Fidel y la de Venezuela de Hugo Chávez, quisieran estatizar todo o limitar al máximo la iniciativa privada en los grandes retos de la nación, como la energía y los minerales.

Los libros de texto elaborados por Arriaga son un insulto a la pedagogía y a la ciencia. El funcionario quiso inyectar en la mente de las nuevas generaciones el colectivismo. Todo sin método. Su actitud ante la separación de su cargo muestra que vive encerrado en el dogma. Desorbitado en su conducta, aferrado al cargo, le hizo flaco favor a quienes lo pusieron en la SEP a cargo de los libros de texto. 

La presidenta Claudia Sheinbaum mostró el lado flaco de su gobierno: la dependencia de su mandato respecto de las decisiones del gobierno anterior. Nadie entiende, a bote pronto, por qué Mario Delgado, secretario de Educación, ofreció un puesto diplomático a Arriaga para darle una salida, no a él, sino a la familia de Andrés Manuel López Obrador. 

Aunque no lo acepte públicamente, la presidenta cambia las políticas erróneas de AMLO. Combate al crimen organizado tanto como puede; promueve la inversión y ahora cambia la política educativa nombrando a Nadia López García, una persona preparada y de trayectoria ejemplar, que garantiza una educación laica, no sólo en lo religioso, sino también en lo ideológico. La buena educación no es progresista, conservadora o neoliberal: toda enseñanza debe ser abierta y plural respecto a las humanidades; exacta y completa respecto a las ciencias comprendidas por lo que hoy llaman STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). 

Sembrar odio desde la escuela pública, como se hizo con los desvaríos de Arriaga, no ayuda a formar una nueva generación de mexicanos sin complejos. Hasta Eduardo Galeano, escritor que se hizo famoso por culpar al imperialismo de los males de Latinoamérica, terminó comprendiendo que nuestro destino depende de nosotros y de nadie más. No somos víctimas de la llamada Conquista; somos la Conquista misma. 

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