La historia de la humanidad alberga evidencias de la violencia institucional y también de la directa, que realizan las personas contra niñas, niños y adolescentes. Traigo a este artículo la controversia en torno al cierre del orfanato de Salamanca, Ciudad del Niño, que evidenció las debilidades del Estado mexicano en la regulación de Casas Hogar y que derivó en abusos contra los derechos de los menores que resguardaba, permitiéndoles incluso, acumular riquezas y tener irregularidades en el manejo de fondos públicos.
Fueron 40 años en que el sacerdote católico Pedro Gutiérrez Farías hizo una labor social con los niños en situación más desfavorable que se desvirtuó hasta que brotaron denuncias de abuso. Una denuncia anónima de maltrato a una menor de 6 años, incrementó la exposición y evidenció una realidad distinta: el refugio se había convertido en un lugar inseguro para los chiquitos y fue clausurado por la resolución de una juez federal.
Esta semana en Irapuato, la UNAM presentó la obra “Bajo esta piedra hundirás tu Iglesia”, producida por la leonesa Sara Pinedo, dramaturgia archivo que “teje lenguajes lúdicos, poéticos, jurídicos, bíblicos, mediáticos y de protesta, como una invitación a desplazarnos entre las imágenes, sonoridades y ritmos de lo cotidiano y lo jurídico, generando una instalación escénica protagonizada por santos y gobernadores que quieren serlo; por heroínas de la vida real como la Jueza Karla María Macías Lovera y la periodista Kennia Velázquez; todo musicalizado y bailado por un coro, ballet folklórico y una banda de palomas -no blancas- que recitan, cantan y bailan por justicia, y ya nunca más por trata”.
Durante años, en el albergue de Salamanca, Guanajuato, se documentaron casos de tortura, violencia física y sexual, así como apropiación ilegal de menores contra niñas, niños, adolescentes y personas con discapacidad intelectual. Aunque las denuncias comenzaron en 2008 y los abusos se confirmaron entre 2016 y 2020, las acciones legales fueron tardías; el sacerdote señalado murió sin enfrentar justicia y la monja, murió por COVID. Se fueron, impunes. En febrero de 2016 una persona denunció de manera anónima, que había violencia y se desviaban los recursos obtenidos por donativos. Jorge, entonces funcionario del DIF estatal, acudió al albergue y encontró menores de edad en malas condiciones, las instalaciones descuidadas y a una chiquita de siete años con las manos quemadas en una estufa, por haber robado plastilina, castigo que le aplicó una de las monjas. Las autoridades estatales se llevaron con fuerza pública a la pequeña a otro albergue, pues el cura Gutiérrez Farías interpuso un amparo para que la menor regresara. Un año después, la juez Macías Lovera, negó la posibilidad de que la niña regresara, pues comprobó que se vulneraron los derechos fundamentales a la “identidad, vivir en familia, acceso a una vida libre de violencia y a la integridad personal, a vivir en condiciones de bienestar y sano desarrollo integral y derecho a la vida”, de la menor y de todos quienes habitaban la casa hogar.
Los menores eran abandono o sufrían violencia familiar; otros eran huérfanos, y había casos de familias que internaban voluntariamente a sus hijos, pues no podían cuidarlos y firmaban un documento donde cedían “la custodia y patria potestad para siempre jamás” a favor del Cura, violando así la ley, pues la custodia y la patria potestad son irrenunciables.
El gobierno estatal no actuó a pesar de que el cura nunca ocultó que les diera una nueva identidad a cientos de niños, sin un juicio de adopción de por medio. Fue en el 2020, que el Gobernador Diego Sinhué aceptó las medidas que emitió la CNDH Comisión Nacional de los Derechos Humanos y ofreció una disculpa a las 324 víctimas que sufrieron violaciones graves a sus derechos humanos y se comprometió a acciones preventivas y disuasivas que garanticen la no repetición de violaciones a derechos. La CNDH con sus recomendaciones, evidenció la tolerancia de distintas administraciones estatales. Esa herida abierta es el punto de partida de la obra, escrita y dirigida por Sara Pinedo que produce Teatro UNAM como un ejercicio de memoria y reparación simbólica, que deberemos traer a León. La niña, objeto de la denuncia anónima, pasó por otras tres casas hogar, hasta que, en el 2021, quiso el destino que tuviera yo el honor de ser papá de ella, Lupita, la guerrera sobreviviente de esta historia, mi hija, a quien le beso sus manitas.