En una semana vivimos dos guerras: la propia y la ajena.  La eliminación de Nemesio Oseguera, “El Mencho”, marcó el inicio de una guerra abierta del CJNG contra el Estado. Le pueden llamar como quieran desde el gobierno, pero lo que hicieron los miembros de ese cártel fueron actos de terror.  

Hubo pérdidas humanas en nuestro ejército y murieron sicarios. La muestra de poder duró dos o tres días, pero el efecto social y económico persiste y aún durará tiempo indefinido. Sectores completos de la economía sufrieron una disrupción inmediata. Miles de reservaciones de hotel fueron canceladas. Ciudades como Puerto Vallarta y Guadalajara quedaron en vilo tras la emergencia.  Pronto conoceremos el daño a la economía por los servicios, que será de miles de millones de pesos. Restaurantes y bares de los 20 estados afectados registraron una baja clientela. Algunos cerraron temporalmente. 

¿Quiere decir esto que el gobierno pudo evitarlo como se trató de hacer en el sexenio pasado?  Era inevitable, casi imposible, haber esperado más para enfrentar la realidad. Estados Unidos proporcionó información a funcionarios mexicanos para identificar lo que tal vez ya sabían: la ubicación precisa de  ¨El Mencho¨.  Además, entre más tiempo pase sin que las fuerzas armadas puedan intervenir, mayor crecimiento y territorio logra la delincuencia organizada. Con su penetración en las fuerzas del orden público municipales, estatales y federales, el sigilo debió ser una prioridad. Sólo un pequeño grupo de soldados de confianza tuvo acceso a las órdenes de ir a buscar al capo. Incluso en la Secretaría de Seguridad de Omar García Harfuch, pocos debieron saber lo que sucedería el domingo 22 de febrero. 

La guerra contra la delincuencia organizada comenzó en Sinaloa tras el secuestro de Ismael Zambada. Culiacán vivió sus peores días a raíz del enfrentamiento entre “mayos” y “chapitos”. Pasó un año y medio sin que terminara esa guerra en la que el gobierno tiene miles de efectivos. El estado que puede vivir otra guerra es Jalisco, cuyo territorio era dominado por el CJNG. Después de cobrar la vida del exgobernador Aristóteles Sandoval en Puerto Vallarta, los gobernadores Enrique Alfaro y Jesús Pablo Lemus, prefirieron mantenerse al margen y dejaron hacer y dejaron pasar los acontecimientos en una paz pactada.

De armas tomar

Justo seis días después, el sábado pasado, Donald Trump mostró que es de “armas tomar”. Reunió en Medio Oriente, cerca de Irán, a sus ejércitos para “negociar” con el régimen teocrático de ese país. Como el ayatolá no cedió a la eliminación de sus programas nucleares, Trump atacó. Comenzó por proporcionar información —según las fuentes norteamericanas— al ejército israelí para que matara al ayatolá Ali Jamenei y a su primer cuadro de funcionarios de guerra. Sólo por ese hecho tenemos una lección grave para México. Trump no se tentará el corazón para meterse en el suelo nacional si nuestro gobierno no cumple con sus deseos. 

La discordancia entre lo que el gobierno afirma sobre la “soberanía” nacional y los hechos confunde a la opinión pública. Repetir una y otra vez que México es independiente y soberano genera dudas. Es nuestra voluntad y espíritu mantener la integridad nacional e impedir, en la medida de nuestras posibilidades, que soldados o agentes norteamericanos vengan a matar mexicanos, por muy delincuentes que sean. Pero debemos tener conciencia de que si a Trump se le ocurre distraer la atención después de su guerra con Irán, invadirá México o Cuba. 

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