Esta es una historia real.

Pasó hace poco en una colonia de buen nivel en Monterrey.

Resulta que un vecino tenía una mega pick-up de esas que impresionan, tanto por su lujo como por su tamaño.

Pequeñita no es, pues.

Un mal día, el señor de la “machuchona” buscaba estacionarse en su cochera de reversa. Desafortunadamente, no calculó bien. ¡y tumbó el medidor de agua de la casa del vecino de al lado!

Desmadre total: megafuga, disgusto, costo para la víctima y la molestia de lograr que se arreglara el medidor.

Ni modo, así son los accidentes.

Pues aunque no lo creas, unas semanas después, como diría el gran Yogi Berra: déjà vu all over again.

Pasó exactamente lo mismo.

Desmadre total al cuadrado.

Pero obviamente con más disgusto y pleito. Pero bueno, se terminó por arreglar de nuevo el medidor.

Espérame, no he terminado.

¿Ya adivinaste, verdad? Unas semanas después y aunque no lo creas. ¡pasó lo mismo! 

Eso ya es tendencia.

Eso ya es pentontez.

Ahora sí el pleito llegó hasta una demanda por “actos intencionados de dañar la propiedad”.

Mmmm, dos cosas.

Primera, habría que recordar la navaja de Hanlon: nunca atribuyas a la malicia a lo que puede ser explicado por la estupidez.

Y segunda, la vacuna sale más barata.

¿Y dónde la compro?

¡Ja, si una empresa la vendiera, sería más valiosa que Nvidia!

Pero sí te puedes vacunar.

Por ejemplo, en el caso del pentonto al volante, el vecino afectado podría levantar un murito de protección para su medidor de agua.

Fácil, barato y aparte, una solución que provoca que la pick-up del cegatón sufra mayores daños. Hombre, seguramente esto bastaría para que el atrabancado manejara con más cuidado.

La vacuna busca entonces minimizar las acciones del pentonto. 

¿Cómo crearla?

Antes que nada, identificando a los pentontos y a sus pentonadas.

Por supuesto que esto no siempre será tan fácil como lo tenía el afectado por el tumbador de medidores. Los pentontonos no son tan obvios, no andan tocando el claxon para anunciar sus estupideces.

Habrá pues que realizar un esfuerzo metódico por diagnosticar acciones y actores. Para identificar consecuencias y claro, para diseñar soluciones, para levantar esos “muritos” de contención.

Para diseñar una vacuna. o bueno, vacunas.

Porque evidentemente las pentontadas abundan.

A propósito de esto, cierro con una aclaración para la que usaré una gran frase del maestro Hermenegildo Torres, fundador del Partido Único de Pendejos: solo hay dos tipos de pendejos, los que lo son y los que no lo reconocen.

O sea, todos cometeremos pentontadas en alguna ocasión.

Y no solo eso, todos tenemos áreas débiles donde nuestra falta de conocimiento y/o experiencia nos hace más propensos a regarla.

Para esto, dos propuestas básicas: identificación y reforzamiento. Conocer nuestras áreas débiles es el primer paso para después, o capacitarse, o rodearse de expertos que nos complementen.

¡O mejor las dos!

Concluyo regresando a la anécdota inicial. Literalmente, de locos. La cosa se puso peor, llegando a niveles de una comedia de Derbez.

Porque el vecino agraviado, desesperado, esperó un día al camionetudo parado en la entrada de su cochera, para dizque impedirle que volviera a demostrar sus habilidades de manejo.

Malo el cuento. No te lo alargo, pero literalmente terminaron liándose a golpes. y después en la demarcación policial más cercana, rindiendo sus respectivas declaraciones.

Esa “solución” sí que fue pentonta.

Porque, y ésta ahora sí es mi advertencia final: si uno no se pone trucha, la pentontez puede ser una enfermedad contagiosa.

No vacunarse sale entonces muy caro.

No vacunarse sí que es una pentontez.

Mejor, ¡a vacunarse se ha dicho!

En pocas palabras.

“Nunca discutas con un pendejo, te llevará a su nivel y ganará la discusión por su experiencia”.

Anónimo

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