LEÓN SCHWARTZ: Me quiere meter en un hogar de idiotas.

Mire lo que escribe esta chica: no tiene sentido de la realidad (se refiere a mí). Necesita supervisión.

Esta carta se la escribió a mi terapeuta, el doctor Engels. El problema es que yo no tengo terapeuta y el doctor Engels soy yo.

Le di la dirección de la panadería que ella cree que es un nosocomio.

¡Y ella me quiere encerrar a mí! Ja, ja, ja.

Usted me acusa a mí de loco. Y por casa, ¿cómo andamos? ¿Cuánto le queda de vida a usted? ¿Cinco minutos, cinco meses, cinco años?

¿Y lo va a pasar así, sentado en la banca mirando?

Y de vez en cuando, para sentir una emoción, ¿caerse al suelo?

No señor, ¡hay que agitar las cosas!

¡Hay que hacer que las cosas pasen!

ANTONIO CARDOZO: ¿Agitar las cosas, dice usted?

Por Dios, yo no agito nada.

Hace 20 años me tendría que haber jubilado, pero no. Yo sigo trabajando. Soy el viejo y sabio hombre invisible.

LEÓN SCHWARTZ: No, usted no es un hombre invisible. Es un hombre muerto, un fantasma.

Apenas unas líneas de la fantástica película argentina “Parque Lezama” (está en Netflix, ve un tráiler en nuestros sitios), que cuenta la entrañable historia de una amistad entre dos adultos muy mayores que no podrían ser más disímbolos. Por un lado, el divertidísimo mitómano León Schwartz (interpretado por el genial Luis Brandoni) y, por el otro, el tipo más normal del mundo, Antonio Cardozo (Eduardo Blanco).

No la dejes de ver, imperdible.

Hablemos, hoy pues, de agitar las cosas.

Antes que nada, habrá que decir que hay de agitadas a agitadas.

Porque se puede agitar para bien. o para mal, tal como lo hace don León en la película a través de su increíble capacidad de mentir.

Enredos que agitan, que mueven todo. Que son divertidísimos, pero que al final invariablemente terminan por cobrar la cuenta.

Como suele suceder, la realidad tarde o temprano toca a la puerta.

Descartemos pues ese tipo de agitación: mentir, dañar, grillar o transformar para mal.
Porque ya tenemos suficientes agitaciones malas con tantos y tantos políticos mentirosos que nos llevan de promesa hueca a promesa hueca. Y ojalá sólo fueran mentiras. Peor son tantas acciones pentontas, tanta ineptitud y taaanta inflexibilidad para ajustar. Y que no se me olvide, tanta corrupción y ratería que no respeta colores partidistas.

Tan malo el pinto como el colorado.

Pero OJO, también hay otro tipo de agitación, la buena.

La que reta el status quo. La que busca nuevas avenidas. La que promueve la acción y el movimiento. La que mejora el destino. La que promueve aspiración y desarrollo. La que provoca que todos los involucrados crezcan. La que transforma. pero para bien.

Agitaciones que evitan terminar en una banca viendo pasar al mundo.

¿Qué hacer?

Ya sabes, primero realizar un diagnóstico, al menos en lo profesional y en lo personal. Analizar actividades para después identificar aspectos donde estemos estancados, donde estamos sentados en la banca.

Y luego, manos a la obra.

Crear un plan calendarizado para la agitación, para cambiar un poco ingredientes y tácticas. Para aprender e intentar recetas nuevas. Para recuperar energía y movimiento.

ara sentirnos vitales y valiosos.

Y a cualquier edad, pero sobre todo al pasar de los años.

A propósito de esto, cierro con otra reflexión de León que vale oro.

Dice: “Pagan fortunas para comprar cosas viejas: autos viejos, casas viejas, obras de arte viejas. menos los viejos. Porque aunque se queden calladitos, los viejos dicen mucho.
Tienen pinta de futuro y eso da miedo”.

Exacto.

Como me ves, te verás.

Por eso es importante refrescar, revitalizar, agitar.

Para que la imagen del futuro, en lugar de atemorizar, inspire.

A final de cuentas, viejos los cerros. ¡y reverdecen!

A menearle se ha dicho.

En pocas palabras.

“La gente envejece, pero las ideas son jóvenes y hermosas. Las ideas son mejores que la gente que las tuvo.

León Schwartz, Parque Lezama.

benchmark@reforma.com

X: @jorgemelendez

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