La lectura en México es una tragedia: se vende menos de un libro por persona al año (0.6), incluyendo todos los géneros: ficción, no ficción, técnicos, de texto y manuales. Es un reflejo del bajo nivel educativo. Somos un país que no lee; además, quienes salen de secundaria no tienen la capacidad para comprender lo que leen.

Los norteamericanos y los ingleses leen más de 2 libros al año. Los escandinavos llegan a 5 y los franceses a 6, pero en Islandia se rompe el récord: sus habitantes promedian 28 libros. Algo tendrá que ver con sus largos inviernos o con su paz, su educación y su desarrollo social. Son 400 mil habitantes.

En Japón devoran los “mangas”, libros ilustrados de romances para jóvenes. A pesar de ser un país desarrollado y de alta tecnología, el papel y la tinta son fundamentales en su cultura. Además, hay un boom de escritores japoneses que llegan a las librerías occidentales; Haruki Murakami tuvo algo que ver con ello.

En la juventud creemos que la lectura nos dará conocimiento, educación y una visión más amplia del mundo; con el tiempo descubrimos que los libros son muchas cosas más: son viajes de aventura, entretenimiento, apreciación del arte de escribir; son vidas contadas en biografías y misterios desentrañados por la ciencia. También son aproximaciones al futuro. Quien haya leído o visto “2001: Odisea del Espacio” en la década de los sesenta no deja de sorprenderse ante la clarividencia de su autor, Arthur C. Clarke. La nueva novela “Hail Mary” es un cañón que ahora se exhibe en los cines.

Secretos de la lectura a la luz del día: 

A ratos, sueltos, hay que leer la Biblia, el libro más vendido de la historia. Tal vez no sea el más leído porque las familias occidentales lo guardan como un objeto sagrado y no como un pozo de experiencias humanas de nuestros ancestros, interesantes para todos: creyentes y laicos. No es que debamos ser creacionistas ni fundamentalistas cristianos. No, la Biblia es un gran libro para leerse como fuente directa de nuestra historia judeocristiana. El Nuevo Testamento tiene la virtud de estar escrito con una claridad asombrosa; su estilo es sencillo y directo. “En el principio fue el verbo y el verbo se hizo carne”, Juan 1.1 . Mejor oración que esa: pocas.

Otro libro que puede y debe leerse, aunque sea en ratitos, con “hábitos atómicos”, es El Quijote, fundamento de nuestro idioma y un viaje divertidísimo en las ancas de Rocinante, escuchando al desquiciado soñador Alonso Quijano. Debiera ser lectura obligatoria en la secundaria. Sí, obligatoria: quien no lo lea detenidamente ni cumpla con un examen sobre el libro no pasa a preparatoria. No es mucho pedir.

¿Cómo lograr que las nuevas generaciones se enamoren de la lectura y de la buena literatura? Es difícil transmitir lo que se siente al cerrar la última página de “Guerra y paz” de Tolstoi. Al final hemos conocido y convivido en la imaginación con Napoleón y el general Kutúzov, quien lo venció. Es difícil explicar cómo las novelas de García Márquez nos traen el sabor y el olor caribeños de sal y mar, pero vale la pena intentarlo porque una historia como la de “El amor en los tiempos del cólera” no tiene comparación. (Continuará)

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