Es importante imaginar lo que sería León con un millón de árboles más en sus parques, avenidas, escuelas y colonias abiertas y privadas. Para verlo hay que recurrir a las dimensiones del proyecto. La zona urbana de León tiene unas 25 mil hectáreas; tendríamos que sembrar en promedio 40 árboles por hectárea.
Como no es algo que pueda hacerse de inmediato, se contemplaría una década para lograrlo. Según ChatGPT Pro, se necesitaría una inversión de 170 millones al año para sembrar 100 mil árboles. Además de una reserva para reposiciones del 30 %. El éxito de un proyecto de ese tamaño consiste en acompañar con cuidado las plantas hasta su maduración. La ruta es producir plantas, abrir cepas, mejorar el suelo, instalar tutores y protecciones, regar durante los primeros años, reponer árboles muertos, georreferenciar y monitorear. Por último, también se necesitarían brigadas técnicas.
En 2036 se habrían invertido unos 2 mil 200 millones de pesos si sumamos las reposiciones. Sería la mayor “inversión verde” en la historia de Guanajuato. Se pagaría con creces con la transformación urbana y el cambio de cultura que son tan importantes para lograr el objetivo.
Ayer recibí algunas llamadas sobre el tema de las personas que aman la forestación y comprenden el valor que tiene para una ciudad como León. Entonces comencé a recordar a las personas que mostraron gran entusiasmo por la forestación. Uno de ellos es el arquitecto Roberto García, quien hace unos años tuvo la iniciativa de densificar jardines y colonias. Su ejemplo se perdió cuando la burocracia municipal no brindó el apoyo necesario por razones que desconozco.
Otro ejemplo actual está en el nuevo bulevar del Tajo de Santa Ana, una vía que adoptaron la fábrica de tejas El Águila y la cerámica Trinitate. Con inversión privada, la vía se convirtió en un gran parque lineal de 3 kilómetros. Aparte de la gran contribución social de la escuela de música Trinitate, los dueños transformaron el entorno de lo que, al principio, era una plancha de cemento de cuatro carriles.
Invertir a lo largo de diez años unos mil 200 pesos por habitante en un proyecto de esa magnitud se pagaría con creces. Cambiaríamos el color y el humor de las avenidas; transformaríamos la cultura de las nuevas generaciones enseñándoles las virtudes de habitar una ciudad en un jardín.
Roberto García, me dicen, tenía una organización llamada Foresta. Eso podría reiniciarse con la participación de ciudadanos comprometidos y el apoyo del Ayuntamiento, así como con la ayuda de universidades y escuelas de todos los niveles. Sería un buen punto de partida arbolar los patios de recreo. Sería interesante probar, mediante georreferenciación, que los árboles llevaran el nombre de los estudiantes que los sembraron. El árbol de Juan González, de Miguel Pérez, etc. Hasta geografía podríamos enseñar de pasada si los ubicamos con sus coordenadas. Casi todos los relojes electrónicos con GPS nos indican nuestra ubicación en el mundo. Sé que estoy en la latitud 21.11656 norte y la longitud 101.66343 oeste. A cada estudiante se le podría entregar una estampa o una pequeña placa con el lugar exacto donde se sembró su árbol. Lo recordarían como la canción de Alberto Cortés que dice “Mi padre y yo lo sembramos”. Comencé a divagar, perdón.
Lo que podemos hacer de inmediato es dibujar o renderizar con IA algunas calles y jardines de León para ver cómo quedarían con la densidad proyectada. Es una idea para el Implan.