Con el presidencialismo mexicano, el tiempo ha demostrado que ningún sucesor ha permanecido demasiado tiempo bajo la sombra de quien lo impulsó. En la esencia humana está la clave de este devenir: el poder, una vez conquistado, no tolera sombras. Contaba Luis Spota que las palabras de mayor poder del presidente eran: “Tú serás el próximo”. Y todo el sistema se alineaba en torno al nuevo alumbramiento.
Con los recientes cambios en Morena, la salida de Luisa María Alcalde, Andrés Manuel López Beltrán y el debilitamiento político de liderazgos como Adán Augusto López Hernández, Ricardo Monreal, el relevo de Pablo Gómez en la UIF o la llegada de Ernestina Godoy a la FGR, se define un claro reacomodo interno: disminuyen las figuras centrales vinculadas al núcleo duro del obradorismo y se fortalecen perfiles cercanos, de absoluta confianza, de la Presidenta.
Ese proceso parece comenzar a manifestarse en el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. A menos de dos años de haber llegado a Palacio Nacional, la mandataria ha iniciado una reorganización gradual de su entorno político y administrativo que revela una transición silenciosa: del obradorismo heredado hacia la construcción de un liderazgo propio.
Aunque el proyecto de la llamada “Cuarta Transformación” mantiene intactos sus grandes pilares, como los programas sociales, entre otros, el estilo presidencial personal de gobernar empieza a diferenciarse del sexenio anterior. Sheinbaum conserva la narrativa política del movimiento, pero imprime un sello más técnico, institucional y menos dogmático en el ejercicio del gobierno.
Los cambios realizados en el gabinete y dentro de Morena no parecen simples ajustes burocráticos. Responden a una dinámica histórica del presidencialismo mexicano: conforme avanza el sexenio, la nueva titular del Ejecutivo comienza a desplazar los equilibrios heredados y a consolidar una estructura de lealtades propias. Lo mismo irá sucediendo en Guanajuato con la renovación del Congreso y los ajustes de medio término en el Gabinete, la gobernadora Libia privilegiará lealtades, afinará su estilo personal de gobernar y escribirá su propia historia. Todo, a pesar de las pesadas losas que carga de su antecesor…
En lo nacional, la Presidenta dejará de administrar una herencia política para convertirse en quien distribuya el futuro político. Al principio prevalece la coexistencia entre los grupos del presidente saliente y el nuevo círculo gobernante. Son figuras que representan continuidad, vigilancia política y el recordatorio de lealtades para quién abrió la puerta de Palacio. Pero el tiempo modifica las relaciones de fuerza.
Las diferencias ya empiezan a notarse en áreas sensibles como seguridad y energía: se incrementaron las tareas de inteligencia, la coordinación operativa y las detenciones estratégicas. En materia energética hay una visión más pragmática respecto a energías renovables y participación privada regulada.
Incluso la comunicación política muestra contrastes. Mientras el obradorismo construyó buena parte de su fuerza a partir de la confrontación permanente, Sheinbaum suele privilegiar indicadores, datos técnicos y reuniones con empresarios que marcan una relación más gentil con el capital.
Pero más allá de estilos personales, lo verdaderamente importante es comprender la lógica profunda del presidencialismo mexicano, arraigado ritual que ningún mandatario puede sustraerse. El cargo concentra poder, presupuesto, estructura territorial, capacidad de decisión, control de fuerzas armadas, control partidista y designaciones; entonces, poco a poco, la clase política deja de mirar al anterior y comienza a alinearse con quien controla el presente y, sobre todo, el futuro inmediato.
Usualmente el momento decisivo suele aparecer después de los dos años cuando el mandatario tiene poder de nombrar candidaturas: gubernaturas, diputaciones, plurinominales, dirigencias partidistas y eventualmente se empieza a trazar la sucesión presidencial. Porque en México el verdadero poder no consiste solamente en gobernar, sino en decidir quién podrá gobernar después.
La historia nacional está llena de antecedentes. Plutarco Elías Calles creyó conservar el control sobre Lázaro Cárdenas y terminó expulsado del país. Carlos Salinas de Gortari imaginó continuidad absoluta con Ernesto Zedillo y acabó viendo nulificada su influencia y su hermano en la cárcel.
El presidencialismo mexicano es la reminiscencia del tlatoani, el virrey, el obispo y el caudillo. Primero administra la estructura heredada; después la ocupa; finalmente la transforma. Por eso las sucesiones nunca son simples actos de continuidad. Son, en realidad, procesos silenciosos de emancipación política. Claudia se emancipa: de heredera a dueña del poder.