Durante muchos años, varios acontecimientos que parecían impensables en la relación entre México y Estados Unidos quedaron en el terreno de la especulación. Sin embargo, los últimos meses demuestran que los escenarios “imposibles” ya no lo son tanto y, cuando ciertos precedentes se establecen, el debate deja de estar centrado en si algo puede ocurrir y comienza mejor a enfocarse en cuáles podrían ser las consecuencias.
Las acciones de autoridades norteamericanas contra actores políticos mexicanos han generado una discusión que se centra en el ámbito diplomático, partidista o judicial, sin embargo, hay otra dimensión menos visible pero potencialmente trascendente: el impacto del deterioro de la confianza institucional sobre sectores estratégicos como es el de la salud. Es menester entender que los sistemas de salud actuales no operan aislados, pues su funcionamiento depende de extensas relaciones internacionales que integran financiamiento, investigación, innovación en tecnología, vigilancia epidemiológica, cooperación e intercambio académico y cadenas de suministro. Todas estas variables descansan sobre un elemento que no suele aparecer de manera objetiva en tratados o documentos: estamos hablando de la confianza.
Confiar es ese acto invisible que permite que organismos internacionales se animen a compartir información sensible, que las empresas inviertan miles de millones en proyectos a largo plazo, que las universidades desarrollen investigaciones conjuntas o programas de intercambio y que las agencias regulatorias reconozcan procesos y certificados emitidos por otros países. Ahora, si esa confianza se fortalece, la cooperación fluye naturalmente, pero, cuando se debilita, es cuando aparecen controles adicionales, revisiones exhaustivas y otras preguntas que otrora no se consideraban necesarias.
Algo importante: no puedo atreverme a decir que las organizaciones internacionales suspenderán colaboraciones con México porque haya funcionarios investigados o porque gobernadores enfrenten señalamientos. Sin embargo, tampoco sería prudente de mi parte asumir que los efectos terminarán ahí, pues las instituciones internacionales tienden a reaccionar con mayor lentitud, pero sin ignorar señales persistentes de riesgo. Es decir, lo que comienza como un caso “aislado”, puede transformarse gradualmente en un factor que modifique evaluaciones de riesgos, criterios de inversión o prioridades en la cooperación.
Hablando de investigación clínica, por citar un ejemplo, los patrocinadores internacionales analizan variables más allá de la capacidad técnica hospitalaria o preparación de los investigadores, pues también observan el entorno donde operan y, si la percepción evoluciona hacia la idea de que en nuestro país hay problemas de gobernanza o pobre rendición de cuentas, algunos proyectos podrían enfrentar mayores trabas regulatorias o simplemente irse a otros destinos que sean más predecibles.
Ahora, algo similar ocurre con la inversión en salud, hablando de la instalación de centros de investigación, plantas de manufactura, proyectos de biotecnología o programas farmacéuticos que requieren planeación a varios años. Hay que recordar que los inversionistas toleran la incertidumbre económica, pero no son tan condescendientes con la institucional. Cuando aparecen dudas sobre la capacidad y fortaleza de las estructuras del gobierno, los análisis financieros ahora incorporan variables que antes eran irrelevantes. Importante: no todo se trataría de sanciones o rupturas, sino mecanismos más discretos como auditorías adicionales, revisiones extraordinarias y más meticulosas, requisitos de cumplimiento más complejos o estar menos dispuestos a delegar responsabilidades. Estas son situaciones que no acaparan titulares, pero si terminan por influir en la velocidad con la que los proyectos avanzan y los costos necesarios para llevarlos a cabo.
Es innegable que México tiene fortalezas considerables, pero la experiencia internacional demuestra que la reputación de un país puede erosionarse y esto traer consigo consecuencias de alto calado. Por ello, la verdadera pregunta no es si hoy mismo existe una crisis en el sistema de salud derivada de los acontecimientos recientes, sino cuáles escenarios “inimaginables” podrían dejar de parecer imposibles en los próximos años.
Recuerde, estimado lector, que en salud pública no todas las crisis aparecen de forma súbita, pues hay unas que comienzan con señales dispersas o excepcionales y con advertencias que parecen exageradas en su momento. El problema es que, cuando las consecuencias se vuelven evidentes, la discusión ya no gira en torno al porqué ocurrieron, sino porqué nadie quiso considerar la posibilidad de prevenirlas cuando aún había tiempo.
Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.