Hace tiempo veía las cosas de diferente manera, pudiera decir que de forma incompleta.
No sé cómo explicarlo, mi perspectiva era limitada, y al tener solo una versión de los hechos, cabía la justificación, o tal vez ni siquiera eso. Solo veía y sentía, no habían llegado aún los cuestionamientos.
Solamente era visible una cara de las cosas, llámense acciones o sucesos, y al no poderlas observar de forma completa ni objetiva, me quedé con esa versión de la vida, porque es la que se me había dado a mí. Se había forjado en mi mente como una verdad, mas no por eso, era cierta, verídica, ni justa.
Con la madurez y la llegada de nuevas vivencias a mi vida, es que comencé a confrontar esas acciones que había mantenido en mis pensamientos, que habían permanecido impávidas e incuestionables como cosa juzgada. Y que, vistas desde la óptica actual, revelaban una increíble mezquindad que antes era incapaz de reconocer.
Y no había justificación que valiera, no era justo encasillarlas y darles un título a los egoísmos como cosas bien hechas. Y entonces, comenzaron las preguntas. Tal vez se fueron gestando mientras dormía o divagaba, porque llegaban sin invitación cual intrusas, a invadir mi paz horadando como la polilla.
Aunque traté de mantener mi mundo intacto con mis nuevas reglas en un plano paralelo, no pude dejar de observar esos esquemas antiguos, que, aunque jamás los incluiría en mi convivencia cotidiana, llenaban mi espacio de inquietud y dudas.
Lo más extraño, es que, mirando desde otra perspectiva, adquirí la libertad de cambiar de sitio y hacer una evaluación certera. Y para ser sincera, no me agradó lo que vi, solo sentí el vacío de la incomprensión a destiempo.
No puedo negar y decir que he olvidado, que he borrado mi pizarrón y que solo quedan jirones en mi cielo. No. Mentiría.
Porque al comprender en toda su dimensión y magnitud los hechos, contrastando con la actualidad, no me siento jubilosa de poseer una visión completa. La antigua, la devaluada, se desdibuja deslavada, inocua bajo la lluvia. Yo, sigo construyendo.
Y desde esta nueva dimensión en la que me encuentro, poseedora de la visión global de los detalles, no solo me parecen degradables, sino terriblemente malévolos en la frontera de lo siniestro. Inevitablemente he de reconocer, me sorprendo de forma tardía.
Esto no me convierte en juez, puesto que no puedo dictar sentencia, soy un observador, puedo señalar y decir en donde se encuentra la falta sin enmendarla, me resulta imposible eliminar las manchas de tinta. Solamente me queda aseverar, jurar y prometer que nunca repetiré esos patrones nocivos, porque la maldad no puede replicarse bajo ninguna perspectiva.