Columna de Héctor de Mauleón

Uno descubre de repente que la peluquería de su infancia es ahora un edificio de siete pisos y se queda anclado en la esquina, como Fernando Soler cuando miraba cómo el buque Ypiranga se llevaba el México de sus recuerdos.

Ya no existen la peluquería El Bosque ni esos sábados en la mañana en los que uno era sometido a esa agresión a la autoestima a la que se conocía como “casquete corto”: rasurado casi total a los lados y en la nuca, y en la punta del cráneo un copete militar que las madres aplacaban luego con jugo de limón.

Me han de perdonar, pero para mí… ¡El Bosque! En la mesilla que estaba al centro del establecimiento, más maravillosa que Las Mil y una Noches, el maestro peluquero acumulaba hileras de revistas e historietas con las que los clientes podían tener erecciones, volverse especialistas en los misterios extraterrestres (el maestro era un desenfrenado amante de la revista Duda, cuyo lema era “Lo increíble es la verdad”), conocer las Tradiciones y Leyendas de México, o caer, como diría Monsiváis, en la voluptuosidad de lo horripilante: en las páginas a dos colores, negro y amarillo, del semanario Alarma!

Tantos años después, todavía se me eriza la piel ante el desfile de asesinos, hienas, chacales, prostitutas, adictos y “mujercitos” que el semanario exhibía. El Alarma! combinaba una desmedida exposición de la violencia con titulares que provocaban casi siempre provocaban sorpresa e hilaridad. Había que leerlos rápido, porque eran lectura prohibida en los hogares:

“Olía feo… fumaban de la achicalada!”. “Enloquecióse, a su hermano asesinólo y al hijo golpéolo”. “Bañóse, murióse, qué le pasóse?”. “Escondió a las pecadoras en la azotea, ¡y que se cae!”.

En 1963, el primer titular de esta revista, que llegó a tirar casi un millón de ejemplares en seguimiento del caso de Las Poquianchis, pronto se volvió de antología: “¡No me mates papacito… no he hecho nada malo!” (hacía referencia al caso de una niña de 15 años, salvajemente asesinada por su padrastro).

Entre aroma de Glostora y agua de colonia Sanborns, la peluquería El Bosque fue durante varias décadas la sala de lectura del barrio. En un cartel que presentaba los rostros de modelos, así como de cine y televisión, se mostraban los diversos cortes de pelo que el maestro ofrecía.

En una divertida crónica escrita en los 30 (“Las barberías de la ciudad”), el historiador José L. Cossío recordaba los tiempos en que los barberos, antiguamente llamados alfagemes o rapistas, hacían sangrías, sacaban muelas y practicaban cirugías con verdaderos instrumentos de tortura, en cuyo caso se les conocía como flebotomianos.

Hacia 1859, a los viejos barberos metropolitanos les comenzó a hacer competencia, en la calle de Plateros número 2 —nuestra actual Madero—, el francés Pedro Montauriol, quien fue el primero en imponerle a su local el nombre de peluquería: la novedad era que ahí se rizaba el pelo con tenazas calentadas con carbón, se hacían pelucas y se vendían perfumes y cepillos.

Las clases altas se volcaron a aquel local. El resto de la ciudadanía, sobre todo en los barrios, siguió acudiendo a locales en los que al lado del nombre del propietario aparecía un letrero que anunciaba: “Barbero y flebotomiano” y en el que casi siempre se leía también: “Música para bailes”.

Según Cossío, en la puerta de esas barberías colgaban unos hilos de pita en donde se amarraban, como en un rosario, los dientes y las muelas que el barbero había extraído: una salvaje publicidad que daba cuenta de su profesionalismo y de su crédito. El historiador informa también que en una olla flotaban las sanguijuelas que todos los días eran sacadas a la banqueta para que les diera el sol, y eran empleadas para hacer sangrías.

Según se lee en las crónicas de la época, en estos no sitios no podían faltar la guitarra o el bandolón, colgados de un clavo, ni el gallo bien cuidado y emplumado, amarrado a un banco, que atraía la buena suerte al negocio.

Artemio de Valle-Arizpe recuerda en una crónica que en algunas peluquerías se le introducía al cliente un hueso de aguacate en el carrillo, para mejor desencañonarle la barba. Cossío cuenta –y yo siempre creí que esto solo pasaba en las películas de Cantinflas— , que algunos parroquianos, al terminar de arreglarse, pedían “chaflán”, y que entonces el peluquero tomaba un buche de agua de toronjil “y lo arrojaba medio pulverizado en la cara del cliente”.

A mediados del siglo XIX había en la ciudad 102 barberías y sólo 11 peluquerías. Pero llegaron Escabasse y Pierre Micoló, el del poema de Gutiérrez Nájera, y la peluquería terminó por imponerse: lentamente desaparecieron las guitarras y los gallos; llegaron el poste a tres colores y las revistas e historietas en las que tantos descubrimos el mundo.

Después de años de no hacerlo, regresé a aquel rumbo y El Bosque ya no está.

Buen viaje.

@hdemauleon

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