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Historia 380

Esta es la historia 380 de 450 que te contaremos sobre León

Mónico Galaviz Jurado pasó de una infancia en pobreza extrema a crear El Malcreado, una empresa dedicada a la fabricación y venta de artículos de piel exótica que hoy tiene presencia en la Zona Piel de León.

Su apuesta se enfocó en la piel exótica y el trabajo artesanal. Foto: Erick Hernández

En sus tiendas cerca de la Central Camionera ofrece botas, calzado, bolsas para dama, cinturones y chamarras. Llegó a León hace 15 años.

Hoy tiene 60 años, vende por canales digitales y utiliza las redes sociales para ampliar su mercado.

“No es bonito ser pobre”

A los seis años, Mónico sembraba el campo y cuidaba vacas, cerdos y gallinas en la comunidad de Santa Rita, en Santa Bárbara, Chihuahua, cercana a la Sierra Tarahumara.

Vivía con sus padres, su abuelo y sus ocho hermanos. Cuando la comida alcanzaba apenas para frijoles, recuerda que sus padres decían: “Nos tocó ser pobres… Dios nos vistió de pobres”.

“No, no es cierto… algo más tiene que haber… no es bonito ser pobre”, pensaba.

La educación fue con regaños y golpes: “era lo que se usaba”. Estudió la primaria en su comunidad y la secundaria a cinco kilómetros de distancia. Usaba huaraches de llanta de tres agujeros, como los tarahumaras.

Huaraches que usaba Mónico. Foto: Erick Hernández

“Me decían pata rajada, chero montaperros, indio bajado de la sierra a tamborazos… me bulleaban”.

A los 15 años dejó su casa para estudiar bachillerato, pero terminó trabajando en comunidades de la Sierra de Parral. A los 18 años regresó y trabajó en una maderera. Un año después se casó con María Concepción y juntos se fueron a la ciudad de Parral en busca de oportunidades.

Su primera hija murió por falta de atención médica.

Éramos pobres, no podíamos pagar buena atención y murió porque a mi esposa no la recibieron pronto”.

Ese momento marcó una decisión: dejar de ser pobre, aunque no sabía cómo hacerlo.

Durante años trabajó en distintos oficios: en una maquiladora, en la construcción y en el transporte de personal. Llegó a desempeñar los tres al mismo tiempo.

“Trabajaba trabajando… no tenía sentido”.

Sus maestros: el abuelo y el ingeniero

Su abuelo, Belegario Galaviz, fue uno de sus primeros maestros. Cuando no había trabajo en el campo, cortaba leña. Mónico recuerda que, antes de salir al monte, su abuelo afilaba el hacha.

Con los años entendió la enseñanza: antes de trabajar más, había que prepararse.

Cuando se trasladó con su esposa a Chihuahua consiguió una bicicleta y comenzó como ayudante de albañil. Después fue soldador, carpintero, mecánico, electricista, fontanero y chofer.

Entraba a una maquiladora a las 5:15 de la mañana y salía a las 3:30 de la tarde. Después trabajaba en una construcción hasta las 8:30 de la noche y, más tarde, manejaba una combi para transportar trabajadores. Llegaba a casa alrededor de la medianoche.

Cuando podía, construía su casa con su esposa.

Tenía tres hijos y casi no los veía. Una mañana llamó a casa y pidió hablar con la mayor, de tres años.

Su esposa le pasó el teléfono y la niña respondió:

No, mamá, dile a mi papá que yo no quiero hablar con él, yo lo que quiero es verlo”.

La frase quedó en su mente.

Poco antes, un ingeniero de la construcción también le había hecho una observación. Al ver que Mónico era responsable y trabajador, le preguntó si le gustaba leer. Él respondió que no.

El ingeniero señaló un libro y le dijo: “De nada te sirve ser tan pilas y bien hecho, si no te preparas”.

Comenzó a leer. El primer libro que recuerda fue La búsqueda, de Alfonso Lara Castilla. Leer le costaba; se cansaba y algunas veces se quedaba dormido.

El primer libro que recuerda que leyó fue La búsqueda, de Alfonso Lara Castilla. Foto: Erick Hernández

Con los libros modificó su manera de entender el trabajo.

“Trabajar en el trabajo solamente nos esclaviza porque nos roba tiempo, nos roba enfoque, nos roba energía y nos roba oportunidades”.

También adoptó otra idea:

“Lo importante es aprender de quienes ya tienen resultados. Es hacerle caso al que ya tiene resultados, no al que tiene opiniones”.

Poco a poco dejó sus empleos. Primero la construcción y después el transporte. Se concentró en una fábrica de rines en Chihuahua, donde llegó a ser supervisor de 200 empleados.

Mónico y María Concepción comenzaron a ahorrar y León apareció en su historia.

Durante un viaje familiar conocieron la Zona Piel. El movimiento comercial llamó su atención.

Compraron 14 chamarras para venderlas en Chihuahua entre compañeros de trabajo, amigos y conocidos. Después les preguntaban por botas.

Su primera compra fue de tres pares de botas de piel exótica, adquiridas a fabricantes de San Juan de los Lagos. El negocio comenzó a crecer.

Después trabajó con pequeños talleres de Chihuahua y más tarde instaló su propio taller en el techo de una casa para fabricar sus propios productos. Llegó a tener cinco “piquitas”.

El nombre de la empresa nació de un apodo. Mónico acostumbraba llamar “malcriaditos” a sus trabajadores y ellos comenzaron a decirle “malcreado”. Cuando buscaban una marca, su esposa propuso El Malcreado.

Mónico acostumbraba llamar “malcriaditos” a sus trabajadores. Foto: Erick Hernández

Mónico viajaba a León cada dos semanas por pieles, suelas, hormas, clavos, pegamentos e insumos.

Cuando la crisis económica de 2008 afectó el negocio de las botas en Chihuahua, decidió trasladarse con su familia a León. Llegaron el 28 de diciembre de 2010. Rentaron una casa y  un local a unos pasos de la Central Camionera. El Malcreado abrió en marzo de 2011.

Su apuesta se enfocó en la piel exótica y el trabajo artesanal. Maneja productos elaborados con pieles de caimán, cocodrilo, lagarto, pitón, mantarraya, tiburón y avestruz, entre otras permitidas para su comercialización.

El Malcreado no concentra la producción en una sola fábrica. Trabaja con talleres a los que asesora y acompaña.

Para Mónico, la empresa también es una forma de impulsar nuevos negocios. “Crear empresa, crear empresa”, repite.

Considera que León tiene capacidad para competir en el mercado internacional: “pero necesitamos competir con el mundo, necesitamos reconocer nuestra mano de obra, nuestra artesanía”.

También cuestiona la venta de productos de menor calidad como si fueran originales. Él mismo tuvo esa experiencia cuando comenzó a vender.

Las primeras chamarras que compró eran de carnaza planchada, pero se las vendieron como piel de ternera. La mala experiencia se convirtió en una preocupación.

Su familia participa en El Malcreado. Su esposa trabaja en la línea de chamarras y bolsas para dama; una de sus hijas desarrolla la línea de botas para mujer; otra participa en El Malcreado Premium, y su hijo trabaja en una línea de tenis, zapatos y botas.

Las ventas por internet y las redes sociales ampliaron el negocio.

Para Mónico, crecer no significa hacerlo todo solo.

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