Me preguntas cómo nos hicimos amigos el mar y yo, y es muy largo de explicar. Trataré de ser breve, aunque no sé si pueda lograrlo, porque en esto de los recuerdos, uno se une con otro de forma interminable. Mira, cuando éramos niños, ella nos llevaba a visitarlo, y el trayecto era largo, muy pero muy largo, hasta que ya con la paciencia agotada, finalmente se veía brillar de manera intermitente detrás de las dunas. Por lo regular, ya caía la noche, cansados, ansiabamos estirar nuestras piernas y llegar al destino anhelado.

Finalmente lo veía en toda su magnitud, de un color plateado iridiscente, que, con los últimos rayos del sol, parecía estarme saludando. Mientras mi abuela hacía el registro en el hotel, mi hermana y yo corríamos presurosas, y dejando los zapatos en la arena, mojábamos nuestros pies entumecidos.

Esa noche, no dormí bien por estarlo escuchando. Buscaba ansioso un interlocutor que escuchara sus confidencias, así que mientras yo descansaba, él me contaba historias de naufragios y sirenas, de profundidades inalcanzables y peces nunca vistos por el ojo humano. Mencionó a los cientos de castillos de arena construidos a sus orillas, y a los niños felices que habían jugado por décadas escapando de sus olas. Porque lo recordaba todo, así como todos lo recordamos a él. Porque, a ver, dime tú, ¿podemos tener un recuerdo más hermoso que haber estado en el mar?

Así que, después de esa larga conversación o más bien debiera decir monólogo, en el que yo escuchaba su voz líquida resonando en los cristales, por fin me sorprendió el día y lo pude saludar. Él, me abrazó entre sus olas tranquilas que mojaron mis pies pequeños en ese tiempo, y después de eso ya no salí de ahí, aunque caía sobre mí la amenaza de convertirme en pescado. No me importó, y creo que el demostrarle esa lealtad ciega, fue una de las razones que lo inclinaron para brindarme su amistad. Así que finalmente nos hicimos amigos.

Estando entre sus aguas me di cuenta de que podía conocer el lenguaje de mis pensamientos, porque sentía que lo comprendía todo de mí, sin necesidad de palabras. De pronto, veía venir otra ola suave, o sentía el roce en mis piernas de algún pececillo, pero no me daba miedo.

No es difícil entender al mar, solo se necesita un corazón bueno y toda la disposición de aprender otra lengua que no es la nuestra, pero que existe. Así, sentí que el mar me comprendió, porque tiene un corazón muy grande. ¡Imagínate nada más!, a diferencia del nuestro, que palpita a cada momento, el suyo, da vida al mundo entero a cada ola que revienta en sus orillas.

Y sé que, aunque no nos percatamos, él nos escucha a nosotros, sin importar que nos separen bosques y montañas, cordilleras, kilómetros y kilómetros de distancia, porque su oído es muy fino y puede captar todas nuestras palabras.

Y tal vez por eso se pone triste o alegre por todo lo que está escuchando, que como un ruido de fondo que le lleva el viento, las sílabas lejanas se envuelven en su arena, en su espuma y él tranquilo, o inquieto, escucha.

Había días en que ella me tomaba de la mano y se adentraba conmigo diciéndome: “Vamos a hablarle al mar”, y decía, “ola, ola, ven, ola ola”. Y yo, notaba cómo el mar sonreía. Mi tío, en la orilla, con unos binoculares, seguía el paso de los barcos en el horizonte. A veces crecían al acercarse y veía su bandera, o cómo se encaminaban a puerto. Otros se hacían cada vez más pequeños hasta desaparecer por la curva de la tierra.

En la tarde, juntaba en un vaso caracoles que caminaban, y al verme, escondían sus patas amenazantes y sus ojos saltones. Y así, sin poder evitarlo, llegaba la noche, el tiempo transcurría y se acortaban mis vacaciones.

Hasta que una mañana, tuve que despedirme, y le dije que si pudiera lo traería conmigo de tanto que yo lo quiero, por eso, es que a veces siento el corazón de mar, como si lo trajera dentro, y solo con cerrar mis ojos ya estoy ahí, en su amor líquido, mecida en el vaivén de sus olas.

Pero tú que estás ahí ahora, y que puedes meterte entre sus aguas, extiende tus brazos y contenlo como si detuvieras al mundo entero. Háblale de ti, cuéntale tu historia, que seguramente, él te escuchará sin reproches ni críticas, porque es un ser comprensivo que sabe lo importante de los cambios, porque los ha visto desde su creación.

Viene, va, parece que se estrella contigo, pero pasa como todo pasa en la vida a veces sin darte cuenta. Así que no temas, porque has aprendido a sortear olas, a enmendar rumbos, tienes el refugio de una playa y la amistad del mar.

Por favor, te digo; salúdame al mar. Dile que nunca lo he olvidado, que siempre va conmigo, que agradezco su escucha a pesar de la distancia, y su comprensión marina. Porque sé que tú, replicarás mis palabras sin omitir ninguna, y porque las dos somos entrañables amigas del mar.

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.