Al Sputnik 1, colocado por la Unión Soviética en la órbita terrestre en octubre de 1957 -provocando una conmoción en Occidente-, Estados Unidos respondió con el Proyecto Vanguard, en diciembre de ese mismo año: tras explotar unos segundos después de su lanzamiento, supuso un fracaso monumental. Estos dos acontecimientos suelen considerarse el inicio de la carrera espacial que se prolongaría con varias victorias soviéticas -el primer hombre y la primera mujer en el espacio, las primeras sondas a Venus y Marte-, antes del alunizaje del Apolo 11 el 16 de julio de 1969. El hito desaceleró la competencia y provocó que, en 1975, concluyera de manera simbólica cuando Estados Unidos y la URSS llevaron a cabo su primera misión conjunta, el acoplamiento del Soyuz 19 y el Apolo.

En medio de la nueva Guerra Fría que hoy se tiende entre Estados Unidos y China, su vertiente tecnológica ha tomado el rumbo de la inteligencia artificial. En vez de lanzar un primer satélite, ahora ha sido una empresa estadounidense, OpenAI, la responsable del primer disparo: el lanzamiento de ChatGPT el 30 de noviembre de 2022. Le siguieron la aparición de nuevos modelos occidentales apadrinados por sus grandes conglomerados, Google y Meta, o por nuevas empresas, como Anthropic o xAI. La primera respuesta china ocurrió apenas en enero de 2025, con la aparición de DeepSeek, que demostró que se podía llegar casi a los mismos niveles de sus predecesoras a mucho menor costo.

Entretanto, los peligros que muchos asocian con la llamada inteligencia artificial general (AGI) -“si la construimos nos matará a todos”, la frase que Eliezer Yudkowsky y Nate Soares utilizaron para su libro más reciente- parecen acercarla más a la carrera nuclear que a la espacial. Con una diferencia notable: mientras que la construcción de bombas atómicas estaba reservada a los gobiernos de las grandes potencias, hoy son empresas privadas las responsables del esfuerzo. Más aún: empresas que, tras haberse presentado como iniciativas abiertas destinadas al progreso de la humanidad, se han transformado en opacas fuentes de lucro. Tras la salida a bolsa de xAI, de Musk, OpenAI y Anthropic se preparan para sus ofertas públicas iniciales en este panorama.

No deja de resultar sobrecogedor lo que ha ocurrido en apenas cuatro años. En este tiempo, los desarrolladores estadounidenses se han abocado a fijar los términos de la carrera: modelos cada vez más grandes, en permanente competencia unos con otros -los egos de Sam Altman, Dario Amodei, Demis Hassabis y Elon Musk son irreconciliables-, en aras de alcanzar primero no ya la Luna sino la AGI. Para lograrlo, han recurrido a toda suerte de estrategias: desde inflar sus logros a exacerbar sus amenazas, pasando por ríspidas peleas personales. Durante este lapso, se empeñaron en impedir cualquier regulación que frenara sus proyectos. Solo ahora, cuando creen haber consolidado sus posiciones de mercado -y en medio de la creciente rivalidad con China-, exigen lo contrario: un freno a la carrera y, como insistió Hassabis hace poco, una institución pública capaz de supervisar a los modelos antes de que lleguen al público.

El pasado 27 de julio, China -o una de sus empresas, en teoría privadas, pero bajo fuerte supervisión estatal- cambió de golpe las reglas del juego. Ante las restricciones impuestas por Trump para la adquisición de chips, Moonshot AI decidió abrir su nuevo modelo, Kimi K3, casi tan eficaz como los mejores de Estados Unidos, publicando sus pesos para que cualquier usuario con suficiente capacidad de cómputo pueda descargarlo. El golpe borró de un plumazo 392 mil millones de dólares en las expectativas de valorización de OpenAI y Anthropic y colocó la meta en otro sitio. A partir de ahora, la carrera no es por quién llega primero a la tenebrosa AGI, sino quién consigue volver su modelo indispensable para un mayor número de personas. En espera de la reacción estadounidense, la apuesta china consiste, paradójicamente, en abrir la carrera para que la gane quien logre volverse indispensable.

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