Durante décadas los mexicanos construimos instituciones imperfectas pero indispensables. Un árbitro electoral respetado, un banco central autónomo, organismos de transparencia, competencia económica, una Suprema Corte relativamente independiente, medios críticos, una sociedad civil activa y una economía abierta lo suficiente para atraer inversión, competir internacionalmente y generar millones de empleos. Nada se nos regaló. Nada surgió de la noche a la mañana. Fueron décadas de negociaciones, reformas, errores, correcciones y consensos difíciles. Pero bastó una mezcla de enojo, desencanto y falsas promesas para convencer a millones de que se valía demolerlo todo porque “no podíamos estar peor”.

Hoy sabemos que se podía. ¡Vaya que sabemos! La economía no crece. Sin certidumbre jurídica, los inversionistas nos sacan la vuelta. La corrupción sólo cambió de beneficiarios. Sin transparencia o contrapesos hoy es más grande y descarada. Las cortes se sometieron al “movimiento”. El crimen organizado controla territorios, define elecciones y es socio de políticos a los que el gobierno se rehúsa a enfrentar.

Predomina la ignorancia. Por generaciones la información pasó por filtros editoriales. Los periódicos tenían sesgos y cometían errores, desde luego, pero tenían incentivos para verificar datos, proteger reputaciones y reparar erratas. Hoy la comunicación de millones sólo busca maximizar minutos de atención. Los algoritmos descubrieron que el resentimiento produce más engagement que los matices. Cada clic refuerza prejuicios y nos vuelve sordos a argumentos distintos. Quien no opina como nosotros se vuelve enemigo y a quien es de nuestra tribu le perdonamos casi todo. Preferimos consumir aquello que reafirma lo que ya somos o creemos, que buscar la verdad.

Por eso proliferan teorías conspirativas, xenofobia, revisionismo histórico y la romantización de movimientos violentos (Hamas, por ejemplo). Cuando la identidad importa más que los hechos, la mentira se vuelve útil herramienta política. Los populistas lo entienden. No ofrecen instituciones más fuertes, fabrican culpables (Ruffo, por ejemplo). No prometen reformas vitales, sino destruir lo que nos frustra, aunque después no sepan -o no quieran- reemplazarlo por algo mejor.

Construir prosperidad siempre toma tiempo. Formar jueces independientes tarda décadas. Crear universidades de excelencia requiere generaciones. Consolidar una democracia funcional exige paciencia, acuerdos y una ciudadanía capaz de tolerar la frustración inherente a los contrapesos y con la madurez para respetar el triunfo del adversario, sabiendo que después puede volver a ser su turno. Las sociedades occidentales se han vuelto impacientes e incapaces de sembrar semillas que tardarán, pero cuyo fruto merece la espera. Cuando Kissinger visitó China en 1971, al preguntarles a aquellos líderes su opinión sobre la Revolución francesa, le respondieron que era demasiado pronto para evaluarla.

El hecho de que el Reino Unido estrene su séptimo primer ministro en 10 años refleja un electorado impaciente y con expectativas irracionales. En el otro extremo, Nicaragua propone ya no celebrar elecciones, ante el riesgo de que los malos vuelvan al poder. Deben sonar nuestras alarmas, más por la clara aquiescencia del gobierno de México. Nuestra democracia está en riesgo. Sin alternancia, padeceremos gobiernos aún más ineptos y autoritarios, aunque ya parezca imposible.

México está pagando por confundir legítima indignación con una licencia para dinamitar instituciones. En nombre de combatir privilegios han acaparado facultades. En nombre del pueblo, borran los límites al poder. En nombre de combatir élites construyen nuevas redes de privilegio. Dilapidan recursos públicos en proyectos sin rentabilidad económica o social, más allá de enriquecer sin pudor a quienes les son afines.

Lo valioso toma tiempo. Un árbol tarda décadas en dar sombra. Una democracia tarda generaciones en madurar. Pero ambos empiezan con un primer paso. El verdadero desafío de México no es correr más rápido, sino dejar de hacerlo en reversa.

 @jorgesuarezv

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