Hace tres años, cuando don Roberto Rivero y Góngora estaba por llegar a los cien, lo entrevisté en La nave de Argos. Fue el episodio 204, lo llamamos Una vida de teatro. Al año siguiente, tras haber obtenido el premio Vasco de Quiroga, con la ayuda de Edurne Villanueva y Marco Vanzzini, grabamos en su domicilio una serie de entrevistas pensadas originalmente para un libro que aún no se ha concretado, pero cuya transcripción conserva buena parte de sus recuerdos y reflexiones sobre el teatro. En ellas recorrimos desde sus recuerdos idílicos de Ciudad del Carmen, donde vivió una infancia que atesoraba como un paraíso perdido; hasta sus mudanzas a Minatitlán y a la Ciudad de México, donde recibió el llamado de la vocación a la que dedicaría el resto de sus días. De una afabilidad y memoria extraordinarias, don Roberto hizo desfilar durante nuestras charlas más de setenta años de una carrera interrumpida la semana pasada por su muerte.
Rivero podía hablar de José Solé, Ignacio Retes, Claudio Brook, Manuel Guízar, Carmen Montejo, Felipe Cazals, la dupla teatral de Antonio y Nadia Haro Oliva, o de los grandes montajes del Seguro Social, la Compañía Nacional de Teatro, Bellas Artes o del Helénico; una época vital, de los años cincuenta a los setenta, que nos ayudan a comprender la eclosión del teatro en México durante las décadas posteriores y su vinculación directa con el cine. Rivero encarnaba un compromiso total con el oficio: “Mi labor es mantener un público, crear un público; que el teatro siga vigente y le interese a la ciudad.”
Por esos días de nuestra charla, salía a colación la Antígona montada por Pepe Solé con la Compañía de Teatro Popular del INBA, en el entonces Teatro del Bosque, donde además de actuar y dar sus primeros pasos como director en los ensayos, hizo gala de sus habilidades manuales para construir armaduras, grebas y lanzas metálicas. Más de sesenta años después volvía al personaje de Sófocles para darle vida en Irapuato y presentarla en el museo Salvador Almaraz.
A los cien años, Roberto Rivero seguía preguntándose cómo montar una escena. Seguía preocupado porque los actores comprendieran el texto. Seguía pensando en el público. Seguía haciendo teatro.
A lo largo de toda su vida, ya fuera en México, Campeche o Irapuato, de sus recuerdos se desprendía una convicción: las comunidades necesitan espacios donde reunirse para imaginar otras vidas, reírse de sí mismas, enfrentarse a sus conflictos y sumergirse en historias que de otra manera quizá nunca conocerían. Cultura y convivencia como la de su atesorada Ciudad del Carmen.
Xochipilli, la compañía que fundó con Lupe, su compañera de vida, y de la que también abrevó su hijo, fue esa herramienta de reflexión y descubrimiento. Donde volvía a desmenuzar Antígona, las obras de Agatha Christie, Dickens, Chejov o Benavente; y donde hizo reír a generaciones de irapuatenses con sus irreverentes pastorelas.
Tal vez ésa sea una de las imágenes con las que lo recordaremos: Roberto Rivero frente a un texto dramático, después de toda una vida sobre los escenarios, deteniéndose todavía ante una frase para preguntar qué significa realmente. Sabía que siempre existe algo más por descubrir. Que el oficio nunca termina de aprenderse. Y ésa acaso sea su última y mayor enseñanza.
Roberto Rivero y Góngora
S.T.T.L.
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