Desde hace algunos años, Emmanuel Rincón ha sido una de las voces más entusiastas alrededor de la figura de Donald Trump y su posible influencia en América Latina. Como muchos venezolanos de su generación, creció con un comprensible repudio a la izquierda que destruyó su país. En sus intercambios en Twitter, suele mostrar un ánimo pugilístico, defendiendo las virtudes de una derecha que, en su lectura, puede liberar a Venezuela y al resto de la región del yugo del populismo de izquierda. En la interpretación de Rincón, Donald Trump se convertiría en el catalizador de un cambio mayúsculo: un efecto dominó virtuoso que devolvería la democracia y la prosperidad a los pueblos golpeados por esa izquierda populista y autoritaria que tanto daño ha hecho durante tanto tiempo.
En suma, Rincón ha interpretado a Donald Trump como un factor de disrupción virtuosa en la historia latinoamericana. Mucho más: un parteaguas.
En los últimos días, la realidad ha complicado la lectura de Rincón y sus compañeros de viaje. Después del anuncio del polémico acuerdo petrolero que, según Trump, otorgará a Estados Unidos control mayoritario sobre más de 65,000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo venezolano, alrededor de una quinta parte de las reservas del país, Rincón parecía sacudido. “El presidente Trump pudo haber convocado a elecciones, negociado con el liderazgo legítimo de Venezuela y asegurado las concesiones petroleras del país con la legitimidad y el respaldo del 90% de la población venezolana”, escribió Rincón en Twitter. “En lugar de eso, decidió negociar un acuerdo con Delcy Rodríguez a espaldas del pueblo venezolano, uno que, creo, tendrá un enorme impacto negativo para Estados Unidos durante las próximas décadas”.
Reaccionó de manera parecida ante las revelaciones sobre Alejandro Betancourt, el empresario venezolano que se ha convertido en intermediario del gobierno estadounidense en Caracas. The Washington Post reveló que funcionarios de la administración Trump intervinieron en una investigación penal en Suiza contra Betancourt y buscaron una salida que evitara cargos criminales y restricciones de viaje en su contra. “Alejandro Betancourt es un delincuente de cuello blanco. No hay ninguna diferencia entre alguien como Nicolás Maduro y él”, escribió Rincón en Twitter.
La reacción de Rincón y la confirmación de la complicidad del gobierno estadounidense con la estructura chavista que permanece en el poder deberían ser la lección definitiva para aquellos que todavía insisten, en Venezuela, en México y en otras partes de América Latina, en que la administración Trump puede ser un socio en la reconstrucción democrática de la región.
Si en otros tiempos podía argumentarse que Estados Unidos no tenía otros intereses que los del propio país, el presidente de Estados Unidos hoy parece no tener otros intereses que los propios. “Es una figura esencialmente transaccional”, me dijo en su momento un periodista estadounidense que lo ha seguido de cerca durante décadas. Trump no ha cambiado, y asumir lo contrario es un acto de peligrosa ingenuidad.
En el caso venezolano, el camino hacia la reconstrucción democrática no ha comenzado realmente porque no está entre las prioridades estadounidenses. ¿Cuál es el incentivo, para un gobierno y un hombre puramente transaccionales, de dar paso a procesos democráticos que, por definición, podrían sumar incertidumbre a un buen negocio? “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, dice la frase célebre, atribuida durante años a la lógica de la política exterior estadounidense. Trump ha llevado el dictum a su versión extrema. Delcy Rodríguez y el andamiaje chavista carecen de legitimidad, han hundido al pueblo venezolano en la zozobra, forzado la salida del país de casi 7.9 millones de venezolanos, encarcelado a presos políticos y acumulado una larga lista de atropellos. Nada de eso parece importar al presidente de Estados Unidos, que ha llamado a Rodríguez “enormemente respetada”. Es una radiografía fiel de su personalidad y de su proyecto, como presidente y también para los años siguientes, en los que probablemente buscará beneficiarse del sistema de intereses y negocios que ha construido alrededor del poder.
Donald Trump no es un socio confiable. Emmanuel Rincón lo ha descubierto de la manera más dura. Valdría la pena entenderlo a tiempo.
@LeonKrauze