“Comprendemos la magnitud de la responsabilidad sobre nosotros”
Sam Altman, director de OpenAI, el laboratorio de ChatGPT.
La magnitud de la responsabilidad de los laboratorios de frontera de la IA es imposible de medir. Algunos críticos dicen que están jugando a la ruleta con el destino de la humanidad debido a los riesgos que conlleva una superinteligencia. Es cierto, pero el reverso de la moneda es todo lo bueno que pueden significar los avances tecnológicos acelerados.
Hay millones de personas que esperan remedios para enfermedades crónicas, como el cáncer, la artritis, el Alzheimer o el Parkinson. Hay quienes también quisieran descubrir los múltiples secretos de la ciencia con la ayuda de la potencia de una superinteligencia, como recientemente hizo OpenAI con una de las ecuaciones del milenio: la ecuación de Navier-Stokes, que describe el comportamiento de los fluidos.
Ahora mismo, los usuarios de ChatGPT, Claude, Gemini, Grok y otros modelos de IA descubren mundos antes guardados en miles de libros de bibliotecas o en la nueva enciclopedia llamada Wikipedia. Confundidos por la potencia de la IA, descubrimos que la sed de conocimiento humano se amplía cada semana. Este septiembre, expertos de los laboratorios de IA se plantearon una de las preguntas más interesantes: después de que la IA ha demostrado poder crear modelos más avanzados por sí misma, con muy poca o sin intervención humana, ¿qué sucederá? Le llaman “Recursive self-improvement” o “automejora recursiva”.
La educación formal sufre enormes cambios debido al fácil acceso de los estudiantes a los modelos de IA. Vemos cómo la facilidad para comprender asuntos complejos e investigar en las ciencias y las humanidades abre horizontes para todos los interesados en aprender. También escuchamos quejas sobre la reducción de la capacidad cognitiva de los educandos en países tan desarrollados como los nórdicos. La tarea puede hacerla la IA en menos tiempo que canta un gallo. El problema no es de los estudiantes y menos de la herramienta, sino de la actualización de las escuelas en sus programas, que no han sabido seguir el ritmo del desarrollo tecnológico.
Lo cierto es que hay una explosión del conocimiento y de su potencia. Pedí a ChatGPT que me listara 10 descubrimientos científicos logrados en lo que va del año y respondió en 11 minutos: virus que atacan a bacterias infecciosas, nuevos catalizadores, medicamentos para aliviar la enfermedad macular de la vista, nuevos materiales superconductores, entre otros. No es que la velocidad de los descubrimientos se haya multiplicado por cien o por mil, sino que su alcance se ha extendido a todas las áreas del conocimiento.
Millones esperan la cura del cáncer de pulmón o del melanoma de la piel, que podrá obtenerse gracias a la investigación y el desarrollo en laboratorios asistidos por la IA. A Estados Unidos llega la paranoia ante la destrucción que puede causar una superinteligencia, pero también brilla la esperanza en la medicina, la energía de fusión nuclear, el crecimiento de la productividad en todas las industrias —que comienza a darse— y la investigación básica en las ciencias, base de todo progreso a largo plazo.
Si internet fue una fuente inagotable de conocimiento humano, la IA cobra una dimensión inimaginable con la superinteligencia, en la que la herramienta contará con un equivalente a un IQ de 6000, comparado con el promedio humano de 100; unas 30 veces mayor que el de Einstein o el de cualquier genio en la historia*. Esto apenas empieza.
*Bostrom, Nick.
Superinteligencia, caminos, peligros, estrategia.
Oxford University Press.