Para ser quien más se ha empeñado en convertir a cada ser humano en un producto digital, se le aprecia sin falta obsesionado con su cuerpo, como si no estuviera acostumbrado a habitarlo. Parecería requerir una serie precisa de instrucciones -de prompts- para desplazarse en el espacio o siquiera mover un músculo. La ironía resultaría deliciosa si no fuera tan siniestra: el inadaptado y ambicioso joven de La red social (David Fincher, 2010), transformado en el ente maquinal, desprovisto de emociones, solo preocupado por su físico -y sus descomunales ingresos- que comparece dieciséis años después, casi como un maniquí, en The Social Reckoning (2026), ahora dirigida por el siempre brillante guionista de ambas, Aaron Sorkin.
Aunque a primera vista Jeremy Strong, el inestable protagonista de Succession, está lejos de asemejarse a Mark Zuckerberg, consigue suplantar su voz y sus ademanes con una precisión escalofriante: su villano resulta tan poco humano -que no es lo mismo que inhumano-, tan artificial, que cuesta aceptar que en efecto sea parte de nuestro mundo. Y no solo eso: que sea uno de los hombres que mayor influencia ejercen en nuestras vidas, en buena medida por nuestra propia comodidad y dejadez.
Si en su antecesora Zuckerberg se revelaba como un muchacho sinuoso y avispado -y, a la vez, profundamente banal en su avaricia-, los años no le concedieron la menor madurez afectiva, sino un caparazón con el cual desentenderse de la suerte de sus usuarios. Sorkin, acaso el más inteligente escritor de diálogos de Hollywood, lo convierte en una especie de Nerón de la era digital: un emperador inmutable y enteco cuya sola mirada congela a sus subordinados, incapaces de recordarle su condición mortal. Así lo vemos casi toda la película, en el trono que le han montado en un estudio, obsesionado con ensayar las réplicas que dará a la posteridad para justificar su pasmo.
Construida siguiendo el modelo habitual del duelo de David contra Goliat que tanto encandila a los estadounidenses, The Social Reckoning muestra cómo una mujer igualmente antisocial, a la vez fervorosa y recta empleada de Facebook, se atreverá a enfrentarse a su antiguo jefe tras descubrir que el objetivo de su empresa no consiste tanto en conectar a los seres inadaptados como ella con sus pares, cuanto en mantenerlos capturados en la pantalla, así sea al costo de que sean manipulados y adoctrinados sin tregua.
Pese a que Mikey Madison encarna con inteligencia y sutileza a una Frances Haugen cuya fragilidad deviene la razón misma de su fuerza -bien acompañada por el Jeff Horwitz de Jeremy Allen White-, la épica de estos dos compañeros de batalla se estrella con el presente: aunque los dos hayan logrado demostrar que a Facebook no le importaban ni las noticias falsas ni los daños mentales de los usuarios ni, por supuesto, los algoritmos que han conducido a millones a los sitios dominados por la derecha supremacista o las teorías de la conspiración, los espectadores no podemos obviar que, tras la comparecencia de Haugen ante un comité del Senado en 2021, el Zuckerberg de 2026 es mucho más poderoso -y mucho peor- que el de entonces.
Si la película resulta todo menos el recuento del ajuste de cuentas que promete su título se debe a que, pese a los heroicos esfuerzos de Haugen y Horwitz, en la actualidad Meta es una empresa aún menos transparente: si, tras el asalto al Capitolio, Zuckerberg no tuvo más remedio que bloquear la cuenta de Trump, hoy se presenta como uno de sus más fieles aliados -por ejemplo, en su rechazo a la regulación estricta de la inteligencia artificial- y, tras pagar una multa que no le hace mella, mantiene enganchados a sus modelos a millones que aceptamos ser sus ratas de laboratorio. Al final, The Social Reckoning es el recuento de un doloroso fracaso: el que permite que ese Zuckerberg robótico, que ahora busca conquistarnos con un peluche provisto con IA, continúe inmiscuyéndose a diario en nuestras vidas.