Una noche, una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas, según dijo el poeta, en el Ensalivadero, solitario sitio alejado de la ciudad al que acuden las parejas en trance húmedo, el joven Tolera se sorprendió al ver que su novia llevaba el cinto del vestido en los tobillos. Antes de que el galán pudiera dar voz a su extrañeza le explicó ella: “Mi mamá me tiene dicho que no me deje tocar abajo del cinturón”. Don Obito vivía sus últimos momentos. Con feble voz se dirigió a su esposa: “¿Me amaste, Ortigia?”. Respondió ella: “Sí”. “¿Encontraste a mi lado la felicidad?”. “Sí”. “¿Me fuiste fiel?”. “¡Ay, Obito! ¡Que preguntón te has vuelto!”. Cierto señor contrató a una empleada doméstica. Le dijo: “Se encargará usted de lavarme la ropa, y todo lo demás”. Acotó la mujer: “La ropa se la lavaré, pero todo lo demás tendrá que lavárselo usted mismo”. Sonorosa palabra es “sindéresis”. Todas las palabras esdrújulas son muy sonoras: máximo, déspota, pérfido, vándalo, estúpido. ¿Qué significa “sindéresis?”. Es la capacidad para juzgar bien las cosas. Ese buen sentido le faltó a la Presidentaa Sheinbaum cuando usó en uno de sus discursos la expresión que como cantaleta usaba su predecesor: “me canso ganso”. En vez de cobrar propia personalidad, la señora sigue atada, en forma consciente o inconsciente, al cacique morenista, y se presenta como simple instrumento de quien la puso donde está, a la manera en que Pascual Ortiz Rubio, “El nopalito”, lo fue de Plutarco Elías Calles. Los consejos que se piden los inspira Dios; los que no se piden son inspiración del diablo. Lejos de mí la temeraria idea de pretender aconsejar a la Primera Magistrada de la Nación (hay quienes dicen que es la segunda), pero me atrevería a pensar que no debe usar ninguna de las expresiones de AMLO, para no exponerse a que la gente diga: “Mira, hasta habla igualito que él”. En lengua de taurómacos se dice que el torero no sólo debe serlo: también debe parecerlo. (El Pana parecía torero. Morante de la Puebla parece picador o cochero). La Presidenta debe serlo y parecerlo hasta en la forma de hablar. De otra manera seguirá siendo solamente la encargada del segundo piso. Cumplida está la modesta misión que me he asignado, de orientar a la República. Puedo entonces, con la satisfacción del deber cumplido -séame permitido el uso de esa frase inédita-, relatar un chascarrillo final antes de irme a mi sillón frailero a continuar la lectura del Quijote, por cuarta o quinta vez, con las sabias anotaciones de don Francisco Rodríguez Marín. En el Bar Ahúnda dos sujetos se hicieron de palabras, e iban ya a pasar a la obra. Uno le dijo al otro: “¡Yo no soy el pendejo de nadie!”. “Pobrecito -se compadeció el otro-. Huérfano. ¿Quiere que le ayude a buscar quién quiera hacerse cargo de usted? Así podrá ser el pendejo de alguien”. Don Algón, salaz ejecutivo, quería conseguir los favores de Mesalia, vedette en el Teatro Pelía, donde cada noche cantaba coplas sicalípticas: “Tengo un jardín en mi casa / que es la mar de rebonito, / pero no hay quién me lo riegue, / y lo tengo muy sequito. / Venga usted con su manguera, / yo lo invito a trabajar, / porque como es tan chiquito / tiene poco qué regar”. A fin de convencer a la cupletista de ceder a sus lúbricas instancias, don Algón aplicó el antiguo apotegma romano del do ut des, te doy para que me des, y le regaló a la farandulera un abrigo de mink de legítima procedencia tepiteña. “Gracia, don Alguito -le dijo ella al recibir la prenda-. Este abrigo lo mantendrá calientito durante todo el invierno”… FIN.
Mirador
-No me gusta hacer milagros -decía San Virila-. Rompen las leyes de la naturaleza. Pero el Señor me puso el mal ejemplo.
Hace unos días el padre portero extravió sus llaves. Tras buscarlas inútilmente le pidió al frailecito que le hiciera el milagro de encontrarlas. Le dijo San Virila:
-Manos que no cogen, paredes desechan. Vamos a buscarlas juntos.
Tras un rato de búsqueda dieron con el llavero.
-¿Lo ves? -le dijo San Virila al de la puerta-. Juntos podemos hacer muchos milagros.
Antes los hacía él solo. Desde luego no llegó nunca a detener el sol o resucitar a un muerto. Esos milagros son para profesionales. San Virila es un mero aficionado. Sus milagros eran pequeños, como hacer que un árbol se inclinara para que pudiera bajar el gatito que había trepado a él y no podía descender.
-Pero milagros son milagros -dice San Virila-. Lo mejor es no hacerlos.
¡Hasta mañana!…
Manganitas
“. Trump quiere apoderarse del Estrecho de Ormuz.”.
Está haciendo mal papel,
pero viene la elección
y quiere fingir acción.
Más bien el estrecho es él.