Salamanca, Guanajuato.- Con la cercanía de la Nochebuena y la Navidad, en las calles del centro de la ciudad comienzan a sentirse las tradiciones que, año tras año, renacen. Entre ellas, destaca la costumbre de vestir al Niño Dios. Esta práctica no solo simboliza devoción, sino que también impulsa la actividad económica de comerciantes como Mónica Cruz.
Desde hace casi dos décadas, Mónica ha dedicado su vida a la venta de atuendos para el Niño Dios. Este oficio lo heredó de su madre y hoy lo mantiene vivo desde su puesto ubicado en las inmediaciones del mercado Tomasa Esteves, sobre la calle 5 de Mayo, entre Abasolo y Aldama.
Mónica oferta estos productos durante todo el año, pero en diciembre es cuando recibe a más gente que busca el traje para el Niño Dios.

A decir de la comerciante, durante la Nochebuena, los trajes tejidos son los preferidos. Estos se confeccionan desde tamaños diminutos hasta la talla que puede vestir a un bebé. Estos atuendos van desde los 50 hasta los 170 pesos y se convierten en la opción ideal para arrullar al Niño Dios en familia.
Pero la dinámica cambia conforme avanza el calendario, y para el 2 de febrero, Día de la Candelaria, los fieles suelen inclinarse por los atuendos tipo vestido. Sus precios oscilan entre los 50 y los 610 pesos, dependiendo del tamaño y la calidad de los materiales.
Los vestidos más pequeños se elaboran con tela de razo. Para los modelos más grandes, más vistosos y de mayor elaboración, se utilizan shantung de gasa y encaje guipur.
“La tradición de vestir al Niño Dios se conserva”
Los trajes tejidos, en su mayoría provienen de talleres artesanales de San José Iturbide y la Ciudad de México. Los vestidos llegan desde Abasolo y Yurécuaro, Michoacán, lo que demuestra que esta tradición genera trabajo en varias regiones del país.
Las ventas comienzan a subir desde el 15 de diciembre. Sin embargo, es entre el 20 y el 24 cuando las familias acuden en mayor número a comprar el trajecito tejido, el ropón o el vestido.
La tradición de vestir al Niño Dios se conserva, es algo que no se pierde. A mucha gente no le importa el precio, sobre todo la gente de las comunidades rurales tiene muy arraigada esta costumbre”.

Para Mónica, estos pequeños atuendos representan más que un sustento. Son parte de una herencia cultural que mantiene viva desde hace veinte años. Y mientras la ciudad se ilumina con luces festivas, su puesto continúa siendo un punto de encuentro. La fe, la tradición y el trabajo se entrelazan en cada traje confeccionado para el Niño Dios.
SS