El Campus Campestre de la Universidad La Salle Bajío fue el recinto que recibió a Laura González del Castillo, la alpinista leonesa que recientemente regresó de su primer ascenso al Everest, después del fallecimiento de su compañero de vida, Yuri Contreras.
Juntos vivieron miles de aventuras en las montañas y, tras la partida de Yuri, Laura firmó una promesa: llevar consigo sus cenizas hasta la cima de la montaña más alta del mundo.
Son más de 8 mil metros de altura los que separan la cima del Everest de la vida cotidiana. Laura comenzó su travesía por el lado de China, pero el grupo suizo con el que originalmente realizaría la expedición canceló el viaje, por lo que tuvo que modificar su camino y cruzar por Nepal hasta integrarse a una expedición neerlandesa liderada por Foster.
El viaje comenzó en Katmandú, donde Laura conoció al grupo con el que emprendería un camino de aproximadamente dos meses hasta llegar a la cima.

“El principal problema de las montañas es que con la altura, la cantidad de oxígeno es menor. No es que falte, pero por la altura disminuye la presión atmosférica. En una montaña de 8 mil metros tenemos un tercio del aire que tenemos aquí. Si ahorita fuera posible llevar a alguien de aquí a la altura del Everest, moriría en menos de cinco minutos. Por eso son fundamentales los trekkings”, comentó.
Durante la expedición se puede viajar entre ocho y doce horas por día, tratando de avanzar aproximadamente 500 o 600 metros diarios. Cada paso representa un esfuerzo de adaptación para el cuerpo y la mente, en un ambiente donde cualquier error puede tener consecuencias.
Un viaje especial
Su hija Andrea, la mayor de sus dos hijos, acompañó a su madre durante la primera etapa del viaje, antes de llegar al campamento base. Para Laura, compartir parte de esta expedición con su hija representó una experiencia especial.
“Cuando Yuri y yo nos íbamos los dejábamos durante dos meses. Muchas veces me preguntaban: ‘¿Tus hijos qué dicen cuando se van a la montaña?’. Yo siempre digo que ellos nos apoyaban en todo momento, pero cada despedida cuando nos íbamos, era no saber si nos volveríamos a ver. Y así de duro era para ellos todas esas expediciones”, comentó.
El camino llevó a madre e hija hasta el Mera La, a aproximadamente 5,400 metros sobre el nivel del mar. Ahí compartieron un último momento antes de que Laura continuara su camino por su cuenta.
“Una noche, mientras estábamos cenando, ella me gritó que saliera a ver el cielo. Ante ese paisaje le dije que ese fue nuestro regalo de despedida, sin la certeza de que nos volveríamos a ver”, comentó.
Vencer la duda con un objetivo claro
Antes de comenzar el ascenso desde el campamento base, Laura participó en una ceremonia de Puja, una tradición en la que se pide permiso y protección a la montaña antes de iniciar el recorrido hacia la cima.
Después comenzó el ascenso por la Cascada de Hielo, una de las zonas más peligrosas de la ruta hacia el Everest. El camino hacia el Campo 1 se desarrolla sobre un glaciar en constante movimiento, por lo que los montañistas deben realizar diferentes subidas y bajadas como parte de su proceso de aclimatación.
Al llegar al Campo 1, Laura y sus compañeros fueron recibidos por una tormenta.
Yuri solía decirle que las tormentas siempre parecían peores cuando se escuchaban desde adentro.
“Yuri siempre decía: ‘La tormenta siempre se oye peor cuando estás adentro. Cuando sales te das cuenta de que no era para tanto’. Ese día salí, a pesar de que mis compañeros me insistían que me metiera, pero permanecí ahí. Cuando la tormenta se disipó pude ver por primera vez la cima del Everest”, comentó.
Camino al Campamento 2, Laura tuvo un colapso emocional. La altura comenzó a afectarle también a nivel mental, hasta llegar a un punto en el que sufrió un fuerte bajón emocional, sintiéndose sola y triste, con la duda de abandonar la expedición.
Sin embargo, en ese momento crítico, el apoyo de sus hijos fue vital para permanecer en la travesía y aferrarse con toda su voluntad a la meta que se había propuesto.
“Me acuerdo que les marqué a mis hijos. Siempre me apoyaron. Andrea me dijo que había hecho suficiente, que si llegaba hasta ahí me regresara, que no iba a pasar nada. Pero decidí seguir, porque el motivo que me había llevado hasta ese lugar me hacía entender por qué estaba ahí”, comentó.
La expedición continuó, aunque el camino hacia el tercer campamento presentó nuevas dificultades. El ascenso al Campamento 3 estaba planeado para el 20 de mayo, pero tuvo que retrasarse debido al tráfico de personas en el sendero. Esta fue una de las partes más complicadas para Laura, ya que los tiempos de espera aumentaron considerablemente en el camino hacia la parte más alta de la montaña.
Cuando finalmente llegó el momento de continuar hacia el Campamento 3, el grupo replanteó el ascenso para intentar arribar sin tanta gente en el camino.
“Fue un día complicado. Nos vimos atrapados entre tantas filas, con momentos en los que podías estar más de una hora parado sin la posibilidad de moverte. Muchas veces me pregunté: ‘¿Esto qué? Esto no es escalar’, pero teníamos que seguir”, recordó.
Después de semanas de caminar, aclimatarse, esperar y superar las dudas, Laura finalmente logró llegar a la cima del Everest. Ahí llevó a cabo la promesa que había hecho a Yuri, con las cenizas de quien durante años fue su compañero de vida entre sus manos, Laura encontró un momento que describió como mágico.
“A la hora que yo saqué las cenizas dije: ‘Van a volar y le van a dar en la cara a alguien’, pero no fue así. En un acto mágico, saqué el botecito y, de repente, el viento se paró. Para mí fue una señal que me dio la montaña para indicarme que estaba lista para recibir sus cenizas, ahí donde él pertenecía”, relató.
Las montañas siguen
Después de esta experiencia, Laura planea continuar con su entrenamiento. Aunque reconoce que regresar a una montaña de más de 8 mil metros implica dedicar una gran cantidad de tiempo, no contempla alejarse de aquello que durante años ha formado parte de su vida.
“Voy a seguir entrenando porque es parte de mi vida. Nunca se sabe si voy a regresar al Everest, pero también fue una promesa que les hice a mis hijos: ya no ir a las montañas de 8 mil metros por el tiempo que implica. Pero no voy a dejar de entrenar, porque es lo que a mí me da vida”.
“Las montañas no se van a terminar de mi vida. Seguiré regresando a ellas, porque ahí está mi vida”, comentó.
Para Laura González del Castillo, la última gran expedición no terminó cuando abandonó el Everest. La montaña se convirtió en el lugar donde cumplió una promesa, enfrentó la ausencia de Yuri y encontró la fuerza para continuar.