Historia 097

Esta es la historia 097 de 450 que te contaremos sobre León

El cronista gráfico de la ciudad, José R. Mena Valle, quien dejó el registro de León en fotografías merece ser reconocido en toda su magnitud. Con sus cámaras retrató a León “de cuerpo entero”: sus edificios, su transporte, su ropa, sus escuelas, sus calles, sus iglesias, su tren y su estación; la vida, en pocas palabras. 

De aficionado se convirtió en el relator fotográfico de la ciudad y, aunque durante años su obra fue apreciada sin que se supiera con certeza de quién era, hoy en todo el mundo se reconoce que las mejores gráficas del León de los 20, 30 y 40 son suyas.

Mena Valle nació en San Felipe el 28 de noviembre de 1880 y falleció en León en 1966. El primer evento oficial en el que se reconoció su valor fotográfico e histórico ocurrió durante una exposición en el Museo de Identidades de León (MIL), en 2022, cuando sus familiares, mediante una memoria entregaron solo mil de las miles de fotografías que tomó. Aquella entrega fue un corte mínimo de un archivo inmenso que, con el paso del tiempo, se volvió testimonio de una ciudad que cambió de rostro.

Su vida, además, fue la de un trotamundos. Al quedar huérfano a los 16 años, lo mandaron con un tío a La Luz, en la zona minera, donde trabajó por cuatro años. Ahí aprendió inglés, mecanografía y contabilidad. Luego se fue a trabajar a Guanajuato, a la tienda de franceses los Lizagarrege.

Después vino a León y, por recomendación de los galos, emigró a Atlixco. Más tarde retornó a León ya casado en segundas nupcias con María Hernández Flores.

Su hija, Rosa María Mena Hernández, se muestra contenta al ver que se reconozca el trabajo fotográfico de su padre y que sus imágenes se difundan con crédito en libros –entre ellos los del cronista Luis Alegre–, en museos como el MIL y en sitios de internet. Ella lo dice desde una memoria personal, íntima:

“A mí me tocó un padre bueno; imagínese tener una niña a los 61 años, yo era la consentida, a mí me traía de un lado para otro, me tocó su etapa en la talabartería. Era contador, pero era muy activo”.

José R. Mena y su hija Rosa María Mena Hernández. Foto: Cortesía de Rosa Mena

Mena Valle no fue solo fotógrafo: fue comerciante, talabartero, contador y artista. 

Hay fotos suyas de todos los lugares donde vivió: Guanajuato (en 1911), Atlixco y León. Fueron “miles y miles”, mismas que –según relata su familia– quedaron resguardadas tras su muerte. En ese trayecto, el doctor Manuel Ángel Aranda Portal aparece como una figura clave en el destino del acervo: se refiere que el material llegó a sus manos y, con el tiempo, dimensionó lo que tenía.

Ahora valoro el tesoro que nos dejó y las técnicas que utilizó en su tiempo, además del valor histórico”, señala el doctor Aranda Portal.

Rosa María explica que la actividad fotográfica de su padre era, al inicio, la de un aficionado disciplinado:

“Se iba con mis hermanos todos los domingos a tomar fotos a recorrer León a pie. Un domingo un barrio, y luego a otro y a otro”.

Cuenta que después continuó con sus hermanos hasta que llegaron a cansarse, porque tras el recorrido tenían que revelar fotos “en el sistema viejito”. “Me decía que era muy estricto con ellos”, recuerda.

Ese impulso lo llevó incluso a comercializar su trabajo.

Empezó a vender postales en las librerías y papelerías; están registradas en una serie que nunca les puso su nombre, solo su JM y de dónde eran. Las vendió en postales para tener ingresos”, relata.

Y en ese punto aparece uno de los episodios que marcó la dispersión de su autoría:

“Un señor encontró los negativos, les sacó amplificaciones y empezó a venderlas en todo León. Quizá lo hizo por ignorancia”.

José R. Mena Valle, el fotógrafo de León

Para su hija, su padre era un hombre de método: “Ordenado, metódico, trabajador. Era muy creativo”.

Ella aclara que le tocó cuando ya casi no tomaba fotos, pero en casa había películas de 8 mm de cuando ella era niña. Lo recuerda fabricando cosas: espejos, jabones, carpintería y muchos muebles, además del trabajo en piel.

“A mí me tocó la talabartería”, dice, y agrega una imagen cotidiana de aquella etapa:

Yo lo acompañaba a las tenerías a comprar, vivíamos en la Aquiles Serdán, frente al Sanatorio Moderno… por eso me acuerdo del Barrio Arriba”.

Describe con detalle lo que veía de niña:

“Recuerdo muy bien que entrábamos a las curtidurías y me gustaba ver todo eso y el olor y todo. Compraba pieles. Hacía carteras, portafolios, cinturones, correas para reloj. Mi mochila siempre estaba bien hecha, cosas de piel”.

Y remata con una idea que, para ella, define su constancia:

“Fue así hasta morir, siempre estaba haciendo cosas de piel. Para Navidad las fábricas le mandaban hacer cientos de cinturones, carteras; le ponían el sello del obsequio determinado quién y para quién”.

¿Qué lo llenaba?

Rosa María no duda: “Tomar fotos, ese era un gusto”.

Asegura incluso que su padre llevaba registro técnico: “inclusive tenía registrado con qué lente las había tomado”. Su afición, dice, lo llevó a vender imágenes en papelerías y librerías para obtener ingresos y, con el tiempo, a ser reconocido.

El reconocimiento público

Cuando se le pregunta por un reconocimiento tangible, lo ubica con claridad:

“Fue en la exposición que pusieron en el MIL en 2022. Mi esposo las digitalizó y les pasó una memoria, unas mil, y ellos las escogieron. Son muy cuidadosos de darles crédito”.

Añade que también se donaron a León en Digital y subraya la importancia de que se acrediten: “El cronista Luis Alegre nos ha hecho mucho favor de hacerles promoción y darles el crédito”.

Una obra que no debía seguir sin nombre

En el cierre, la familia insiste en el punto central: el crédito. Rosa María lo dice con emoción, como una forma de justicia:

“Me da mucho gusto que reconozcan la obra de mi papá, que tanto tiempo estuvo su obra no perdida, sino más bien ignorada, porque no sabían de quién era. Donde vean esa J y esa M al calce de las fotos, son de mi papá; era su logotipo”.

Y completa el reclamo, sin estridencias, pero con firmeza:

“Agradezco reconozcan que son suyas, que se respete, que no le ponga el sello de otra persona. Eso han hecho por ignorancia, quizá”.

Así, entre calles, barrios y oficios –contador, talabartero, comerciante y artista–, José R. Mena Valle dejó un archivo que hoy permite volver a mirar el León de su tiempo con una certeza fundamental: esas imágenes tienen autor, y ese autor merece ser nombrado.

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