Se sabe que las pruebas PISA son evaluaciones internacionales de la OCDE para descubrir si los jóvenes de 15 años pueden utilizar lo aprendido en la solución de problemas de la vida real. También sabemos que, en matemáticas, en la interpretación de tablas y estadísticas, en la utilización de porcentajes, geometría y álgebra, en la comprensión de textos y de fenómenos científicos para tomar decisiones, en todos esos rubros, la inmensa mayoría de los estudiantes mexicanos salió reprobada: los jóvenes no supieron combinar conocimientos sólidos con la suficiente capacidad de razonamiento para resolver las aplicaciones.
Mientras que los estudiantes mexicanos no alcanzaron los niveles básicos en ninguna materia y en un escandaloso porcentaje no lograron explicar lo leído en una sola cuartilla, ni pudieron llevar a cabo las más elementales operaciones aritméticas, en otros países, sobre todo los asiáticos, ostentaron una envidiable destreza en tecnología, en robótica y en inteligencia artificial, gracias a que los maestros también fueron capacitados para enseñar con humanoides y, facilitar así a los jóvenes el manejo operativo de robots para ejecutar sorprendentes tareas.
En Singapur, en 1960, el ingreso per cápita era de 428 dólares estadounidenses, mientras que el de México se situaba en aproximadamente 355 dólares. Hoy en día, la realidad económica de ambos países es muy distinta: el ingreso per cápita de Singapur supera los 94,000 dólares anuales, mientras que el de México ronda los 13,800 dólares. La brutal diferencia se entiende desde que Singapur obtuvo el primer lugar en las evaluaciones PISA en 2026, mientras México fue a dar al lugar 37 de 38 entre los países miembros de la OCDE. ¿Empieza a quedar claro por qué el PIB de aquella isla del sudeste asiático, es casi 7 veces mayor que el de México?
El escandaloso desplome de la educación en México lo ocasionó, en buena parte, el furioso “Atila macuspano”, quien llegó a destruir lo logrado en diversas generaciones de mexicanos. De acuerdo, solo que si no existen las culpas absolutas, me pregunto, ¿dónde termina la responsabilidad del gobierno y comienza la culpa de la “Unión de Padres de Familia” que agrupa a madres, padres y tutores que ejercen la patria potestad de los alumnos inscritos en instituciones educativas? ¿Acaso no representan ante las autoridades escolares los intereses de los estudiantes y deben conocer y resolver las irregularidades que afecten a los alumnos, entre otros objetivos?
Ante semejante desastre educativo, tal y como propongo en mis conferencias dictadas a lo largo del país, sugiero, a modo de una protesta colectiva “Un Día sin Clases en toda la República”, tan solo un día, para mostrar la fortaleza de dichas uniones ante el gobierno troglodita. ¿Los padres de familia conocerán los nombres de los profesores sus hijos, así como lo que les enseñan en las aulas.? ¿Habrán leído la inmundicia de los libros de texto gratuito? ¿Pensarán que sus obligaciones concluyen al depositar a los pequeñitos en las puertas de los colegios, en donde se incuba la mediocridad y el rencor debido al acaparamiento del ingreso de los más capacitados en contra de las masas ignorantes?
¿No sería una maravilla que las uniones de padres de familia, para comenzar, se abstuvieran de mandar a sus hijos, un día específico, a la escuela, de modo que autoridades y sindicatos de maestros entendieran que la sociedad ya no está dispuesta a continuar con el proceso de idiotización de la niñez que compromete severamente el futuro de la nación, en un mundo tan competitivo tecnológicamente? ¿A dónde vamos con un país de reprobados?
¿Y si las dichas uniones organizaran una marcha multitudinaria para exigir una mejor educación que, hoy en día, se encuentra secuestrada por una pandilla de “maestros” y de líderes sindicales enriquecidos con cargo al erario abastecido con esfuerzos inenarrables de los contribuyentes mexicanos? ¿Qué tal si, por ejemplo, el próximo miércoles 4 de noviembre, ningún niño mexicano asistiera a la escuela para exhibir el poder de organización de las uniones de padres de familia? ¿Cuál sería la respuesta de autoridades y sindicatos ante el repentino despertar de una sociedad finalmente unida y harta de la pésima calidad de la educación?
Los padres de familia tendrían la palabra, siempre y cuando ese día no jugaran las chivas contra el América.