León.- “Amigo organillero, arranca con tus notas pedazos de mi alma, no importa que el recuerdo destroce mis extrañas…”.
Los versos que hiciera inmortales Javier Solís cobran vida cada mañana en la Zona Peatonal. Allí, sobre la calle Madero y a unos pasos del Círculo Leonés, se encuentra Héctor Gallardo, organillero del centro de León, cuyo instrumento es el único sostén de su familia y su mayor orgullo.
Héctor pertenece a una dinastía de músicos urbanos. “Éramos una familia de diez; no fui a la escuela porque había que ayudar. Lo aprendí de mi padre y de mi abuelo”, relata mientras gira con cadencia la manivela.
Empezó a los 12 años ayudando a recoger las monedas y a los 15 se “tituló” formalmente en el oficio que hoy, superados los 50 años de edad, sigue siendo su vida.

De cargar el hombro a la modernidad del carrito
El oficio ha evolucionado para sobrevivir. Héctor recuerda que antes debían cargar el pesado instrumento de un lado a otro. “Nos modernizamos y le mandamos hacer un carrito; así es más fácil y menos cansado”, explica. A su lado, “Toñito”, un changuito de peluche, funge como talismán y es el encargado de recibir las monedas de los peatones.
El repertorio de Héctor Gallardo, organillero del centro de León, es un viaje por la memoria musical de México. Entre las piezas más solicitadas están “Las Mañanitas” y “Las Golondrinas”; “Cielito Lindo” y “O Sole Mio”. Así como éxitos de Pedro Infante como “Cartas Marcadas” y “Por un Amor”.
Aunque admite que antes la gente pedía más temas como “La Cucaracha”, “Jesusita en Jalisco” o “La Bicicleta”, el sonido del organillo sigue deteniendo el tiempo para quienes caminan por el primer cuadro de la ciudad.
Una tradición familiar que se apaga

Pese a que el oficio le ha permitido sacar adelante a sus hijos, Héctor es el último de su estirpe. “Mis hijos ya hicieron su vida, pero ninguno quiso ser organillero. Los tiempos cambian”, confiesa con cierta melancolía. De hecho, estima que en León solo quedan tres o cuatro organilleros locales; el resto son músicos de paso provenientes de otras ciudades.
Su jornada es de sol a sol, de 8:00 de la mañana a 4:00 de la tarde. Para él, vender el organillo no es una opción: “Si lo vendo, acabo con una tradición familiar y luego, ¿de dónde saco para comer?”. Su aspiración es sencilla: vivir tranquilo, ser feliz y seguir trabajando “hasta que el cuerpo aguante”.
Mientras la charla termina, Héctor retoma la manivela. Las notas de la última canción grabada por Javier Solís vuelven a esparcirse en el aire, recordándoles a los leoneses que, en este rincón de la calle Madero, la nostalgia todavía tiene sonido propio.
¿Qué es un organillero?
El término se refiere a un músico callejero itinerante que se ganaba el sustento ejecutando un instrumento musical autómata, constituido por un órgano de tubos portátil y un sistema mecánico de relojería, más conocido como organillo.
La principal función de este músico era amenizar las plazas públicas de la ciudad, llevando un repertorio de piezas populares, generalmente bailables.
Aproximadamente en 1880 fueron llevados de Alemania los primeros organillos a Latinoamérica, en el caso de México de mano de la casa de instrumentos musicales “Wagner y Levien”.
Con información de Wikipedia.
DMG